El valor de lo artesanal

De ayer y de hoy, oficios que no ceden al paso del tiempo; tres historias de pasiones familiares y conocimientos que se transmiten de generación en generación
Franco Spinetta
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29 de junio de 2014  

Obstinación, sabiduría técnica e imprescindiblemente mundana. Los oficios son la síntesis del trabajo de una época determinada. Cambian según los tiempos, pero casi siempre logran mezclar lo sentimental con el razonamiento. No hay coincidencia académica sobre el origen de los oficios, pero la tesis más aceptada indica que hace dos millones de años un individuo había descubierto cómo tallar la piedra y la técnica no podía ser aprendida por simple imitación, sino que necesitaba la asistencia de quien poseía el conocimiento. Esta síntesis histórica creó una lógica de transmisión de conocimientos que se mantiene en pie. Cada uno de los avances supuso la pérdida de las manualidades frente al avance de las máquinas, aunque luego la artesanía fue rescatando ese valor para convertirlo en original. El oficio es más que un trabajo.

María Auzmendi, sombrerera

Crédito: Diego Spivacow

Un sombrero no es simplemente un sombrero. El origen histórico de este accesorio se remonta al imperio egipcio, donde los esclavos beneficiados con la libertad portaban un simbólico gorro. Desde entonces se les ha dado múltiples usos (laborales, estéticos) y significados de estatus. Y también se ha convertido en un oficio artesanal (excluyendo, claro, la producción industrial) de gente paciente, inspirada y constante como María Auzmendi, una sombrerera que tiene su taller sobre el río en San Fernando y que reparte su tiempo entre sus trabajos en la sastrería del Teatro Colón, en Buenos Aires Lírica y en La Fundamental de San Telmo, donde restaura sombreros y vende sus propios modelos.

Para María, la aproximación al mundo de la sombrerería tiene una conexión natural con su abuela, de quien aprendió a hacer sombreros tejidos. Mientras estudiaba bellas artes en Prilidiano Pueyrredón, fabricó su primera colección. "Estudié en el Instituto de Diseño Escénico Saulo Benavente –cuenta–, hice un curso en Francia y seguí mis estudios en forma particular." Durante ese tiempo de formación se especializó en sombrerería para teatro y adquirió, dice, "el amor por el oficio y los sombreros".

¿En qué consiste su trabajo? Diseñar, crear y modelar. Sobre la base de estas tres acciones, María toma medidas, crea un molde con vapor y una plancha de acero que aplica sobre una horma. Trabaja con cabezas y bases de madera, vapor a presión, alfileres gruesos, martillos, hilo de algodón grueso, alicates. Es un trabajo manual y artesanal que exige cuidado, delicadeza en el manejo de las herramientas, una selección concienzuda de los materiales y una mirada amplia de la tarea. "El sombrerero –explica María– es un creador de imágenes, un manifiesto, una declaración acerca de cómo una persona se siente, desearía sentirse o cómo le gustaría que otras personas piensen que se siente. Se trata de darles altura, vuelo, realzar el carácter, crear estados de ánimo y completar los personajes."

Para empezar a crear, María hace un boceto: "Se seleccionan los materiales y las herramientas, se hace un molde en papel o panamina, se traslada al material de base y se moldea con plancha, vapor, costuras y otras técnicas. Se alambran los orillos y se forra con la tela correspondiente; por último se hace el adorno o decoración y se pega el forro interior. En el teatro se usan calces de crin o alambre para sujetar a la peluca o cabello natural". Cada uno de los elementos visuales con los que juega es plausible de un alto grado de expresión, pero siempre manteniendo un delicado equilibrio con el modelo en cuestión.

Se especializa en la realización de sombreros teatrales y de época. "Trabajo para la escena independiente y teatros líricos haciendo ópera y ballet", cuenta María, que tiene un taller construido íntegramente en madera por su marido. Las paredes están cubiertas de estantes y el espacio está repleto de alfileres gruesos, cordones de algodón, una vaporera y una plancha pesada. "Además de tener todo esto al alcance, hay algo más importante: la paciencia."

