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La compleja tarea de ser administrador de sonidos

Pablo Kohan
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3 de octubre de 2014  

Orchester der Klangverwaltung München / Director: Enoch Zu Guttenberg / Programa: Beethoven: Obertura "Leonora", N°3, op 72b y Concierto para piano y orquesta N°5, "Emperador"; Bruckner: Sinfonía N°4 en Mi bemol mayor, "Romántica". nuova harmonia / Teatro colón.

Nuestra Opinión: Buena

Hay algunas desavenencias, y no exactamente menores, entre las formulaciones y los postulados que, según son señalados en el programa de mano, aparecen como los motivadores del accionar de esta orquesta alemana y lo que, efectivamente, pudo percibirse en el escenario del Colón. Aun a riesgo de una simplificación excesiva, en el credo de esta orquesta, cuya denominación es sólo memorizable por los germanohablantes (su traducción literal es Orquesta de la Administración del Sonido), aparecen fundamentos de un tipo peculiar de trabajo que redundarían en interpretaciones de excelencia y relecturas creativas de obras clásicas. Sin embargo, en la práctica concreta, tales premisas no pudieron ser distinguidas. Más aún, de principio a fin, y el concierto fue particularmente extenso, sólo primó una corrección general no exenta de algunas mínimas desprolijidades, sin ningún atisbo de alguna originalidad o de alguna singularidad expresiva, musical o artística.

Enoch Zu Guttenberg es un director de amplia trayectoria cuya movilidad sobre la tarima es incesante, grandilocuente, un tanto ampulosa y sus movimientos incluyen una hiperactividad que, pareciera ser, de tan reiterada y exuberante, termina por ser algo rutinaria ya que, a lo largo de las casi tres horas que duró el concierto, todo sonó muy similar. Después de la Obertura "Leonora" N°3, cuya mayor (y única) sorpresa fue el toque de diana de una trompeta ubicada en uno de los palcos posteriores, llegó una interpretación poco emocionante y algo mecánica del Concierto del Emperador de Beethoven, con la participación solista de Stefan Stroissnig. Con una técnica irreprochable, el pianista austríaco se paseó con soltura por una partitura no exenta de infinitas dificultades. Pero tampoco denotó alguna lectura personal, algún toque diferente o alguna mirada original. Entre la orquesta y el solista conformaron una presentación absolutamente correcta, sin nada que apuntara a alguna distinción artística especial. Sin la orquesta y sólo con su alma, fuera de programa, Stroissnig tocó el Impromptu D.899, N°4, de Schubert, y, aún dentro de ciertos límites dinámicos estrechos, pareció muchísimo más suelto, poético y expresivo.

Las ideas generales y la práctica orquestal revelada en la primera parte del concierto se reiteraron con la Sinfonía Romántica de Bruckner. Extensa, de evolución lenta y reiterativa en la reexposición (nunca maquinal) de ideas, la obra de Bruckner requiere una lectura minuciosa, creativa y una comprensión peculiar de una estética especial que permita denotar toda su grandeza y todas sus sutilezas. Hubo algunos momentos bien interpretados pero, al mismo tiempo, costó encontrar alguna ilación o continuidad que le diera unidad y sentido a una obra descomunal.

El nombre Administración del Sonido es casi una tentación para apelar a metáforas que impliquen la idea de burocracia o de cierto modo de trabajo más propio de alguna oficina que de un organismo musical. La Orchester der Klangverwaltung München y su director hacen su tarea con la mejor intención y con todo el empeño. Pero los resultados, al menos por lo que pudo escucharse en esta presentación, no van más allá de una corrección que, por supuesto, no es suficiente para alcanzar esos postulados declamados con un énfasis inusual.

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