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Barcelona, la nueva Amsterdam

Los clubes cannábicos operan en un limbo legal, pero crecen a niveles sorprendentes en la capital catalana. Se abrieron más de 400 en sólo tres años
Martín Rodríguez Yebra
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11 de octubre de 2014  

BARCELONA.– El humo resalta al contraste de la luz tenue. Suena música chill-out en el salón largo y estrecho, adornado con iconografía budista y sembrado de sillones bajos, mullidos. Mariela Díaz y Ana Lara caminan hasta un extremo donde cuelga un cartel escrito en verde encima de una cortina roja: Dispensario.

Al descorrerla, las recibe un mostrador de madera con una docena de tarros transparentes llenos hasta arriba de motitas de hierba de distinta tonalidad. Cada frasco tiene un cartel al pie: Monster, Sour Diesel, Berry, Silver Haze… Mariela elige uno que dice Blue Hell. El encargado le da dos gramos en una bolsita de plástico. Le queda firmar una planilla y las dos amigas ya podrán volver al salón, elegir un sillón y sentarse a fumar.

Fascinadas, Mariela y Ana –chilenas, de 27 años– están descubriendo el floreciente circuito de los clubes de marihuana en Barcelona. Habían investigado por Internet antes de viajar a la capital catalana y consiguieron asociarse al Greenbay, un local en una esquina bulliciosa del barrio del Raval.

¿LEGAL? El movimiento de asociaciones cannábicas de Barcelona reniega del modelo de los coffee shops holandeses y ni siquiera pelea de manera muy enfática por la legalización total
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Es un boom en toda regla. En apenas tres años se abrieron en la ciudad más de 400 asociaciones de fumadores, que superan los 150.000 socios registrados. A Barcelona la empiezan a llamar la nueva Amsterdam.

No es que aquí se haya liberado la venta de marihuana en lugares públicos. Los clubes cannábicos operan en un limbo legal, en permanente tensión con la policía y el Ayuntamiento. La legislación española castiga la venta, la producción a gran escala y la tenencia de marihuana en cantidades mayores a 5 gramos. Pero permite la plantación casera y el consumo personal en espacios privados. Los clubes se apoyan en el derecho constitucional de libre asociación. Funcionan como un círculo cerrado de autocultivo, sin fines de lucro, en el que los socios reciben una cantidad mensual acorde con la cuota que pagan. Y pueden fumarla dentro de la sede de la agrupación.

Así es en teoría. En la práctica, basta perder dos minutos en Google para encontrar páginas que ofrecen el tour de la marihuana por Barcelona. La oferta incluye la entrada a entre tres y cinco clubes durante una semana, en general con la ayuda de un intermediario que se encarga de asociar a los visitantes y asegurarles una provisión de porros a cambio del precio de la cuota de un mes.

"Pagamos 60 euros por anticipado. Tuvimos que firmar la inscripción y demostrar que somos mayores de edad –cuenta Mariela, ya con el cigarrillo en la mano–. Acá sólo quedaba elegir la hierba." Tan sencillo que incluso es habitual toparse con promotores repartiendo folletos en Paseo de Gràcia con indicaciones de teléfonos y cuentas de e-mail en las que gestionar una visita a alguno de los clubes más sofisticados.

La perspectiva de un turismo de las drogas incomoda a las autoridades barcelonesas. Sobre todo en un momento en que hasta la liberal Amsterdam intenta poner límites al dispendio de marihuana a extranjeros en sus famosos coffee shops.

En los últimos tres meses la policía de Cataluña cerró 35 asociaciones bajo la acusación de venta ilegal de estupefacientes y lavado de dinero. El Ayuntamiento ordenó congelar por un año la concesión de licencias para nuevos locales de este tipo mientras se estudia cómo regular su funcionamiento.

Los fundadores del movimiento cannábico condenan las prácticas ilícitas y pelean por destrabar una ley que está en trámite en una comisión del Parlamento regional. Promueven un código de buenas prácticas que aseguran estar cumpliendo en sus clubes. "Nos autorregulamos de la forma más estricta. En nuestro modelo nadie compra y nadie vende. El socio sufraga los gastos del cultivo y se produce una cantidad acorde a la previsión de consumo. Todo el dinero que ingresa se reinvierte", explica Jaume Xaus, vocero de la Federación Catalana de Asociaciones Cannábicas.

La normativa que proponen contempla aceptar únicamente socios que sean residentes en la ciudad, mayores de 21 años y que lleguen avalados por un miembro anterior, además de poner un tope razonable de consumo mensual. "El objetivo es combatir el mercado negro y permitir que la enorme cantidad de consumidores lúdicos y también terapéuticos pueda acceder a un producto orgánico, de buena calidad, en un ambiente confortable y seguro", añade Xaus.