Alfredo Bologna, sastre

Fuente: LA NACION - Crédito: Diego Spivacow

Alfredo Bologna se acoda en una mesa de un bodegón de San Telmo (donde es habitué) y enarbola disquisiciones sobre el futuro de los oficios. "Siempre van a existir", sentencia. "La máquina puede reemplazar en muchas cosas al hombre, pero no en todo…, quizás en un futuro los oficios vayan mutando, pero estoy seguro de que muchos van a sobrevivir." Reconocido sastre del ambiente teatral, Bologna trabajó durante muchos años en el Teatro Colón y fue jefe de sastrería del San Martín hasta hace muy poco, cuando se jubiló. "Pero no me retiré", advierte. Ahora, dice, elige los trabajos que le interesan como proyecto, se toma su tiempo y hasta realiza algunas producciones en forma gratuita.

Alfredo nació en 1939 en el seno de una familia numerosa. Eran 9 hermanos que convivían en una pequeña casa antigua en Olavarría. Su padre era músico y sastre. "Mi papá trabajaba todo el día y yo lo miraba, lo veía viejo, triste. No quería ser eso, no creía que ése era el destino de una persona. Éramos muy pobres, no teníamos heladera ni inodoro. No nos faltaba comida, pero vivíamos con lo justo", recuerda.

Podría decirse que el primer aproximamiento que tuvo con el oficio vino de la mano de una experiencia frustrada con el amor. Alfredo tenía 9 años y le gustaba una chica del colegio. Juntó fuerzas, se animó y la invitó a ser su novia. Pero la niña le dijo que no porque "la mamá le había dicho que el novio tenía que ser un chico trabajador, educado y que tuviera mocasines". Entonces salió corriendo hacia su casa y lo encaró al padre en el taller: "Dame algo para hacer, rápido". Le dio un cuello para picar y se sentó mirando la vereda albergando la esperanza de que pasara la chica y lo viera trabajando.

Pasaron las horas, uno, dos, tres días y la niña no aparecía. Alfredo ya no quería trabajar más, aunque su padre tenía otros planes: "Yo no te llamé, así que vos te quedás acá", le dijo. De esta manera comenzó a trabajar. Y el papá empezó a pagarle por lo que hacía: cosía un cuello, picaba una solapa, pegaba botones. "Así juntaba los 25 centavos para el cine y los caramelos", cuenta.

Así, ya curtido, a los 13 años Alfredo hacía un poco de plata trabajando como sastre, sobre todo arreglando ropa de sus amigos. Hasta que llegó un cambio tecnológico. "Mi viejo hacía los trajes a medida (cosiendo todo a mano), pero en un momento, yo tendría 15 años, se empezaron a usar los trajes de confección. Entonces se quedó con poco trabajo y nosotros seguíamos siendo 11 en la familia." Pero Alfredo tenía un as en la manga: sabía usar la máquina a la perfección. "A mí me pagaban 1,80 el saco y en el tiempo en el que mi viejo hacía uno, yo hacía dos. Y él no tenía trabajo. Cambió la ecuación."

En paralelo empezó a tocar el contrabajo en la banda de su papá. Hacían jazz y tango. Y también probó con otros trabajos: de carpintero, en una fraccionadora de vinos, de albañil y hasta de mecánico. "Estuve como dos años así, sin encontrarle la pata a la sota", dice.

Pero un día llegó el destino, la suerte o la coincidencia (quizá todo junto) para poner las cosas en su lugar. Así lo recuerda Alfredo: "Era 1958 y yo estaba trabajando de camionero; tenía un viaje a Buenos Aires y paré en Avellaneda para visitar a una de mis hermanas. Ella estaba enojada porque pensaba que perdía el tiempo estando arriba de un camión. Mi hermana cantaba en el Colón y me contó sobre un concurso para sastres. Me insistió tanto que me convenció".

Alfredo fue al concurso y ganó. "Creo que fue un poco por la juventud, por el caradurismo, otro poco por la relación de mi hermana con el jefe… Había mucha ropa que yo no conocía, los otros se echaban para atrás y yo iba al frente", recuerda. A partir de allí, salvo por el año y medio en el que tuvo que hacer la colimba, Alfredo se dedicó con obstinación al trabajo. Realizó vestuarios de óperas, ballets, musicales, películas. De todo. Y hasta trabajó seis años en numerosos teatros de Sudáfrica.

