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Un hermoso cansancio

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
Es una propuesta original para pensar lo que nos obstruye la acción, incluso la del pensamiento
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11 de julio de 2014  • 00:44

Hay libros que nos convidan saberes, sin recetas espirituales ni formalismos académicos. Me refiero a los ensayos cuya escritura se saborea como una degustación de ideas. No necesariamente aprendemos (en un sentido glotón o acumulativo) ni nos curamos de la incertidumbre, pero nos enlazamos con el autor en su aventura de conocimiento. Es el gusto de la comprensión. Nos quedamos satisfechos hasta con las dudas que nos suscita.

Es una verdadera cosquilla cognitiva. Uno pasa las páginas como si fuese una deriva por la belleza del pensar

La risa, por ejemplo, ese delicioso libro de Henri Bergson sobre los modos de reír en sus variados aspectos (inventivos, ridículos, incontenibles, etcétera), ofrece una lectura conceptual, al tiempo que gozosa. Es una verdadera cosquilla cognitiva. Uno pasa las páginas como si fuese una deriva por la belleza del pensar. Y sí, Henri Bergson recibió el Premio Nobel de Literatura en 1927.

Un libro recién aparecido y escrito también con soltura y agudeza, es el ensayo Del cansancio, de Jean-Louis Chrétien, filósofo francés, profesor en La Sorbonne -autor de Lo inolvidable y lo inesperado, La mirada del amor y El espacio interior-, publicado en la Argentina por Mardulce, con la traducción de María Zorraquín y Patricia Ohanian. Es una propuesta original para pensar lo que nos obstruye la acción, incluso la del pensamiento. Los momentos en que ni ganas de pensar tenemos, por un cansancio impuesto casi como el pronóstico del mal tiempo. Hasta los más despiertos se preguntan por el cansancio. Es un tema o un estado que nos atraviesa a todos en algún momento de la vida o del día.

Hay desvelos excepcionales. Según San Juan de la Cruz, "el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa". Jean-Louis Chrétien elige esta frase para desperezar su pluma. Con ella comienza su ensayo, proponiendo dos vías principales: el cansancio del cuerpo y la lasitud del alma, con sus matices y variables. Así, "no se puede estar cansado de no hacer nada, pero se puede experimentar un desgano y una pesadez de la inacción y de la pereza, estar, como dice el poema de Mallarmé: hastiado del amargo reposo."

¿Tristeza o revelación? Según el despertar de cada uno, o de cómo haya descansado de su cansancio del día anterior

El cansancio parece siempre actual. Cambian los gestos, los pijamas, las quejas. Cuando se manifiesta como desgano, aburrimiento o hastío, dice Chrétien, "no es una actividad o un esfuerzo definido lo que nos pesa, ¡sino nosotros mismos en ellos!" Es un cansancio anímico, no necesariamente físico. "Caminar, cansa. Ser humano, no cansa; no podríamos cansarnos de ser lo que somos, aunque tal vez nos cansemos de ser quién somos." O sea, no es que nos cansamos de ser humanos sino del sujeto que nos determina. Cada vez que Flaubert concluía una novela, quería que la próxima transcurriera en una época totalmente distinta, con personajes que no tuvieran ninguna familiaridad con los anteriores. Se ponía a escribir con la esperanza de aparecer en otra parte, junto a caracteres nuevos. Así pasó de Madame Bovary, la historia de una adúltera en plena burguesía del siglo XIX a Salambó, una novela histórica, en tiempos de la Guerra de los Mercenarios que aconteció en el siglo III, a. C., en la ciudad fenicia de Cartago, y luego escribió su polémica novela La tentación de San Antonio, inspirada en el cuadro de Brueghel y el personaje egipcio del siglo III de nuestra era, para volver en su último libro al siglo XIX, en una simpática parodia a los enciclopedistas, la genial novela Bouvard y Pécuchet. Podríamos decir que para Flaubert, escribir era un antídoto al cansancio de ser Flaubert.

Paul Valéry, otro ensayista francés de gozoso discurrir, describe en sus Mezcolanzas el despertar de una mañana: "Sentimos la lasitud anterior al trabajo, la tristeza de rehabitar el cuerpo un día más viejo."

¿Tristeza o revelación? Según el despertar de cada uno, o de cómo haya descansado de su cansancio del día anterior...Propongo entonces la lectura de este libro, como para cansarse profundamente y al día siguiente, desayunarse con ideas nuevas.

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