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Avilés, doble virrey, pero sin humos

La popularidad en tiempos de los próceres
Daniel Balmaceda
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16 de junio de 2014  

El carruaje que trasladó al reemplazante del virrey Olaguer a Buenos Aires –proveniente de Santiago, Chile– se detuvo en la puerta del fuerte el 14 de marzo de 1799. Nos referimos al virrey Avilés, quien, según testigos, bajó de la galera tapándose con un pañuelo la nariz, debido a que el viento devolvía el olor de la basura lanzada al río esa tarde. A nadie tomó por sorpresa la acción preventiva del corpulento señor que tomaba las riendas del virreinato a los 64 años.

En cuanto salió de la galera recibió una ovación. Su llegada era considerada un augurio de mejoría. En todo caso, la sociedad porteña se lamentó de que no lo acompañara la virreina, Mercedes del Risco y Ciudad. La dama en cuestión se había quedado en Lima, primer destino de su marido, atendiendo asuntos de caridad. La posibilidad de contar con una virreina a quien convidar y tratar siempre fue una preocupación de las señoras en el Río de la Plata.

De todas maneras, el marido no llegó solo. Lo acompañó un nutrido equipo de colaboradores de confianza, entre ellos, Toribio de Luzuriaga, futuro oficial de San Martín, junto con sus hermanos Manuel y Francisco.

¿Nombre completo del flamante virrey? Gabriel Miguel José Antonio Benedicto Ignacio Raimundo de Avilés y Fierro, marqués de Avilés. Sin entrar en detalles acerca de cada nombre, aclaramos que su padre era devoto del arcángel San Miguel. Por ese motivo fue bautizando a sus hijos e hijas: José Miguel, Miguel Antonio, Rafaela Micaela, nuestro conocido Gabriel Miguel, Salvador Miguel, Ángel Miguel, Francisca Javiera Micaela y María Antonia Micaela.

Avilés, cuyo virreinato fue revisado con maestría por el historiador José María Mariluz Urquijo, desconfiaba de los abogados y rechazaba a los que acudían a una entrevista con cartas de recomendación. Era muy paternal con sus soldados. Una noche se acercó a unos blandengues que vigilaban en la costa un intento de contrabando y le pidió al jefe de la partida que tomara recaudos porque los contrabandistas podían "hacer algunas descargas y matarme algún soldado cuya vida me es más apreciable que todos los tesoros del mundo". Durante su gestión, a instancias del joven Manuel Belgrano, promovió la publicación del primer periódico de Buenos Aires, el Telégrafo Mercantil.

El virrey tenía cierta debilidad por los chocolates, era devoto cristiano y solía contar que las dos veces que había pensado en suicidarse fue su devoción la que frenó tales impulsos.

Avilés gobernó hasta el 20 de mayo de 1801, fecha en que partió a Lima para convertirse en el único de nuestros virreyes que también ejerció otro virreinato. En 1810, una vez terminada su gestión en América, se embarcó en Valparaíso, Chile, rumbo a España. Pero murió a bordo, el 19 de septiembre, antes de que el barco zarpara.

Sus restos descansan en Chile. El epitafio de su tumba, que él mismo dictó, dice: Aquí yace el marqués de Avilés, virrey de Buenos Aires y del Perú, hoy pasto de los gusanos. Mortales: despreciad lo terreno y aspirad a lo eterno. Y rogad por este pecador.

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