Cristóbal Colón, víctima de la batalla cultural

Gabriel Levinas
Gabriel Levinas PARA LA NACION
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16 de agosto de 2014  

Los colosos que vieron pasar miles de caravanas con mercaderías desde Oriente sobrevivieron al conquistador Gengis Khan, guerras tribales e invasiones, incluida la de la Unión Soviética.

En marzo de 2001, como parte de su campaña para destruir cualquier símbolo o artefacto preislámico, los talibanes las dinamitaron. No sólo querían imponer a sangre y fuego sus creencias, querían desaparecer el pasado.

La historia está llena de ejemplos en los que los símbolos fueron utilizados para fogonear la épica de los bandos en pugna. Hemos visto derribar monumentos de Sadam Hussein a la misma gente que antes lo veneró. Vimos a Hitler persiguiendo el arte degenerado de la Bauhaus, vimos subir y bajar de sus pedestales los bronces de Stalin.

Esa lógica de los fundamentalismos más recalcitrantes nos parece de otras culturas, de épocas lejanas. Innumerables obras de arte y monumentos fueron víctimas mudas de la certeza, de la arrogancia de quienes creyeron que no hay posibilidad de error en sus actos. Que el tiempo y la perspectiva que dan los años no los iban a desmentir.

Durante la Revolución Francesa, el pueblo salió enardecido a las calles y del mismo modo que decapitó a reyes y nobles, destruyó esculturas de distintos soberanos que adornaban la Ciudad Luz, incluso aquellos que llevaban muertos cientos de años. No quedó un solo monarca en pie en las calles de París.

En la volada cayeron los 28 reyes de Judea e Israel que formaban parte del frente de la catedral de Notre Dame. Las figuras que habían reinado en Jerusalén hacía más de 2500 años, Saúl, David y Salomón y varios de sus descendientes observaban a los feligreses desde las alturas del edificio. No había forma de relacionarlos con la opresión al pueblo francés, pero la ignorancia, como siempre, fue condimento necesario para su destrucción. No creo que exista algún parisino hoy día que no hubiera preferido poder ver a todos esos históricos personajes del pasado montando sus corceles en los jardines de Luxemburgo o las Tullerías, pero ya no están, desaparecieron para siempre.

Hace poco volví a pasar por el desvío de la avenida Paseo Colón. Vi los pedazos de mármol blanco de lo que fue el monumento a Colón, puse la baliza y me detuve a observarlos de cerca. Esas blancas figuras hoy esparcidas por el pasto de la plaza antes conformaban la obra del escultor italiano Arnaldo Zocchi, donada por el inmigrante Antonio Devoto, en nombre de la colectividad italiana a la República Argentina en el Centenario de la Revolución de Mayo. Se puso la piedra fundamental en mayo de 1910 y se inauguró en 1921. El conjunto pesaba 623 toneladas y medía 26 metros de altura y fue esculpido en mármol de Carrara de una bellísima calidad que hoy no existe en Italia y transportado hasta Buenos Aires donde el propio Zocchi dirigió el montaje.

Además del Cristóbal Colón de 6,25 metros, había varios grupos escultóricos inspirados en los versos de Medea, de Eurípides, que representaban a "El Océano", "El Genio", "La Civilización", "La Ciencia", e imágenes de la vida de Colón.

Cristina Fernández de Kirchner , después de una conversación con el fallecido presidente de Venezuela Hugo Chávez , dio la orden de sacar el monumento. A pesar de todas las consideraciones hechas al respecto, de lo que implicaba sacarla, de las restricciones jurisdiccionales y de las órdenes de la Justicia, el deseo de Cristina (o de Chávez) se cumplió.

Sin mediar concurso de antecedente alguno se contrató a Omar Estela, un escultor poco conocido que estudió en la escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano, donde los programas de estudio no incluyen nada que sirva para convertir a Estela en la persona idónea para dirigir semejante operativo.

El monumento tuvo una compleja forma de ser emplazado y no fue diseñado para ser desarmado, por lo tanto, incluso un experto iba a provocar deterioros inevitables. Los bloques de mármol que conforman los grupos escultóricos de la base se trababan entre sí de manera definitiva y se los cementó para que queden allí para siempre. El escultor italiano no previó la conversación entre Chávez y Cristina.

Por su complejidad, esta tarea debió ser realizada previo concurso internacional, ya que no existe nadie en la Argentina que tenga experiencia para ella.

Por otra parte, como miembro de la Unesco, la Argentina ha firmado varios tratados respecto de los monumentos históricos y obras de arte, como la Carta de Venecia que en su artículo 1 define como monumento histórico de significación cultural a obras como la de Zocchi .Y en el artículo 7 prohíbe expresamente su desplazamiento del lugar en el que está ubicado, salvo razones que pongan en peligro su existencia. Éste, claramente, no era el caso.

La talibanización de este monumento histórico nos permite comprender muchas de las políticas que hoy nos resultan incomprensibles. Dicho de otro modo, la suerte del Monumento a Cristóbal Colón es un ejemplo de cómo el terso y majestuoso mármol de nuestro acervo cultural puede ser convertido, por los caprichos del poder, en un rompecabezas de destino incierto.

En un reportaje reciente, el "descultor" Omar Estela sostenía que Colón le dio la espalda a América tal como ahora le daba la espalda a la ciudad.

Sus prejuicios casi infantiles respecto del navegante nos permiten dudar de si Estela abriga sinceras intenciones en este encargo.

Aunque al final del reportaje nos despeja las dudas: "De acuerdo con los cambios históricos, a los monumentos se los traslada, se los resignifica o se los destruye".

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