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El rock barrial ataca de nuevo

Los Gardelitos, La 25 y El Bordo realimentan la escena que nació en los 90 y que tras la tragedia de Cromañón debió alejarse de Buenos Aires
Sebastián Espósito
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21 de septiembre de 2014  

Diezmado, estigmatizado y casi proscripto, el rock barrial debió replegarse y volver a empezar tras la tragedia de Cromañón. El fatídico 30 de diciembre de 2004, fecha en la que murieron 194 personas durante un show de Callejeros y de la que pronto se cumplirán diez años, puso al rock en general y al "chabón" en particular en el banquillo de los acusados. Los festivales porteños alejaron de sus grillas a las bandas del "palo", del subgénero, y éstas respondieron como pudieron. Muchas desaparecieron, otras dejaron de tocar durante un tiempo prudencial y algunas se mantuvieron en la ruta, produciendo de manera independiente sus shows. La escena tomó nota de sus errores y lentamente volvió a emerger. El público demostró que sigue siéndole fiel: La Beriso cerró 2013 con un concierto en el Luna Park; Los Gardelitos llegaron en mayo de este año por primera vez al viejo templo del boxeo y La 25 reunió a 25.000 personas en Tecnópolis. En tanto, Valentín Alsina, el disco de 2 Minutos que sin querer marcó el comienzo de esta subcultura rockera, cumplió 20 años.

"Barrio Obrero Valentín Alsina, los obreros caminan rumbo al yugo diario. Van con sus bolsos al hombro y sus caras de cansado". En Valentín Alsina, 2 Minutos trazó un fresco del rock barrial. El obrero, los pibes en la esquina, la cerveza, el ex amigo que se hizo policía? Aun desde el punk, Mosca y los suyos dieron en el blanco y emergieron como disparador de una subcultura rock que encontró en los Rolling Stones a su deidad y en el barrio a su escudo protector.

La fuerte pertenencia a un puñado de cuadras apareció en el centro de la escena en los 90. La década menemista dejó un tendal de fábricas cerradas, desempleo de padres e hijos y ríos de incertidumbre. Las largas horas muertas con amigos en la plaza o en el kiosco y la música de Sumo, Los Redondos, Los Piojos, Bersuit Vergarabat y La Renga se convirtieron en inspiración, en caldo de cultivo para una nueva generación. A 20 años de ese Valentín Alsina (disco y canción) y a casi diez de la tragedia de Cromañón, el rock barrial hoy experimenta un resurgimiento. Más allá de la masividad que parecen alcanzar Los Gardelitos y La Beriso y del crecimiento en convocatoria de La 25 y El Bordo, la estigmatización que los persiguió parece llegar a su fin. En paralelo, los músicos de Callejeros recuperaron la libertad, con excepción de Eduardo Vázquez, en prisión por el asesinato de su esposa.

El debut tardío de los Rolling Stones en Buenos Aires en 1995 provocó una inmediata stonesmanía. "Los Ratones Paranoicos originales", como decían algunos con bastante humor y algo de malicia, calaron hondo en el Gran Buenos Aires y en los barrios del sur de la ciudad. Con Jagger y Richards en un pedestal y una estética más propia de los años 70 que convirtió a los jeans gastados, el pañuelito al cuello y los flequillos rectos en look oficial, el fanatismo por los Stones se tornó rolinga, con usos y costumbres que poco tenían que ver con las Majestades Satánicas de los 90 pero bastante con la estética que definiría al rock barrial. Si alguien aún no sabe de qué estamos hablando, no tiene más que buscar en Peter Capusotto y sus videos: el personaje de Jesús de Laferrere da en la tecla. También el personaje de Paola Barrientos en Viudas e hijos del rock and roll: la joven Miranda que conoció a Diego en Gesell era una rolinga "de ley".

"Amanece, la avenida desierta pronto se agitará. Y los obreros, fumando impacientes, a su trabajo van. Sur, un trozo de este siglo, barrio industrial". Hoy suena proto-barrial el "Avellaneda Blues" de Manal. Quizá más sutil y poético, pero igual de contundente que ese "Valentín Alsina" de 2 Minutos; o "Los invisibles", de Callejeros: "Luchando sin atajos los invisibles, agitan rocanroles irresistibles. Piden que sus críos se salven y no piden más". Sin embargo, entre el rock empedrado de Manal y el barrial de las últimas dos décadas, hay una conexión que merece ser revisada.

Cuentas pendientes

"Si vas a llorar por tu miseria te vas a cansar", cantaba Luis Alfa en el 96, en el disco debut de Resistencia Suburbana, probablemente la más barrial de todas las bandas argentinas de reggae. A su manera, intentaba levantarle el ánimo a una generación desangelada. En ese debut, Cuentas pendientes, también había espacio para un patovica de boliche, para hablar del servicio militar obligatorio, para recordar a Walter Bulacio (asesinado por la policía en 1991 tras un show de Los Redondos en Obras) y, por supuesto, para lanzar sus dardos contra los uniformados ("una linda pistolita y cerebro de ratón").

