Cómo salir de la cultura de la corrupción

El círculo vicioso que corroe al país no es propiedad de un único gobierno, sino parte de un paisaje nacional que no nos escandaliza lo suficiente y del que no saldremos sin un esfuerzo colectivo
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26 de junio de 2014  

No es para aplaudirnos. Distintos gobiernos y organizaciones internacionales serias nos tienen por el suelo: somos uno de los países más corruptos del mundo . Nos invade la vergüenza. Pero ¿a todos?; o en todo caso: ¿nos avergüenza a todos por igual? Hemos arruinado el esfuerzo de generaciones de argentinos y de inmigrantes que trabajaron para crecer desde la transparencia y el esfuerzo. Sabiamente la Constitución nacional ha sabido reconocer en derechos lo que hicieron y por eso también vale la pregunta: ¿por qué nos hemos distanciado tanto de la Constitución? ¿Acaso porque la doctrina de la ganancia sepultó a la doctrina del auténtico progreso? ¿No será porque la ganancia es una categoría individual, mientras el progreso supone una definición social? ¿Es irrevocable el triunfo de la renta sobre el trabajo?

Todo el cuerpo social nacional está contaminado de la corrupción en todas sus formas. Y no es propiedad de un único gobierno o grupo social. Proclamados conservadores y autodenominados progresistas no ocultan sus miserias. Grave es que la sociedad haya incorporado la picardía de los corruptos como integrante de un paisaje argentino sin signos importantes de cuestionamiento central. Son miles y miles los casos. Es dramática la afirmación de la Conferencia Episcopal Argentina: nuestra corrupción es una suerte de cáncer social causante de injusticia y de muerte.

¿Cómo higienizar las llamadas fuerzas de seguridad? ¿Cómo modificar códigos procesales que permiten dilaciones, clandestinidades, archivos sin investigar? ¿Cómo desandar el fracaso del Consejo de la Magistratura y cómo seguir soportando la presencia de jueces que producen vergüenza ajena? ¿Cómo hacer para que el denunciante de casos de corrupción no quede fuera del control del expediente y del propio juez que lo tramita? La clandestinidad judicial es uno de los soportes de la corrupción en el Tribunal.

Pueden ingresar, claro, otros mil interrogantes, pero con esta muestra encontramos respuesta a la tesis de la década ganada. El adjetivo "ganada" promedia la zoncera de los que se quieren autodefender desde el eslogan futbolero: no hay mejor defensa que un buen ataque. ¿Qué se ganó en la Argentina que se exhibe armónica y velozmente decadente? Con revisar cifras, la respuesta es unívoca.

¿Estamos a tiempo para repechar la cuesta? Si no lo creyéramos, no estaríamos escribiendo estas líneas. Pero ¿cómo se comienza esa tarea gigantesca? ¿Cómo y con quiénes se controla a las fuerzas de seguridad? ¿Cómo controlar a los que controlan?

Hay que desarmar las normas que permiten la corrupción, pero luego hay que imponer un ritmo central a la lucha contra el flagelo. Claro, pero ¿quién arma el mecanismo que impida que la persecución de un aspecto del problema deje a la intemperie cualquiera de los muchos otros aspectos del problema? Todo se vincula con todo, sí, pero si el freno no intenta ser omnipresente, el crecimiento de lo descuidado potencia áreas que se suponen bajo rigurosa custodia. Un círculo vicioso.

Es necesario entender la encrucijada y el grave problema que plantea para el país la corrupción, ver su dimensión completa y compleja. Porque no es sólo un sobre con plata de un empresario a un funcionario público. Es mucho más que esas fotos. La corrupción está enquistada en el corazón mismo de las instituciones de la República, en el club del barrio, la cooperadora de la escuela, el mundo empresario, comunicacional, académico y cultural. Es decir, está presente y muy viva en la sociedad argentina, que, a su vez, acepta con resignación que es un mal con el que necesariamente hay que convivir y nada se puede hacer.

Esta cultura funciona gracias a un sofisticado mecanismo amparado en leyes y normas administrativas creadas a su medida, por eso nos invade sin que se la pueda percibir y probar. Para muchos es un modelo de éxito personal; tiene categorías, jerarquías, jefes, escuelas, estructura de informantes, operadores y gerentes. Lo perverso es que su dominio se basa en hacer cómplices a todos aquellos con los que se vincula, neutralizando así cualquier rebeldía.

Por eso, un país ganado por esta práctica cultural no tiene destino más que el que imponga el código mafioso, ya sea el de una coima para habilitar un quiosco hasta el del más alto nivel de un gobierno. No se puede ser una sociedad libre y digna mientras persista este cáncer que devora el presente y condiciona el futuro, y que lleva indefectiblemente a la autodestrucción.

Sin dudas, éstos son tiempos cruciales para el porvenir del país. No hay mucho margen para hacerse los distraídos o creer que la corrupción es un problema ajeno. Se ha vuelto indispensable desandar el camino de la Argentina corrupta para que no nos roben más los pequeños y grandes prestigios personales y colectivos. Necesitamos terminar con este mal que devora miles de millones de pesos que podrían solucionar muchos de los problemas crónicos que tenemos. La fuerza movilizadora del cambio está en cada uno de nosotros si nos decidimos a llevar adelante una revolución interna, pacífica pero implacable, como enseñó Mahatma Gandhi. El primer paso es la resistencia individual a aceptar toda práctica corrupta. Como ciudadanos, además, debemos usar el voto en las elecciones para expulsar del poder a sus gerentes. En este sentido, sería un aporte sustancial que todos los candidatos explicaran públicamente qué medidas concretas tomarán para terminar con este flagelo en caso de llegar al poder.

Todavía se está a tiempo de hacer el esfuerzo colectivo para cortar los lazos de la corrupción nacional. Cambiar de raíz esta cultura que reemplazó a la del trabajo y el esfuerzo decente, porque donde ella esté, habrá siempre un abuso, una injusticia, un pobre, un robo, una ilegalidad, una estafa, una extorsión, una descalificación, una manipulación, un encubrimiento, un engaño.

Depende de nosotros terminar con esta nefasta historia que nos corroe como comunidad. Lo bueno es que se puede empezar ahora mismo. Vale intentarlo para que no nos sigan llamando corruptos por el resto de los tiempos.

© LA NACION

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