Hasta el día de hoy, Alfredo recurre a una anécdota pueblerina, como una marca de origen. Cuando apenas rumbeaba el curso de su vida hacia esta profesión, un farmacéutico de Olavarría le recomendó que aprendiera anatomía, porque así podía conocer el movimiento de los cuerpos. " Vos le tenés que hacer a las personas la segunda piel. Si la ropa te queda bien es porque copiaste bien el cuerpo. Eso me quedó grabado."

Ana María Weckesser, repara bandoneones

Fuente: LA NACION - Crédito: Diego Spivacow

Mediados de la década del 40. Ana María Weckesser apenas gateaba, pero se las arreglaba para subir hasta el taller de su papá, Jorge, quien se pasaba los días arreglando y afinando bandoneones en pleno boom del tango porteño. Weckesser ya era un apellido ilustre en el ambiente: por allí pasaban todos los músicos de las grandes orquestas que abundaban por aquellos años. "Me metía en un estuche de madera que hacía de corralito, mientras jugaba con las herramientas", recuerda Ana María, sentada en el taller de su padre en Barracas. El lugar luce inmutable al paso del tiempo: las mismas máquinas y herramientas, fuelles, estuches y partes de bandoneones por todos los rincones. Ana María adquirió todos los secretos del instrumento por decantación. A medida que iba creciendo incorporaba conocimientos y su padre la dejaba intervenir más en el proceso: "Al principio doblaba papelitos y cortaba cueritos, pero después me dejaba armar algunos fuelles y otras cosas". Así pasó su infancia y adolescencia en el sur porteño, entre tangos y artistas, con un padre reservado, trabajador y emprendedor hasta el tuétano: "Era muy común que apareciera con montones de productos que compraba vaya a saber dónde, y de repente teníamos alambres y maderas ¡hasta debajo de la cama!"

Sin embargo, el camino para Ana María estuvo lejos de ser lineal. Se casó, tuvo seis hijos, abandonó el trabajo y se dedicó a la familia en San Luis. Hasta que a mediados de los 90 recibió la noticia de que su padre estaba enfermo de cáncer. "En seis meses se murió, fue todo muy rápido…, y empecé a pensar qué hacer con el taller. Ya no estaba conectada con el oficio", cuenta. Y asegura que él nunca se hubiera imaginado que alguien de la familia continuaría con el negocio. En su familia le decían que estaba loca. "Al menos déjenme probar", contestaba. Era 1996. Llamó a cuatro o cinco clientes de los que se acordaba los nombres. En una semana la empezaron a llamar mientras corrìa la voz: La hija del alemán sigue con el taller. "Me desesperé, pensaba cómo hacer para cubrir toda la demanda", dice entre risas. Se sumó Julia, una de sus hijas, que la acompaña diariamente en el taller y es la garantía de continuidad. Desde entonces, el taller no volvió a cerrar. "La gente se sorprende de que seamos dos mujeres haciendo esto, usando las máquinas. Parece que no hay otros casos", dice Julia, mientras ceba unos mates y cuenta que el trabajo, en realidad, no cambió demasiado desde que su abuelo Jorge abrió el taller: "Es muy artesanal: con toda la furia haremos 30 fuelles por mes".

El cambio que advierte Ana María es el boom tanguero que se produjo en los últimos años en Buenos Aires. "Ahora hay mucha gente joven", dice y Julia le recuerda una anécdota con un integrante de la Orquesta Típica Fernández Fierro. Ana María se ríe y concede: "Uno de los chicos vino para hacer un fuelle nuevo, pero cuando lo vi con esas rastas…, ¿qué va a tocar este? ¿Qué tipo de tango hará? Me deja el bandoneón. Al tiempo lo viene a buscar y antes de que se lo lleve le pedí que lo pruebe, para ver si había quedado bien. Me sorprendió, ¡qué estilo tan Pugliese!"

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