Cómo se entrena el cerebro para la economía de todos los días

Agotadas las teorías clásicas sobre economía, las neurociencias entraron en escena de la mano de técnicas de entrenamiento puntuales. Cómo ejercitar tu mente para saber ahorrar, potenciar recursos y tomar las decisiones correctas en los negocios.
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7 de agosto de 2014  • 17:46

Fuente: Brando

Desde que el israelí Daniel Kahneman ganó el Premio Nobel de Economía en 2002 por sus estudios sobre la "economía del comportamiento" y la toma de decisiones bajo incertidumbre, han pasado muchas cosas. Entre ellas, una economía global en crisis, mercados financieros desplomados y una foto de Barack Obama, mejor dicho, una foto del libro que estaba leyendo Barack Obama los días previos a las elecciones presidenciales de 2012: nada menos que Pensar rápido, pensar despacio, el best seller mundial de Kahneman que cruza las teorías de Adam Smith y Keynes con las enseñanzas provenientes del campo de la psicología. En el centro de esta lectura, un dato que llena las fibras de aliento: Obama, al igual que líderes de otros países como Inglaterra, Francia o Canadá, buscan cómo aplicar las lecciones de la psicoeconomía y la economía de la felicidad en sus políticas públicas. Es más, fundamentalmente bajo el halo de Kahneman, la psicoeconomía comenzó a permear la esfera pública, pero también los ámbitos académicos, lo que demuestra lo que ya todos presentían: la economía clásica estaba agotada. "Una abundante literatura científica revela cientos de resultados que no coinciden con las predicciones de los modelos económicos tradicionales que se enseñan en la mayoría de las universidades del mundo", dice el economista Martín Tetaz desde su libro Psychonomics, el baluarte local de la metaciencia que se viene.

La psicoeconomía cruzó desde los estudios sobre la arquitectura de la decisión –potestad de Richard Thaler– y la teoría de los juegos de John Nash hasta los últimos avances en psicología cognitiva y procesamiento de la información para descubrir que muchas de las decisiones que tomamos son irracionales, y, para colmo, esta irracionalidad vale tanto para las microeconomías familiares como para los agentes económicos que marcan el sube y baja de los grandes mercados. "Las personas interactúan en cientos de mercados por día, y la abrumadora cantidad de información que sería necesario procesar para tomar las decisiones racionales que describen los libros de texto está completamente fuera del alcance de la capacidad de procesamiento de la información con que la naturaleza nos ha dotado", explica Tetaz. En otras palabras: para salir del paso y sobrevivir, establecemos reglas más o menos automáticas, generalizaciones y modelos que, por lo general, funcionan bastante bien. Pero, claro, esto no siempre sucede. Y algo todavía más grave: las proyecciones económicas, construidas bajo algoritmos en los que prima la racionalidad, están completamente desfasadas de la manera en que tomamos decisiones e interactuamos en los mercados. ¿Las consecuencias? Crisis, imprevisibilidad, teorías obsoletas para leer el mundo económico.

Gimnasio cerebral

El hombre que tengo enfrente es bajito, tiene bigotes y confiesa que haberse involucrado en el campo de las neurociencias le cambió la vida. "Hoy no podés encontrar una buena explicación sobre la decisión que acaba de tomar un mánager o un director empresarial si no sabés cómo funciona el cerebro de ese mánager", dice Néstor Braidot, director del Brain Decision Braidot Centre –o, sencillamente, Grupo Braidot, para corrernos del juego de palabras– y el Centro de Investigaciones en Neurociencias Aplicadas y Prospectiva de la Universidad Nacional de La Plata. En otras palabras, un pionero que a fines de los años ochenta dejó de lado una carrera de veinte años como empresario exitoso para zambullirse en los recovecos de la mente.

Según Braidot, en la ideología empresarial había una pata floja, algo que no cerraba del todo. Es decir, lo que empezó a revelarse en 2002 con Kahneman ya se presentía desde dentro, a partir de insuficiencias del modelo. La solución que buscaba la encontró bastante lejos: entre científicos y tomógrafos de última tecnología y la espiritualidad hindú, para dar forma a una suerte de autoayuda cerebral que hoy difumina por todo el mundo, en universidades, empresas e industrias.

