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La pérdida de la inocencia

Néstor Tirri
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4 de octubre de 2014  

Giselle, ballet en dos actos / Coreografía: Lidia Segni, sobre Petipa-Coralli-Perrot / Música: Adolphe Adam (y Friedrich Burgmüller para el Pas paysan) / Escenografía y vestuario: Nicolas Benois / Iluminación: Rubén Conde / Ballet estable del Teatro Colón / Dir.: Lidia Segni / Bailarina invitada: Paloma Herrera / Orquesta filarmónica de Buenos Aires, con dirección de Emmanuel Siffert / Teatro Colón / Nuestra opinión: muy bueno.

Qué decir de Giselle. Y qué epíteto sumar, por otra parte, a los dedicados tantas veces a Paloma Herrera. Sin embargo, la circunstancia es especial. Paloma cumplirá 39 años en diciembre y poco después, en el ABT (su sede regular en Nueva York), comenzará a clausurar su carrera. Para el público argentino, las de estos días son las últimas chances de verla bailar, en persona, esta pieza capital del repertorio romántico. Y una de las primeras veces que en su ciudad de origen se la vio encabezando la compañía del Teatro Colón fue, precisamente, con su personificación de la infortunada Giselle; ahora la retoma con su proverbial calidad y, sobre todo, con incuestionable madurez. Se cierra así un anillo que confiere a este reencuentro, con toques de emoción, un aura de excepcionalidad.

La gran intérprete argentina ha encarado de nuevo a esta heroína (que vio la luz en París en 1843), acaso la más emblemática de la danza clásico-romántica, con clara conciencia de las dificultades que implica ese doble rol: la campesina ingenua y despreocupada del primer acto y el cruel destino de caer en el reino fantasmagórico de las wilis, el sortilegio inagotable de las novias difuntas que inundan el segundo acto. En el preámbulo "realista", Paloma se entrega con liviandad al juego de seducción con el embozado príncipe Albrecht, personaje que Juan Pablo Ledo asume con sincera fascinación, en esa liviandad de movimiento con que se desplaza la pareja.

El grueso del Ballet del Teatro Colón que dirige Lidia Segni tiene aquí su primera labor de sostén con las deliciosas danzas aldeanas, en contrapunto con la pareja principal. Hasta el paréntesis con el que irrumpe el Pas paysan (ese injerto tardío que, sin embargo, con los años se va integrando a la concepción total de Coralli-Perrot-Petipa hasta volverse casi imprescindible), que posibilita el lucimiento de la convincente Carla Vincelli, bien sostenida por un cada vez más seguro Maximiliano Iglesias.

La inmersión en los dominios nocturnos del bosque siniestro arranca, en esta versión, con toda la magia que merece, en buena medida por la sabia batuta del maestro suizo Emmanuel Siffert quien, al frente de la Filarmónica de Buenos Aires, en esta segunda parte hizo vibrar la endeble partitura de Adolphe Adam con sorprendente robustez sinfónica. Impecables las evoluciones y las geometrías espaciales de las wilis, lideradas por la muy balanchiniana Paula Cassano en el rol de Myrtha, con su vigoroso desplazamiento en la diagonal. La enmarca el plantel femenino del Ballet Estable, tan vasto cuanto disciplinado, que rescató esos proverbiales arabesques que cimentaron la mágica tradición de este ballet.

En ese clima de misterio del acto (casi) blanco, teñido de negro por el príncipe y de furia por el defraudado guardabosque Hilarión (superlativa la fuerza del siempre eficaz Vagram Ambartsoumian), es donde el talento de Paloma Herrera acierta a maravillar en los tempi lentos, con sus tendues, sus arabesques, sus intangibles portdesbras, en especial en los portés, en los que Ledo pone a prueba sus condiciones de partenaire. La entrega despojada de peso con que Paloma maneja la energía roza la perfección en los desmayos de sus impecables penchés. Es merced a este dominio de tiempos e intensidades que renacen los paradigmas románticos de la concepción de Téophile Gautier y su fascinación por las "muertas enamoradas". Si en el acto campesino Paloma ha perdido algo de la inocencia adolescente que en el mismo escenario le conocimos hace más de diez años (como la perderá la misma Giselle, por lo demás), hay que celebrar en cambio su franca madurez para afrontar lo más difícil: el fantasma de la desdichada aldeana, que reclama definiciones en la composición corporal y, sobre todo, la proyección tenue de un espíritu en pena. No te alejes, Paloma: todavía no.

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