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La filosofía detrás de cada lomo de burro

Hernán Iglesias Illa
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31 de mayo de 2014  

Crecí en un barrio de San Isidro donde a principios de los ?80 las calles eran de tierra. En los días secos, los autos iban despacio, bamboleándose entre piedras y pozos, y los días de lluvia iban todavía más despacio, rezando para no patinar hacia una zanja. Con los años empezaron a asfaltarse algunas calles, sin plan ni constancia, como parches duros en el charco blando, a veces con ayuda municipal y a veces gracias a aventuras cooperativas de los vecinos. Con el asfalto llegó, como hace tiempo a los pueblos de provincia, la velocidad. Y con la velocidad de aquellas rurales Falcon y Renault 12 Break llegaron la preocupación del barrio -"¡hay chicos en la calle!"- y la solución más instantánea, los lomos de burro, que al principio eran completamente artesanales y descentralizados.

Los vecinos de cada cuadra decidían sus propios lomos de burro, dónde ponerlos, a cuánta distancia, qué forma darles. Viralizadas por al efecto contagio, las cuadras de los alrededores se llenaron de unos lomos de burro finitos y molestos, mal diseñados y construidos, que devolvían a los autos a la velocidad preasfalto.

Aquella primera era fue, al menos en la frontera entre San Isidro y San Fernando, un far west, en el que los frentistas, como cowboys, se bajaban del cordón de la vereda y aplicaban su ley en la calle, sin el Estado y contra los forasteros. Desde entonces la situación mejoró un poco, pero no mucho. En algún momento las municipalidades llegaron, con su caballería, a romper algunos de los reductores ilegales. No todos. A la vuelta de lo de mis viejos todavía están, ya casi como curiosidades arqueológicas, los restos de dos lomos de burro adoquinados en una de las cuadras que vecinos con pretensiones de elegancia habían empedrado.

El Estado ahora ha conquistado a estos rebeldes e impuesto su pax en las calles: todavía hay lomos de burro, dice el Estado, pero son todos míos. Los lomos de burro están señalizados y tienen un diseño: están uniformados. Pero no, no lo están, se quejan los conductores. El lomo de burro es odioso, entre muchas otras razones, porque es imprevisible. No hay dos iguales. Uno lo ve acercarse, parecido a los demás, y cree que esta vez va a poder adivinar su silueta y absorber el impacto. Y fracasa: en cada cruce hay un instante de sometimiento, sorpresa e incomodidad. Por eso el lomo de burro gana siempre: porque reduce la velocidad del vehículo (su misión oficial) pero también porque le recuerda al conductor, incomodándolo y humillándolo, que desconfía de él.

Cada vez que te enfrentás a un lomo de burro, dice siempre un amigo, te acordás de que vivimos en una sociedad horrible. Creo que no es para tanto, pero su frase revela una doble sensación muy típica de los argentinos. A los lomos de burro no los quiere nadie, pero la gran mayoría sospecha que son indispensables, porque, sin ellos, nos llevaríamos puestos los unos a los otros. No estamos preparados para la libertad de la llanura de asfalto, creemos, porque abusaríamos de ella, no sabríamos usarla. Nos ponemos lomos de burro, concluimos resignados, dramáticos y exagerados, porque sin ellos no confiaríamos en nosotros mismos.

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