El concepto clave que le permitió reestructurar los conocimientos y la experiencia que tenía en el ámbito empresarial es el "Gimnasio cerebral", un entrenamiento para lograr la autoconciencia, mejorar la toma de decisiones, expandir la concentración, la memoria y la racionalidad. ¿El objetivo? Mejorar la toma de decisiones, tanto en el ámbito empresario como en nuestra microeconomía hogareña, y tener, claro, conciencia de las variables del mundo que nos rodea. Así, Braidot dirá cosas como: "Hay que entender que el consciente no gobierna las acciones, el que gobierna es el metaconsciente. Yo me ocupo de enriquecer el metaconsciente". O también: "Hoy el foco no es agregar cantidades de fórmulas, cantidades de libritos, sino cómo hacer para que esas fórmulas y libritos trabajen en tu cerebro y te den la capacidad de crear nuevas fórmulas y nuevas ideas, ser más creativo y eficiente".

Ganá la partida

"Eso que parece un casco de bicicleta, en realidad, es un electroencefalógrafo", dice Néstor Braidot mientras sonríe. A su lado, a pocos centímetros, descansa un medidor de respuesta galvánica, un dispositivo que, a partir de emociones como la ira, el miedo o la ansiedad, registra los cambios en la resistencia eléctrica de la piel. Estas herramientas, junto con tomografías y resonancias magnéticas, le permiten hacer un diagnóstico de la capacidad cognitiva, para luego ejercitar los puntos flojos. "Nosotros hacemos diagnósticos para conocer niveles de interés, concentración, toma de decisiones. Hacemos un diagnóstico de la capacidad de comprender y tolerar emociones. Por ejemplo, medidas de respuesta galvánicas, para saber qué sucede adentro, si aumenta la sudoración o si se produce una situación de condicionamiento emocional. En relación con esto, te entrenamos. Nadie puede impedir que se te genere una emoción, pero sí te podemos dar una herramienta para que la superes".

El gimnasio cerebral que propone Braidot apunta a potenciar la percepción, a reconocer e identificar las emociones propias y ajenas en pos de la racionalidad, dirigir el pensamiento y enfocarse en el aquí y ahora. Sus alcances van desde el ahorro y los gastos diarios hasta la influencia de estrategias publicitarias y de marketing y las resonancias de grandes decisiones empresariales. A la hora de alcanzar la autoconciencia emocional, el primer paso es la meditación. Sí, el gran ohm que se ha colado desde hace casi una década en el empresariado mundial. Hoy, el llamado mindfulness ("atención plena" o "presencia mental" pueden ser buenas traducciones) se utiliza en distintas patologías clínicas, médicas y psicológicas que atraviesan el dolor crónico, la ansiedad o el estrés. Es más, hay variados estudios que confirman que, durante la meditación, se producen cambios en las estructuras de nuestro sistema nervioso central: áreas de la corteza prefrontal que se encienden, asociadas a emociones y funciones sociales, y otras que disminuyen su actividad, como la amígdala, asociada a las emociones negativas.

"La meditación trabaja sobre los neurocircuitos de la concentración", explica Braidot, que duerme cinco horas diarias, medita por la mañana y por la noche y escribe bien temprano, en estado de trance. Brindó cursos en agencias de seguros y empresas globales, dirigió estudios de marketing y dio el puntapié inicial para la creación de la Neuroseguridad Industrial, un trabajo de campo que, ejercitando determinadas zonas cognitivas, apunta a aumentar la concentración sostenida de los operarios. Cuando puede, viaja a la India. La última vez, bajo un manzano, escuchó la arenga espiritual del presidente de la empresa textil más importante de Oriente. Lo que se viene, afirma, es la aplicación de conceptos de la física cuántica dentro del universo de la economía. Pequeñas partículas que cambian su consistencia molecular ante el observador. Reaccionan. O accionan, a la manera de Braidot.

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