Daniel Cerezo: el hombre que impactó en TEDx

El Gerente de Felicidad
El Gerente de Felicidad Crédito: Catalina Bartolomé
De formación, psicólogo social y músico. Y de ejercicio, un experto en “construir puentes”, como a él mismo le gusta definirlo. Su historia personal lo enfrentó a la pobreza más extrema y le permitió descubrir que todos somos capaces de liderar nuestra vida.
María Eugenia Castagnino
(0)
5 de octubre de 2014  • 00:00

"¿Jugamos un partidito antes de empezar?", dice al entrar a un lugar donde hay una mesa de ping pong, unos sillones y un ventanal por el que se cuela el sol. Sí, acá trabaja Daniel Cerezo. Un ambiente distendido que ayudó a crear desde que lo ascendieron a "gerente de Felicidad y Cultura" de Paez, la empresa de alpargatas. ¿Qué hace un gerente de felicidad, quizás el único del mundo? "Armamos una vida feliz. Esta empresa se propone ser la más amada del mundo. Para eso, la gente que trabaja acá tiene que amar lo que hace. Yo me ocupo de eso: de mimarlos, de que la pasen bien. De escucharlos y saber qué les pasa. De generar proyectos para que el clima de laburo sea lindo y que los empleados estén motivados. Uno se pasa el 70% de su vida en el trabajo. Y si yo puedo lograr que ese 70% sea agradable, la calidad de vida de las personas mejora".

Su sonrisa y sus gestos de niño desaparecen cuando el partido de ping pong se termina. Claro, él sabe lo que cuesta ser feliz porque la sensación le fue esquiva. Nacido en San Juan, Daniel llegó a la Capital con sus padres y sus cinco hermanos, tras una promesa de trabajo para su papá y con la ilusión de un futuro mejor. Pero las cosas no se dieron como esperaban: vivieron en el garaje prestado de una tía y, al poco tiempo, la sorpresiva muerte de su padre agravó aún más las carencias. Los ojos de Daniel se llenan de lágrimas al evocarlo. "Nos quedamos en la calle. Usurpamos un terreno en la villa e hicimos una casa con lo que pudimos. Mi mamá era portera y yo, con 5 años, salí a hacer changas para ayudar con algo. Muchas noches, lo único que cenábamos era pan y agua. Fuimos pobres de verdad". A Daniel nadie se la contó. Sintió el hambre y el frío en carne propia. Y la calle se volvió su escuela. En medio de tanta falta, existía algo que le devolvía la alegría: la música. Y entre todas, había una mujer que se volvió el motor de su transformación. "Mami, yo quiero ser como Gladys, la Bomba Tucumana", repetía mientras soñaba con conocerla algún día. La admiración era tal que un sábado cualquiera Daniel fue a las clases de música del centro cultural de la villa con un casete de Gladys y la ambición de aprender a tocar sus canciones. "Pero ¿voy a poder aprender?" "Vos podés aprender eso y mucho más". La que habló fue Liliana Alpern, su maestra de piano. Y desde entonces, su madrina, su ángel guardián. La mujer que le abrió un mundo nuevo de posibilidades: "Hacer música fue tocar el cielo con las manos. Al año, ya había aprendido todos los temas de la Mona Giménez, Los Palmeras y La Nueva Luna". Pero Lili tenía otro desafío para él. Le hizo escuchar "Para Elisa", de Beethoven. Sin saber quién era Beethoven, Daniel se enamoró de la melodía. A él, le siguieron Piazzolla, Bartok y Debussy. Y cuando, a los 14 años, Lili le propuso ser profesor del centro cultural, pensó que no tenía nada para dar. Estaba equivocado. "Para dar, no hace falta que tengas nada en los bolsillos. Solo hace falta tener ganas". Esa respuesta le voló la cabeza. Porque desde entonces, comprendió que la pobreza nada tiene que ver con la riqueza material. "La peor pobreza es la pobreza humana, y la incapacidad que uno tiene de proyectarse. A mí me daba vergüenza vivir donde vivía. Pero entendí que, al mismo tiempo, tenía a mi lado un montón de amigos, el amor de mi mamá y de mis hermanos. La peor pobreza es la falta de dignidad, el sentirse que uno es menos por no tener dinero o no poder ir a una universidad".

La visión que Daniel tenía de la vida dio un vuelco de 180 grados. A esta certeza, le siguió un proyecto personal que fue ampliando sus fronteras de manera ilimitada. Hizo de todo: coordinó y dirigió centros culturales, fue generador de múltiples ONG e iniciativas comunitarias para trabajar desde el arte y formar actores sociales, trabajó con presos, enseñándoles a proyectar su vida después de la cárcel, unió a 1800 niños de escuelas católicas, judías y musulmanas para que juntos cantaran por la paz en el bicentenario de nuestro país. Hoy, los empresarios lo convocan para dar charlas motivacionales a sus empleados y las escuelas de negocios lo buscan para incluirlo en su cuerpo de docentes "porque, además de formar buenos empresarios, hay que formar buenas personas". Desde su consultora, Creer Hacer, tiene la misión de "formar puentes" entre las empresas, las organizaciones sociales y el Estado. Paradójicamente, a Daniel no le gusta la palabra "ayuda". Le parece patética. "Yo nunca quise que me ayudaran. Porque si venís a ayudar, te parás en un lugar de superioridad que no va. Lo que vale es el intercambio, no el asistencialismo".

Si alguien le hubiera preguntado a ese chico que vivía en la calle y que cantaba las canciones de Gladys si imaginaba semejante presente, la respuesta hubiera sido "jamás". Pero si hay algo que la vida le enseñó a Daniel, es que nunca hay que perder la capacidad de soñar. Para que la vida se parezca, cada día más, a un partidito de ping pong.

¿Qué te parecen las ideas de Daniel Cerezo? Te dejamos el link de las charlas TEDx, en donde se subirá el video de Daniel en los próximos días: http://www.tedxriodelaplata.org/videos

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?