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Cortázar por nocaut

Ezequiel Fernández Moores
Crédito: S.Domenech
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27 de agosto de 2014  • 00:30

Una de las fotos muestra a Julio Cortázar lanzando un recto de izquierda. Parece una imagen de "Gentleman Jim", el viejo campeón James Corbett, "padre del boxeo moderno". En otra, el escritor lanza un "áperca", como le pedía el patrón a Torito, el cuento de Cortázar sobre un Justo Suárez pobre y enfermo que recuerda sus días de campeón. En la secuencia de fotos, tomada en 1972 en Francia, el escritor posa como boxeador junto con el pintor y escultor Julio Silva para El último combate, un libro en el que ambos amigos compartieron su universo creativo. Es un juego. Porque Cortázar, de cuyo nacimiento se cumplieron ayer cien años, tocaba la trompeta, pero no boxeaba. Miraba peleas. Y, sabemos, escribía de boxeo. "Vino la pelea Firpo-Dempsey y en cada casa se lloró y hubo indignaciones brutales, seguidas de una humillada melancolía casi colonial", escribió en Circe. La indignación popular por la célebre derrota tramposa que sufrió Luis Angel Firpo ante Jack Dempsey en 1923, lo marcó a los 9 años de edad en su casa de Banfield y es relatada en El noble arte. El boxeo, dijo una vez el autor de Rayuela, es "un enfrentamiento muy honesto, muy noble". "Son dos destinos que se juegan el uno contra el otro", sin chance de diluir responsabilidades, como podría suceder en deportes colectivos. "En el boxeo eso no es posible. Allí –dijo Cortázar- un hombre vence a otro. Gana porque es mejor o porque hizo mejor las cosas".

El boxeo, dijo una vez el autor de Rayuela, es "un enfrentamiento muy honesto, muy noble". "Son dos destinos que se juegan el uno contra el otro", sin chance de diluir responsabilidades, como podría suceder en deportes colectivos

Firpo y Suárez, "El Toro Salvaje de las Pampas" y "El Torito de Mataderos", aparecen acaso en el cuento Segundo viaje, pero como Mario Pradás y el "Ciclón" Molina, ambos también derrotados en Estados Unidos por el campeón mundial Tony Giardello. Molina parece el Torito que no puede vengar a Firpo. Pero su muerte, producto de la golpiza que le da Giardello, recuerda la del mendocino Alejandro Lavorante, que agonizó casi dos años, después de un nocaut en 1962 en Los Angeles. La victoria de Carlos Monzón ante José "Mantequilla" Nápoles, en 1974 en París, sirve a Cortázar de trasfondo a una historia política en La noche de Mantequilla. En 1951, Cortázar relató una pelea para México y Argentina, pero lo echaron por su dificultad para la pronunciación del español. Escribió un breve comentario para El Gráfico sobre "una victoria chata" de Miguel Angel Castellini ante Doc Hollyday en 1973 en el Luna Park. "Si Castellini no aprende todo lo que le falta aprender –escribió- de nada le valdrán las interminables instrucciones que le gritaba Ringo Bonavena". Igual que en la literatura, Cortázar apreciaba al boxeo ante todo como un "fenómeno estético". Así, admiró a Archie Moore, Sugar Ray Robinson y Muhammad Alí. Y, si bien celebró el boxeo "cerebral" de Carlos Monzón y amó a Justo Suárez, su argentino favorito, fue Nicolino Locche. No "combatió" contra "el Intocable" como sí lo hizo en 1980 para Siete Días el escritor Rodolfo Braceli. "¿Cómo se hace para pegarle a un fantasma?", se preguntó el escritor luego de cuatro rounds de trompadas al aire. Admirador de esa mezcla de "Chaplin, Gandhi y Zorba" que era Locche, Braceli le preguntó un día qué le decía "la palabra transgresión". "Debe ser una loción para la caída del pelo", respondió Nicolino.

