El Congreso de la patria pobre

Miguel Ángel De Marco
Miguel Ángel De Marco PARA LA NACION
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22 de julio de 2014  

Se han cumplido 150 años de la inauguración del antiguo Congreso de la Nación, cuyo recinto de sesiones se halla a pocos pasos de la Casa de Gobierno, dentro de lo que fue el Banco Hipotecario Nacional, hoy Administración Federal de Ingresos Públicos. La piqueta se detuvo allí cuando, en 1942, fue demolida la sede del Parlamento para dar paso a la nueva e imponente construcción. En la actualidad, ese lugar "sagrado", como lo definió el entonces presidente de la Cámara de Diputados Ángel Sastre durante la última reunión realizada el 15 de diciembre de 1905, se halla bajo la custodia de la Academia Nacional de la Historia, abierto a quienes quieran visitarlo.

Una de las primeras preocupaciones de Bartolomé Mitre al hacerse cargo del Poder Ejecutivo tras la batalla de Pavón fue convocar a elecciones de senadores y diputados para constituir el Congreso. Las provincias enviaron a sus hombres más destacados, que se reunieron por primera vez en el ámbito de la Sala de Representantes de la provincia de Buenos Aires el 24 de mayo de 1862. Al día siguiente, Mitre dejó formalmente inauguradas las deliberaciones.

El recinto y las demás dependencias eran compartidos por los legisladores de la Nación y de la provincia, que debían turnarse para deliberar. De ahí que el 18 de octubre del mismo año, seis días después de asumir la presidencia, Mitre presentara ante el Senado un proyecto de ley para que se lo autorizara a invertir "hasta cincuenta mil pesos fuertes" con el fin de conseguir "un local adecuado para las deliberaciones del Congreso Nacional". Ambas cámaras dieron su consentimiento con rapidez y el Poder Ejecutivo contrató al arquitecto Jonás Larguía para que trazara los planos y dirigiera los trabajos del nuevo edificio.

El 12 de marzo de 1863 fue aprobado el presupuesto con la indicación de "proceder inmediatamente a la construcción de la obra con arreglo a él". De inmediato, el joven profesional cordobés y sus colaboradores se abocaron a sus tareas, que duraron poco más de un año, por lo que la bella y sobria casa ubicada en la calle de la Victoria, frente a la Plaza de Mayo, estuvo en condiciones de abrir sus puertas a principios de mayo de 1864. Poseía una fachada de tres arcos con puertas de trabajadas rejas, un frontis clásico y trazos coloniales en las ventanas y en los cuerpos laterales.

Exactamente dos meses más tarde, el presidente Mitre procedió a inaugurar el Congreso. Aquel 12 de mayo, "un inmenso pueblo" ocupó, según La Nación Argentina, la barra y "las plazas adyacentes". Al día siguiente, diputados y senadores, alternándose para deliberar, comenzaron sus tareas en la nueva casa. Las carencias eran tales que aquel Congreso apenas contaba con unos pocos libros, algunas resmas de papel y contadas plumas y frascos de tinta. Faltas de espacio, por las propias características del edificio, las comisiones sesionaban, alternándose, en cuartos apenas provistos de mesas y sillas. El frío mordía agudamente en invierno y el calor agobiaba en verano. Como en la primera Corte Suprema de Justicia Nacional integrada hacía poco, los senadores y diputados trabajaban envueltos en sobretodos y capas o combatían el calor estival con el agua fresca que les alcanzaban los escasos ordenanzas.

Las dietas eran magras. Los legisladores residentes en Buenos Aires subsistían con dificultad, excepto los pocos que poseían fortuna. Pero los representantes del interior soportaban verdaderos sacrificios. No pocos vivían durante el período de sesiones en hoteles, donde a veces compartían las habitaciones con otros colegas, o arrendaban casas dividiendo los gastos entre varios. Apenas un puñado traía a sus familias, arrancadas de la vida sencilla y patriarcal de las provincias para incorporarlas al creciente bullicio de la ciudad porteña. La comida no siempre era abundante y, mientras prolongaban en sus moradas el trabajo de las comisiones, engañaban el estómago cebando hasta el cansancio el mate compañero.

Hombres graduados en las universidades, soldados y ciudadanos formados en la dura escuela de la emigración, que se habían visto obligados a tomar las armas y desempeñar los más diversos oficios para garantizar su subsistencia, interpelaron con fundamentos irrefutables a los ministros, cumplieron con los deberes inherentes a su cargo y dictaron, a lo largo de cinco décadas, leyes memorables que fundamentaron el desarrollo argentino.

Al comenzar las sesiones de 1906, el Congreso comenzó a deliberar en su sede actual. Mármoles y bronces, bellas esculturas y notables cuadros reflejaban el tránsito de la patria pobre de los días de la Organización Nacional a la patria opulenta que habían hecho posible las leyes previsoras y los sacrificios personales de quienes, por encima de sus compromisos políticos y conveniencias individuales, privilegiaron el bien de la República.

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