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Lo sorpresivo del juego le ganó por goleada a la estadística

Walter Sosa Escudero
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20 de julio de 2014  

Nate Silver, el gurú norteamericano de las estadísticas políticas, pronosticó que Brasil ganaría el Mundial. Igual que los técnicos de Goldman Sachs, el reconocido grupo de banca de inversión. Paul Howard, el periodista del diario británico The Telegraph, se jugó por la Argentina, mientras que Michel Owen dijo que Inglaterra estaría en cuartos.

Posiblemente éste haya sido el Mundial de la tecnología y las estadísticas. Nos han atiborrado con datos tales como porcentajes de posesión de balón, kilómetros recorridos por ignotos jugadores, pases efectivos y comparaciones con performances de toda la historia del fútbol. El Mundial del acceso inmediato a detalles ínfimos y de comentarios instantáneos en las redes sociales. Jamás tuvimos tantos datos y tan poca información.

Este aluvión de información contrasta fuertemente con las grotescas fallas de los gurúes de la predicción. Pero en entender las razones de estos desaciertos posiblemente se encuentre la explicación sobre por qué el mundo se paraliza cada cuatro años, y se desatan pasiones desaforadas que tocan nuestras fibras más íntimas, como nación y como personas.

La belleza del "deporte bello" (como los americanos llaman al fútbol) tiene que ver, justamente, con su innata impredecibilidad, con el hecho de que si bien es altamente probable que gane el mejor, está lejos de ser necesariamente así. Antes de que empezara el Mundial, ¿pensábamos que era mejor Holanda que España? Posiblemente. ¿Y que Alemania era superior a Brasil? También.

Ahora, con una mano en el corazón, ¿cuántos sospechaban, aun remotamente, las catástrofes de las que fuimos testigos en relación con estos equipos? ¿Alguien albergaba la posibilidad del 7 a 1 de Alemania contra Brasil?

Lo fácil sería echarle la culpa de estas inhabilidades predictivas a la poca capacidad de los predictores, comunicadores y analistas, o a la falta de datos. Pero esta vez, con tanta parafernalia de información y tecnología, no parece ser ésa una excusa relevante. La verdadera excusa es que detrás de cualquier resultado impredecible, como el fútbol, el clima o la economía, hay una enorme cuota de complejidad, que a falta de mejor nombre tendemos a llamar suerte, nuestra forma atávica de lidiar con lo desconocido, con aquello que nos cuesta explicar sistemáticamente. Seguro que hay elementos que no dudaríamos en catalogar como fortuitos, como algún tiro que pega oportunamente en el palo, o la discutible lotería de penales con sus habituales "papelitos". ¿Cuánto de aleatorio hay en el desafortunado disparo en el travesaño del chileno Pinilla (afortunado para Brasil) que pudo haber cambiado la historia de este Mundial? ¿Y en la desperdiciada oportunidad de Higuaín frente a Alemania? ¿Y en los cambios estratégicos de Sabella?

Lo relevante del fútbol de alta competición es que estos eventos, fortuitos o no, conviven con otros sistemáticos, sobre los cuales los técnicos y jugadores tienen control. Por eso hay charlas técnicas y por la misma razón cualquier futbolista, a este nivel, es un atleta entrenado y concentrado. Es esta convivencia entre los eventos fortuitos y los que no lo son lo que explica la terrible impredecibilidad del fútbol, y las eternas discusiones que persisten (porque seguirán) sobre el Mundial que fue, el que pudo haber sido (si el disparo de Higuaín entraba, por ejemplo) o el que debió haber sido (si Sabella en vez de sacar a Lavezzi hubiera dilatado el cambio).

A fin de cuentas...

Lo interesante, lo genial y a la vez lo brutal del fútbol, lo que desata las pasiones, es que más allá de estas disquisiciones, los partidos los ganan los que hacen más goles, sin importar si porque se han entrenado más, porque son más talentosos, porque se han beneficiado de los errores de un árbitro o, si todo eso falla, por puro tarro.

Las estadísticas fallan porque si bien es cierto que es muy posible que los mejores equipos ganen, una vez que el partido empieza, el resultado depende de factores predecibles (y que pueden ser captados por la estadística) y también de un montón de detalles que escapan a la más clínica de las miradas. No matemos al mensajero. Las estadísticas sirven y para mucho, pero no alcanzan, la insoportable impredecibilidad del fútbol complica su tarea. Y eso es lo que hace de él un deporte hermoso.

El autor es profesor de la Universidadde San Andrés y experto en econometría

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