La trata, en una obra que sacude

Jazmín Carbonell
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23 de agosto de 2014  

En el fondo

Dirección y dramaturgua: Pilar Ruiz. Intérpretes: Verónica Cognioul Hanicq, Fabricio Mercado. Voz en off: Eva y Gonza. Escenografía: Fabricio Mercado. Iluminación: Lucía Feijoo. Sonido: Damián Gómez. Asistente de dirección: Teo Ibarzábal. Producción: Rocío Pérez Silva. Sala: Timbre 4, Boedo 640. Funciones: domingos, a las 21. Duración: 50 minutos.

Nuestra opinión: Muy buena.

Parece que nada bueno sucede en el fondo. El fondo suele ser oscuro, inhóspito, tétrico, triste. Pero este fondo es peor, aun peor, casi tan malo como todo lo malo que puede existir. En el fondo toca un tema feroz: la trata de personas, la quita de su libertad y de su identidad. Esa pérdida del ser, en ese acto tan inhumano que ejerce, lamentablemente, un ser humano. Esta historia no es una historia de amor. Está lejos de eso, y aunque por momentos encontremos roces entre un hombre y una mujer, este relato habla de un delito que convive con todos nosotros y que, en alguna medida, nos convierte en cómplices.

En la completa oscuridad, Pedro y Flora llegan a una casa. No nos hacen falta muchas palabras para entender que ella está en cautiverio, fue secuestrada de pequeña y, en esa mezcla de femme fatale y niña, pivotea Flora en ese sórdido mundo que le toca vivir, a su pesar, aunque, claro, no conoce otro. Pedro es su guardián, su jefe, su novio, su hermano, su represor, su mundo, su todo. Vive por y a pesar de él. La ingenuidad de Flora sin embargo no le impide pensar en un mundo mejor. Entonces, a raíz de un extraño suceso con un fotógrafo que parece querer saber un poco más de la vida de estas mujeres secuestradas que ejercen la prostitución, deben huir. A partir de esto se genera una serie de hechos que lindan con el policial. Órdenes de superiores que se deben cumplir, armas, golpes, llamadas telefónicas -esas que suenan y hacen eco, que molestan, que marcan que el curso ordinario de los hechos se está torciendo-.

Mientras tanto, en la platea, el público tiene que encontrar su lugar. Pilar Ruiz, la directora y dramaturga de la pieza, nos enfrenta con preguntas, reflexiones y cuestiones morales a definir. El personaje de Pedro, aunque maltratador y golpeador, muestra por momentos facetas sensibles y cariñosas, situación que, lejos de aleccionarnos, nos pone frente a debates morales que son bienvenidos.

Las actuaciones de los dos están muy bien, parejas y entregadas a una temática por demás difícil y oscura. El texto, muy acertado; sin caer en clichés delinea a los personajes presentes y a los que están por fuera de la escena, pero que inciden en la acción.

Una obra que pega, sacude, impacta. Nos obliga a pensar y a sufrir un poco, sólo un poco, el calvario que tantas mujeres sufren a diario. Y el teatro, ese teatro irreverente, se hace cargo. ¿Acaso se puede amar en ese desamor? ¿Es concebible? Esta obra cuenta eso.

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