Cambiar o no cambiar, el dilema en el aula tradicional

Raquel San Martín
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5 de octubre de 2014  

En los Estados Unidos y algunos países de Europa, la primera reacción de muchas universidades tradicionales frente a sus nuevos "competidores" fue, no sin intenso debate interno, en rigor nunca resuelto, usar la tecnología para difundir sus riquezas: muchas pusieron online clases de sus profesores, o produjeron contenidos específicos para el mundo virtual: las "lecciones de 60 segundos" en YouTube de la Universidad de Pensilvania; las "Conversaciones con la historia" de la Universidad de California, y las entrevistas con docentes que publican un libro o terminan una investigación, como hizo la Universidad de Warwick.

Hace más de una década, el MIT abrió sus cursos a través del programa Open Courseware, después de lo cual aparecieron iniciativas como Coursera –una plataforma de cursos asincrónicos, privada y supuestamente sin fines de lucro– para facilitar la gestión de los MOOC (cursos masivos y abiertos en línea). Muchas universidades se subieron a Coursera, pero más que nada, como se está demostrando algunos años después del boom, como una estrategia de marketing. "Las universidades en realidad lo usan para atraer estudiantes a sus campus. De hecho, por ejemplo, después de algunos años en Coursera la Universidad de Stanford está creando su propia plataforma", apunta Walter Sosa Escudero.

Scolari suma otro punto: "Las universidades más avanzadas en este campo hacen un uso intenso de los datos que generan estos cursos. Tener decenas de miles de estudiantes siguiendo el mismo curso permite identificar las cosas que funcionan y las que no y mejorar el producto educativo".

Lo más interesante está, probablemente, en las discusiones internas que estas innovaciones ponen en marcha en las universidades, siempre tensionadas entre el statu quo y la decisión de subirse a un tren al que el resto se está subiendo, y donde "hay una tendencia innata al conservadurismo", como dice Sosa Escudero. "La cabeza del docente atrasa casi como el tiempo que transcurrió entre que fue alumno y que es profesor. En la docencia universitaria no hay pauta pedagógica y es un hecho que vos enseñás como te gusta que te hayan enseñado y evitás enseñar como te molesta que te hayan enseñado –dice–. Otra razón de la resistencia al cambio está en los costos. Aplicar esta tecnología se puede hacer muy mal muy fácilmente y cuesta mucha energía, trabajo y plata hacerlo bien."

Hay que dar crédito, sin embargo, a una institución que tiene casi 1000 años de historia. "Si duró tanto es porque la universidad ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos. En la mayoría de los países, sigue siendo un canal de ascenso social. Ciertas prácticas pedagógicas basadas en la transmisión de conocimiento siguen vigentes, pero avanzan nuevas dinámicas de trabajo dentro y fuera del aula. No sería para descartar que la universidad evolucione y se ramifique en modelos diferentes", apunta Scolari.

Es probable también que ir un poco detrás de lo que el mercado pide no sea negativo. "Es bueno porque no van detrás de la moda, pero es malo porque, cuando la moda es algo para quedarse, siempre están un poco atrás", dice Sosa Escudero. Un buen tema para una charla TED.

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