Salvar El Paraíso: la casa museo de Mujica Lainez, un tesoro en peligro

El autor de Bomarzo vivió y escribió el 40 por ciento de su obra en la morada de La Cumbre, que enfrenta un déficit económico
Loreley Gaffoglio
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11 de septiembre de 2014  

La Cumbre, Córdoba.- Si el álter ego narrativo de Manucho Mujica Lainez, Sir Cecil, su adorado can de raza Whippet, conocedor de todos sus secretos, hablara ahora, como lo hizo en la autobiografía novelada del autor de Bomarzo, con su voz altiva y flemática, fascinado por su dueño, seguramente diría: "Mi amo cumple hoy 104 años, su cuerpo –no así su espíritu– abandonó esta casa 30 años atrás. Pero quien hoy visite El Paraíso, podrá conocer su alma".

Y en su usual tono de infidencia, también posiblemente explicaría: "Mi amo se recluyó aquí los últimos 15 años de su vida. En su dormitorio del primer piso murió en el otoño 1984, y ahora esta casona, que tanto lo desveló y atesora todos sus objetos y la memoria de sus experiencias estéticas, corre el riesgo de cerrarse. De clausurar la puerta que conduce a su intimidad, para que ya no haya más invitados en El Paraíso".

Las penurias económicas de la casa-museo del autor de Misteriosa Buenos Aires, enclavada en las laderas serranas del barrio residencial de Cruz Chica, no son un delirio canino. Ana Mujica –hija del escritor, crítico de arte y periodista de LA NACION– alertó meses atrás sobre las dificultades financieras para sostener el hogar, donde Manucho concibió el 40 por ciento de su obra literaria. A pesar del pedido público de ayuda, el futuro de la Fundación Manuel Mujica Lainez (FMML), que en 1987 creó su mujer, Ana de Alvear, se inscribe ahora con puntos suspensivos.

Semanas atrás, Teresa Parodi, ministra de Cultura de la Nación, manifestó su intención de otorgarle al museo una subvención mensual para prevenir su cierre, mientras que el diputado Mario Raúl Negri (UCR), presentó un proyecto en el Congreso para que se declare a la residencia Patrimonio Histórico Nacional. La senadora Norma Morandini apoyó la iniciativa. Pero mientras las maniobras de salvataje se discuten, las necesidades apremian: hoy, a las 19, en la Sociedad Argentina de Horticultura (Agüero 2085), se celebrará el legado literario del escritor en el día de su nacimiento, en un encuentro con el lema "Ayude a salvar El Paraíso", para recaudar fondos e impedir el cierre del museo, cuyo funcionamiento demanda $ 40.000 mensuales.

El señor de los objetos

Mientras tanto, todo está allí, intacto, tal como lo pergeñó en vida el autor de Aquí vivieron, que convirtió su morada serrana en el desvelo de su retiro. Apasionado por la historia y por sus ancestros patricios, Mujica Lainez fue un emblema del dandismo europeo. Educado tres años en París y Londres, erudito de exquisita ironía y humor negro, concibió su obra literaria revisitando el pasado e impregnándole tintes fantásticos. Si Cecil le prestaba su voz para contarse a sí mismo, también convertía su anillo egipcio en el narrador de otra novela: era el Escarabajo el que perfilaba a sus dueños pretéritos, desde Nefertiti hasta Miguel Ángel.

Esteta hasta la exasperación, coleccionista y cultor de los objetos, tan místico como supersticioso, su mágico universo se respira en cada pared de los 13 ambientes del caserón palaciego que compartió con su madre, su perro y su gato Balzac. En sendas casas, en el mismo predio –originalmente más extenso– vivían su mujer y las tías Lainez. De falso estilo colonial, proyectada en 1915 por Leon Dourge –autor del Palacio Duhau–, Manucho paseaba por Cruz Chica cuando un cartel llamó su atención: "Se vende El Paraíso". Leyó y se exaltó, como si su propia inventiva hubiera anticipado su destino: once años antes había escrito Invitados en el Paraíso. ¡Ese lugar debía ser suyo!

Pagó en cuotas con Anita "siete millones de pesos, por las siete hectáreas, con siete casas y siete chimeneas y un lago". Él, para quien esas casualidades eran señales, debió desprenderse de un autorretrato de Victorica para reunir la suma. Otros siete meses de mudanza (según cuenta Cecil) y 10 camiones de mudanza para "desnudar" su hogar de Belgrano y poder extrapolarse allí con sus afectos. Fue en 1969. Él mismo ubicó en cada rincón sus eclécticas colecciones: "Cada objeto fue, sin vacilar, al sitio que le correspondía, como si yo lo hubiese adquirido para ese lugar", decía.

Su emblemático sombrero gris, el monóculo y los bastones; los óleos de Basaldúa, Soldi, Miguel Ocampo y la cabeza de Manucho moldeada por Fioravanti; la estela funeraria de buda que trajo –maldición incluida en el dorso– de su viaje por Manchuria; el Aquiles de piedra, réplica del emplazado en Versalles; su biblioteca de 10.000 volúmenes, con ejemplares dedicados por García Lorca y Alfonsina Storni (otra primera edición con una carta manuscrita de Borges, junto a su primer libro escrito en francés, a los 13 años, fueron robados) recrean la intimidad y las excentricidades de un hombre apasionado por la belleza. Brillante, sensible, único.

Tenía razón cuando afirmaba que los "objetos no mienten": lo prueban sus diarios íntimos (collages con dibujos de trazo ingenuo y pensamientos, a veces inconvenientes); la máquina de escribir Woodstock que Bartolomé Mitre le regaló; la galería de retratos de sus antepasados, de Juan de Garay a Miguel Cané, el escritorio que San Martín usó en San Lorenzo y el telegrama de Alberto Ginastera en el que anuncia la prohibición de la ópera Bomarzo en el Teatro Colón en 1967. Corrosivo, él mismo lo enmarcó y lo colgó al lado de una felicitación de la Cancillería por el estreno, ese mismo año, en Washington. Ningún invitado a El Paraíso, en los bailes de Carnaval, pasaba por alto esa hilarante antinomia. Tampoco su certeza de que convivía con un espectador: el fantasma de Mr. Littlemore, el inglés de traje gris asesinado en el área del comedor por el amante de su esposa. "Si lo ve, no se preocupe, que es nostálgico e inofensivo", consolaba a sus huéspedes.

Sus gustos y creencias –a veces paradojales– también se vislumbran en su dormitorio: una cama ascética, la canasta del gato, las últimas lecturas, su fervorosa iconografía religiosa y una colección de 18 figas bahianas en el baño, símbolos esotéricos contra el mal de ojo. Así vivía y creaba Manucho: en un ámbito donde lo sobrenatural abrazaba a la realidad y donde todavía hoy se respira literatura.

La intimidad abierta a los visitantes

"Me gusta de El Paraíso el hecho de que sea un auténtico resumen de mi vida, puesto que mi vida, no siendo ya corta, necesitaba un lugar así para albergar sus distintas y a menudo contradictorias expresiones. Aquí está, objetivamente, todo lo que soy. Quien recorra este sitio se asoma a mi corazón y a mi memoria", decía Mujica Lainez sobre su hogar en el corazón serrano. Más datos, para visitarla, www.fundacionmujicalainez.org

Biblioteca
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Dormitorio
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