Ernest Hemingway, autor de El viejo y el mar, Premio Nobel de Literatura de 1964, protagonizó en 1929 un combate célebre, algo borracho, según parece, contra el escritor canadiense Morley Callaghan, Las crónicas indican que Callaghan aprovechó un error de cronómetro de Francis Scott Fitzgerald y derribó a Hemingway con un golpe en la mandíbula. Hemingway no se atrevió luego con su colega Budd Schulberg, que tenía buena fama sobre el ring. "Uno –escribió Schulberg sobre boxeo y literatura- tiene un promotor, el otro un editor. Uno tiene un mánager, el otro un agente literario. Uno tiene un entrenador, el otro un corrector de estilo. Pero cuando suena la campana todo es accesorio. Estás ahí fuera, bajo las lámparas, desnudo y solo". Fue acaso un precedente de la célebre frase de Bonavena: "Todos son muy amigos, pero cuando suena la campana estás tan solo que te sacan hasta el banquito". Como le hace decir Cortázar al Torito: "Qué le vas a hacer, ñato, cuando estás abajo todos te fajan". Una gran crónica de la revista digital Jot Down recuerda que Norman Mailer (hay que leer El Combate, sobre Alí-Foreman en Zaire) "peleó" contra el puertorriqueño José Torres, George Plimpton retó a tres rounds a Archie Moore y Paul Gallico, también célebre periodista deportivo y escritor, libró un asalto con "El asesino de Manassa": suficiente para escribir Qué se siente al ser noqueado por Jack Dempsey. Supuestamente más seria, porque había cinco mil espectadores en la Plaza de Toros de Barcelona, fue la pelea de 1916 del poeta punk Arthur Cravan, sobrino de Oscar Wilde, de 2 metros y 120 kilos, ante el campeón mundial negro Jack Johnson, que lo noqueó en el sexto round. "Una parodia con olor a pesetas", criticó La Vanguardia.

"Los niños habían sido enviados a la cama para que, durante el sueño, olvidaran que estaban sin cenar". Así escribe Jack London en Un bistec, de 1909, uno de los mejores cuentos de boxeo (hay una gran edición de 2011 con ilustraciones de Enrique Breccia). Nariz dos veces rota, orejas deformadas, venas hinchadas, mandíbula brutal y ojos de bestia de pelea, Tom King, excampeón pesado de Nueva Gales del Sur, de 40 años, dos hijos, no tiene siquiera para comer ni para viajar a su pelea por 30 salvadoras libras ante Sandel, un neocelandés representante de la Juventud "que es siempre joven, porque sólo la Edad envejece". King aguantó golpes y esperó su momento. Tiró a Sandel, pero, débil y hambriento, quedó sin fuerzas para el nocaut. ¡Si hubiese tenido dinero para comer al menos un bistec! El boxeo está lleno de Kings reales. A los escritores siempre les fascinó esa lucha cuerpo a cuerpo por la sobrevivencia. Ese diálogo de cuerpos primitivo. De combate mudo e íntimo. De juego y tragedia. De sacrificio y redención. De coraje desesperado y autodestrucción. De sueño y pesadilla. De noche y soledad. "Es poesía y drama", dice el pintor español Eduardo Arroyo, que tiene más de cuatro mil libros de boxeo, entre ellos su formidable biografía Al "Panamá" Brown, el notable campeón mundial gallo de 1929 a 1935, opiómano, homosexual y negro. "Sabía de forma innata cómo colocar un golpe, como el poeta la palabra". Panamá murió a los 38 años, pobre y abandonado por todos, inclusive por Jean Cocteau, uno de los escritores que más influyó a Cortázar y que tuvo estrecha relación con el boxeador. "Al Brown –escribió una vez el escritor francés- es un misterio. En el campo del boxeo y en el de las letras hablamos la misma lengua. Empleamos lo que la gente llamaría los mismos trucos…que no es otra cosa que el estilo. ¡Desconfiad deportistas! Os enfrentaréis siempre con un príncipe del ring, un fenómeno, un brujo, un acróbata, un sicólogo, un espectro, un sonámbulo, un poeta, en resumen: un boxeador".

La relación Cocteau-Brown, cuenta Arroyo, favoreció al primero, pero dejó al boxeador "expuesto a críticas y comentarios de dudoso gusto". Al enterarse de su muerte, Cocteau se jactó de haberle enseñado a Brown cómo engañar a sus rivales bebiendo agua en una botella de champán. Dijo que él lo ayudó a volver a los rings. Y que lo sacó de una "muerte en vida en el Harlem, como un pobre y fiel animal que vuelve a morir a su perrera…Me pregunto –escribió Cocteau- si no sería indispensable incluir a Al Brown en la lista de mis personajes imaginarios". Arroyo, biógrafo enojado, imaginó que Panamá, de haber estado vivo, habría respondido a Cocteau con una vieja canción de un cuento que solía entonar: Jamás, sabrás, poeta blanco/ por qué mi pueblo/ camina tan ligero". Habría hecho honor a Cortázar. "En la novela –dijo una vez el escritor- se puede ganar por puntos, en el cuento por nocaut".

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