Güemes, el valor al servicio de la libertad

Miguel Ángel De Marco
Miguel Ángel De Marco PARA LA NACION
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17 de junio de 2014  

El 17 de junio de 1821, hace hoy 193 años, murió Martín Miguel de Güemes como consecuencia de la herida que había recibido diez días antes en una emboscada de los realistas, que habían entrado subrepticiamente a la ciudad de Salta al mando del "Barbarucho" Valdés.

Amado y combatido en su propia tierra, el general de 36 años pudo calificarse sin exagerar, en una presentación al gobierno, como "el primero que vino el año 1810 [en Salta] en defensa de la sagrada causa de la patria". Antes había peleado en Buenos Aires y en Montevideo contra los británicos (1806-1807), y tras la Revolución de Mayo había actuado en forma decisiva al frente de sus gauchos en la batalla de Suipacha. Junto a Juan Martín de Pueyrredón, había realizado luego una novelesca marcha con el enemigo pisándole los talones por una senda que comenzaba a 4100 metros de altura sobre el nivel del mar y se desenroscaba entre las montañas a través de laderas, cornisas, depresiones y crestas, con el fin de conducir a Salta la plata y el oro extraídos de la Ceca de Potosí, para sostener la causa de Mayo. San Martín, jefe del Ejército Auxiliar del Alto Perú en reemplazo de Belgrano, lo nombró en 1814 comandante de la vanguardia. Fue cuando comenzó la Guerra Gaucha, que lo llevó a repeler una y otra vez las invasiones realistas, hasta que la traición de algunos de sus propios paisanos lo condujo al fin de sus días.

Se halló próximo a Belgrano y a San Martín en la vida y en los ideales. Fueron pocos en la historia argentina los casos en que seres tan diferentes por su carácter, formación y hábitos conjugaron con tanta coherencia y decisión sus esfuerzos en pos de una causa superior, como la de la independencia sudamericana.

Belgrano fue un hombre de ideas, acostumbrado a la reflexión y al estudio riguroso de libros que reflejaban la riqueza y variedad del pensamiento del Siglo de las Luces, pero se convirtió en militar por las circunstancias. San Martín representó un cabal modelo de soldado hecho a la rigidez de la disciplina, la lectura de los clásicos de la guerra y las grandes campañas europeas de fines del XVIII y principios del XIX. Güemes, vástago de familia pudiente y noble, poseyó, a falta de experiencias de esa índole, valor, intuición y dotes innatas de conductor para una brega de características tan peculiares como la de "la tierra en armas". Los tres supieron complementarse para contener y vencer a los mejores soldados de la monarquía hispana.

San Martín, que percibió las falencias y debilidades del Ejército del Alto Perú, intuyó con claridad que Güemes sería una pieza clave para su plan emancipador por su carácter infatigable y por el ascendiente de que gozaba, y lo colocó en el lugar apropiado para abortar el proyecto del virrey Pezuela de tomar las provincias del Noroeste y Cuyo.

Ya asentado en Chile, tras cruzar "las montañas más altas del Globo", el Libertador consideró importante estar permanentemente al tanto de los movimientos del jefe gaucho y de informarle de sus propios avances. Finalmente, cuando se hallaba a punto de materializar la expedición anfibia al Perú y recibió la infortunada orden de regresar con su ejército a las Provincias Unidas para sostener al Directorio enfrentado con los caudillos del Litoral, San Martín, al desobedecerla con el respaldo de todos sus comandantes, nombró a Güemes general en jefe del Ejército de Observación y le encomendó que invadiese las provincias altoperuanas cuando las fuerzas libertadoras avanzaran sobre Lima. Pero el desarticulado y mendicante Ejército del Norte asentado en Tucumán no podía cooperar en operación alguna y el proyecto quedó frustrado.

Belgrano, San Martín, Güemes y también Pueyrredón, tal vez menos conocido y sin embargo figura fundamental por sus ideas y acciones en la memorable etapa de la emancipación, no vacilaron en adoptar enérgicas medidas con objeto de obtener los recursos que necesitaban. Fueron conscientes de las resistencias y recelos que iban a despertar y de las defecciones que inexorablemente habrían de obstaculizar su camino. Sin embargo, hallaron, frente a las reticencias y el egoísmo de algunos, la comprensión y el apoyo de los que querían ser libres. El sacrificio de los jujeños durante el éxodo previo a la victoria de Tucumán; la entrega de bienes, recursos y brazos a lo largo de la formación del Ejército de los Andes; el apoyo de estancieros y gauchos convertidos en jefes y soldados, superaron las aprensiones y hasta la traición de quienes, para resguardar sus posiciones y bienes, no vacilaron en acercarse al enemigo.

Como todo hombre, Güemes cometió errores, gobernó con dureza a salteños y jujeños y no vaciló en ordenar exacciones en pos de obtener recursos para la lucha a la que él y su gente dedicaban todas sus energías. En su colosal esfuerzo no podía sino tocar intereses económicos y de círculo que finalmente jugaron en su contra facilitando las invasiones realistas y empujándolo a la muerte.

La figura de Güemes, como la de sus camaradas en los puestos más altos de la gloria, estuvo impregnada de luces y sombras, grandezas y miserias, enfermedades y frustraciones propias de la condición humana, y así merece ser contemplada y honrada.

El autor es presidente de la Academia Nacional de la Historia

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