Melodrama con referencias históricas

Hernán Ferreiros
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4 de junio de 2014  

The Normal Heart

(Estados Unidos, 2014) Dirección: Ryan Murphy. Basada en la obra de Larry Kramer. Elenco: Mark Ruffalo, Taylor Kitsch, Matt Bomer, Jim Parsons y Julia Roberts. Próximas emisiones: martes 3, a la 1.30, y miércoles 4, a las 22, por HBO.

Nuestra opinión: Buena.

En su debut off Broadway a principios de 1985, The Normal Heart fue una pieza teatral incendiaria que llamaba a la comunidad homosexual a la acción inmediata contra la entonces incipiente epidemia del sida. El texto planteaba el debate entre dos formas de activismo: una diplomática, consensuada e inútil y la que ejerce el protagonista, desbocado, incorrecto, que siempre dice lo que no se debe y siempre tiene razón (es un álter ego del autor). Este personaje responsabilizaba de cada muerte tanto a los gays que se mantenían en el closet como a los funcionarios del gobierno de Reagan que invisibilizaban a las víctimas al negar la existencia de una crisis de salud pública. Casi 30 años después del estreno, buena parte de las batallas que dan propulsión a sus conflictos fueron ganadas. El sida no es una sentencia de muerte (si se tiene acceso a la medicación), casi todos los Estados mantienen campañas de prevención y, si bien no se puede decir que se haya erradicado la discriminación hacia los gays, la reciente legislación del matrimonio igualitario (tanto aquí como en Estados Unidos) hizo que ya no quedaran instituciones de nuestra sociedad que no estén abiertas a todos.

Justo en este momento, cuando esta obra panfletaria quedó vaciada de contenido político, HBO decide encarar su adaptación a la pantalla. En lugar de la urgencia de sus denuncias lo que queda para impulsar la narración y capturar el interés de la audiencia es una historia de amor truncada por la enfermedad. El paso del tiempo hizo que en esta fiel adaptación la obra mutara del agitprop al melodrama. Como tal, hay que decir que la película funciona. El realizador Ryan Murphy (creador de Nip/Tuck, Glee y American Horror Story) restringe su habitual exhibicionismo, pero no su intensidad, y cuenta, con eficacia lacrimógena, el dolor y la impotencia de las vidas golpeadas por la desgracia. La lucha de los activistas es central, pero se vuelve apenas un rasgo de época, como el techno-pop de la banda sonora o la botamanga ancha de los pantalones en el vestuario. Al mantenerse fiel a su fuente, la película hace como que sus denuncias están vigentes y, en este punto, desanda el camino por el que avanzó el activismo de los ochenta que celebra con tanto entusiasmo, es decir, también invisibiliza víctimas, ya que la problemática actual y urgente del sida no está entre los gays del primer mundo, sino entre los pobres del tercero, a los que no dedica una línea ni en el obligado texto final que da cuenta de la situación en el mundo de hoy. El mundo, aquí, es la comunidad gay de Nueva York.

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