De las letras crípticas de los años de la dictadura y el pop hedonista de los 80 se daba paso a las crónicas crudas de lo que sucedía en los barrios entrados los 90. Cristian Pity Alvarez y sus Viejas Locas cantaban acerca de aquello que veían y vivían a diario en Lugano, igual que el grupo que fundó luego, Intoxicados. "Todos tienen fierros, yuta tiene miedo, entonces tiran sin preguntar primero. Y esquivando balas en mi bicicleta voy a casa de mi puntero a buscar mi hierba" ("Una vela").

La tele les devolvía una vida distinta a la que estos músicos vivían y veían a diario. La Renga, el trío de Mataderos, se enojaba con la señora de los almuerzos en "Buseca y vino tinto" ("Pidió postre con cereza, delicada la burguesa y anunciaba un lindo comercial que donaría las sobras y los huesos a la prosperidad"; de Bailando en una pata). Los Piojos, en tanto, hacía tiempo que habían dejado atrás reductos como Arpegios y ya entonaban en estadios al aire libre sus primeros clásicos, como "Pistolas", de Ay, ay, ay: "la muerte es una cuestión de suerte", cantaba, como un tanguero de El Palomar, Andrés Ciro Martínez, al tiempo que recomendaba, "háganse su ghetto, quédense en su barrio".

La sonrisa de Gardel

Un espectador de la primera hora del rock local, Korneta Suárez, forma en el Bajo Flores una banda con sus hijos Eli y Bruno y con el bajista Jorge Rossi. La llama Los Gardelitos y, quizá inspirado en un monólogo que los Beatniks de Moris, Pajarito Zaguri y Javier Martínez leían en sus presentaciones, compone "Gardeliando", canción que se convertiría en emblema del grupo y de su público: "La sonrisa de Gardel ilumina la ciudad...Ahora es nuestra la ciudad. Ahora es nuestra y nada más".

El 30 de diciembre de 2004 murieron 194 personas en República de Cromañón. Era la tercera y última presentación que Callejeros se disponía a dar tras haber tocado unas semanas atrás para 15 mil personas en el estadio de Excursionistas. Aquella noche trágica también daría fin a las prácticas que el rock venía acumulando y aumentando desde los 90: las bengalas, las banderas y esa futbolización del rock que muchos abrazaron y otros tantos reprobaron.

"No lo justifico, pero hacía ya como diez años que se prendían bengalas en lugares cerrados", señala Eli Suárez, quien heredó de su padre una banda, Los Gardelitos, y un legado de canciones inéditas que sigue compartiendo con su público. "Los chicos de Callejeros eran pibes de veintipico en esa época, venían de un barrio del conurbano (Villa Celina) y hacían las cosas lo mejor posible, con la mejor intención. No estaban preparados para saber si el lugar (Cromañón) era o no seguro. 2004 fue un año bravísimo para mí, perdí a Korneta (su padre) y de golpe me encontré yendo al santuario improvisado que hicieron los pibes después de Cromañón, viendo un montón de remeras de Gardelitos. Me pegó muy fuerte y sentí que me tocaba de cerca."

Para Junior, cantante de La 25 (el próximo sábado la banda cerrará su gira nacional en el microestadio Malvinas Argentinas), durante los años siguientes a la tragedia de 2004 se tornó complicado organizar shows tanto en Buenos Aires como en el resto del país. Es más, los resabios de esa suerte de proscripción que persiguió a las bandas del género, aún los siguen tocando de cerca. "Teníamos todo acordado con el Luna Park para tocar el 13 de septiembre -cuenta Mauricio Junior Lescano- y de un momento a otro nos dijeron que no íbamos a poder tocar ahí."

Alejandro Kurz, de El Bordo, banda que nació a fines de los 90 y que experimentó un gran crecimiento con sus últimos discos (el más reciente, Hermanos, lo presentarán el 4 de octubre en el microestadio Malvinas Argentinas), recuerda los días pre-Cromañón. "No recuerdo que alguien se manifestara en contra del ritual futbolero que había en los shows. Era parte del mal llamado folklore de los recitales. Cuando empezamos nosotros queríamos ser como Los Redondos, queríamos que el público cantara los temas, que hubiera banderas y bengalas, que era lo que le sucedía a las bandas grandes."

Eli Suárez cree que ese ritual que encerraban las bengalas y las banderas pudo resignificarse y mantenerse como algo simbólico. "Con las bengalas los chicos querían alumbrar un futuro que no tenían. Eso hoy puede brillar en una letra, en otras actitudes. Lo mismo con las banderas, que no siempre se pueden llevar a los shows. Son el símbolo del ideal que se alza por encima de uno mismo."

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