Arte: cruda y voraz

Graciela Sacco en el Hotel de Inmigrantes. Por primera vez el centenario edificio aloja una muestra individual de una artista argentina. Organizada por la Universidad Nacional de Tres de Febrero, Nada está donde se cree... reúne intervenciones que abordan la memoria, la fugacidad y el conflicto
Diana Fernández Irusta
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26 de septiembre de 2014  

Graciela Sacco utiliza en sus obras la heliografía, técnica nacida a principios del siglo XIX: suerte de ancestro de la fotografía, creadora de imágenes de textura porosa, difusas para la visión actual, repentinamente sutiles. Por sobre todo, imágenes logradas a partir de productos que ya no se fabrican: materiales en extinción como la propia técnica a la que alguna vez sirvieron.

Quizás por eso las intervenciones -ella las llama "interferencias"- que la artista ha realizado en el Hotel de Inmigrantes dialogan tan bien con las enormes estancias, los azulejos blancos, pasillos, piletones y escaleras de mármol de un lugar donde todo parece hablar de las vidas que ya no están pero dejan, como un poso -¿la huella de una imagen en negativo?-, la intuición de su paso por este mundo.

Nada está donde se cree? se llama esta muestra, exposición antológica curada por Diana B. Weschler, cuyo nombre alude, precisamente, a uno de los temas recurrentes en las creaciones de Sacco: la idea del tránsito, la fugacidad, el conflicto. Y la necesaria ambigüedad de un universo donde nada permanece estanco.

Al inicio del recorrido, suspendidos en la recepción o adosados a los escalones, los cientos de ojos de Entre nosotros interrogan la mirada de los visitantes. Se trata de ojos sin cuerpo ni rostro: la pura fuerza de la mirada, esa capacidad de tajear el espacio y transmitir la identidad de un modo que, muchas veces, las mejores palabras apenas podrían esbozar. Esos ojos de una comunidad que quizás nos incluya ya han aparecido en otras intervenciones de la artista. Son, junto con el virtuosismo técnico, los juegos ópticos y el trabajo con la descomposición del movimiento, una de las marcas distintivas de esta autora.

En la obra Espiando a los bárbaros se redobla la apuesta. Los pares de ojos ahora asoman entre tablones, su inquietante potencia de repente sesgada por una especie de paredón que multiplica las asociaciones: ¿son miradas de curiosidad, de alerta o de miedo? Y la inevitable sospecha: ¿quién espía a quién? ¿Quién está libre de ser considerado bárbaro o, por el contrario, de convertir en "bárbaros" a quienes no son más que "otros"?

El historiador francés Georges Didi-Huberman considera que un retrato humano asume cierta dimensión política cuando implica un registro de lo singular que, al mismo tiempo, permite aludir a lo histórico y colectivo. En las miradas sin rostro de Graciela Sacco -individuales y universales al mismo tiempo- algo de esta operación se pone en juego. También en sus imágenes de migrantes: cuerpos en movimiento, tan difusos y certeros como el registro -tomado en contrapicado- de sus pies: tacones firmes, punzantes, anónimos pero también capaces de no serlo en absoluto.

Aquel gozoso fluir de fronteras e identidades que alguna vez prometió la globalización se estrella hoy con la realidad de los niños migrantes, la desesperación de quienes se arrojan al Mediterráneo, el horror de las expulsiones masivas, parecen insinuar estas obras. Los desplazamientos actuales -nos recuerdan- transcurren acicateados por el vértigo del no lugar, el pánico a lo diferente o una violencia que la pieza Espacio mínimo vital traduce en contenida pulsión expulsiva.

Un cubo escenifica ese metro cuadrado que rige los precios de la vivienda en las principales capitales del mundo (están las cotizaciones de Barcelona, París, Tokio, entre otros objetos del deseo). Este espacio mínimo a partir del cual se decide quiénes ingresan a las grandes urbes o se quedan en las periferias míseras se convierte, en una de las enormes salas del Hotel de Inmigrantes, en un metro cúbico, azulíneo y plástico, flotando sobre el asombro de los visitantes. Hasta llegar a Cualquier salida puede ser un encierro, donde lo escenográfico se da la mano con lo conceptual y un cubículo de espejos, luz azul y rumor de mar instala opresión e ilusión de apertura. Ante todo, la necesidad de atravesarlo pese al vértigo: en esta muestra, todos están en tránsito.

"Sabemos que cada imagen lleva en su tiempo ahora una infinidad de otros presentes que permanecen latentes hasta que la mirada del espectador los active", escribe Wechsler en el texto curatorial. Así ocurre con Bocanadas, un video donde bocas voraces se comen entre sí; imágenes de huella heliográfica, esas mismas bocas, devoradoras de espacio, aire, ¿discursos?, plasmadas en carteles que supieron estar en otras intervenciones y cucharas que trazan circuitos casi coreográficos en diversos rincones de la sala.

La sensación de estar frente a objetos donde el tiempo se encapsula y promete un despliegue incierto se reitera en obras como las de las series Tensión admisible o Cuerpo a cuerpo. Aquí, la reflexión sobre la violencia política se articula con las búsquedas en el plano de lo formal y de la técnica: imágenes de manifestaciones callejeras que, de un modo u otro, pertenecen a la memoria colectiva, traducidas a la sugerente textura heliográfica, aplicadas sobre soportes de madera o vidrio y, además, trabajadas con una fragmentación que por momentos recuerda las investigaciones sobre la descomposición del movimiento realizadas a fines del siglo XIX.

Atravesadas por la luz, apenas temblorosas sobre la pared, articulándose y desarticulándose según un mínimo de aire roce los soportes, las sombras de los manifestantes asumen la paradoja de ser temporales y urgentes a la vez. Un joven arroja una piedra y su gesto se descompone en las mismas capas en que, en otra sala, el calzado de un migrante emerge como pura huella. Tránsitos del conflicto y de lo territorial; efímeros, pero también agudamente testimoniales.

Ficha. Nada está donde se cree… de Graciela Sacco en el Hotel de Inmigrantes (Av. Antártida Argentina 1355), hasta el 10 de noviembre.

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