Los activistas admiten que les resulta imposible controlar un fenómeno que no para de crecer. Saben que es relativamente sencillo conseguir membresías exprés y que hay clubes que hacen un negocio con la venta. Xaus lo dice sin vueltas: "Hoy el tema se ha desmadrado".

Las leyes que se estudian prevén un tope de socios por club, prohibir el acceso a mensores de 21 e instaurar un sistema de auditorías de los cultivos
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Fronteras difusas

En septiembre último, la agencia de viajes Webehigh.org, que promueve tours para fanáticos de la marihuana, colocó a la capital catalana en el primer lugar de su ranking de recomendaciones, por encima de Amsterdam. La ecuación es simple: mejor clima, mejor precio, igual calidad. Incluso ofrece en su Web el servicio de un guía que puede ayudar a los interesados a inscribirse en "clubes que tienen un producto de excelencia". ¿Ilegal? No mientras no haya venta directa, pero las fronteras son difusas.

"Pedimos reglas claras para que se pueda distinguir entre quienes trabajan correctamente y quienes persiguen un negocio", afirma Víctor S., encargado de una asociación de fumadores fundada en un antiguo almacén del Barrio Gótico.

Incómodos: la perspectiva de un turismo de las drogas incomoda a las autoridades barcelonesas
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El club tiene una recepción impersonal, como la sala de espera de un médico. Ahí se controla que quienes entran sean miembros y se completan los trámites de los aspirantes a sumarse. A los nuevos les exigen, entre otros requisitos, declarar un límite estimado de consumo. "Ésa será la cantidad que la asociación cultive para él", indica Víctor. Una vez aceptado, podrá pasar cualquier día por el dispensario y retirar su ración de hierba o de hachís. Puede fumarla ahí mismo, en el bar que funciona en el salón principal del edificio, o llevársela a su casa. Hay lockers para que cualquiera de los 134 socios deje su marihuana si prefiere no arriesgarse a sacarla a la calle.

El movimiento de asociaciones cannábicas de Barcelona reniega del modelo de los coffee shops holandeses y ni siquiera pelea de manera muy enfática por la legalización total. No quieren circuitos comerciales ni crear una industria como la del tabaco.

"Somos adultos, responsables. Vienes aquí, bebes algo y disfrutas de un porro si tienes ganas sin darle de comer a un traficante ni preocuparte por la policía... Es una cooperativa, un club de amigos. No un reducto de fumetas", dice Jordi, diseñador gráfico, de 37 años. Está sentado en la barra del Dragon, un club que funciona en la planta baja de un edificio de departamentos en la Rambla.

Desde la calle sólo se lo identifica por un cartelito diminuto encima del timbre. Adentro es un ambiente amplio, muy iluminado, abierto desde las 15 y donde un día normal puede verse a estudiantes con sus laptops sobre mesitas bajas. No hay ventanas, pero el sistema de ventilación mantiene el aire limpio.

A unas pocas cuadras acaba de abrir el club social de Strain Hunters, un grupo de cultivadores holandeses que se dedica a recorrer el mundo en busca de variedades exóticas de marihuana. Una vidriera opaca impide distinguir desde afuera lo que hay en el interior: un bar oscuro, con música tecno a todo lo que da, gente codo con codo tomando tragos, como en una pequeña discoteca. Humo. Mucho humo. En una sala reservada y más silenciosa, los asociados pueden probar alguno de los últimos hallazgos de los fundadores, que se ofrecen en la carta de cannabis.

En general, la discreción es la norma. Los socios habituales quieren calma y les desagrada pensar en su club como un atractivo turístico. A los visitantes esporádicos les atrae la aventura de entrar en un mundo privado, que no deja de tener cierto halo clandestino.

Pero el fenómeno se puede descubrir a puertas abiertas en el Palacio Mornau, un deslumbrante edificio modernista de la Ciudad Vieja, a un paso del Mediterráneo. Desde hace dos años funciona allí el Museo del Hachís, la Marihuana y el Cáñamo, la exposición más grande del mundo dedicada a la historia de la planta del cannabis. Lo creó el magnate holandés Ben Dronkers, dueño también de la sede original que funciona desde 1985 en Amsterdam.

En sus habitaciones de techos altísimos se exhiben desde pipas usadas en África y Asia hace cientos de años hasta una colección de botellas de cannabis medicinal. "Queremos dar al público toda la información posible para que pueda formarse una opinión y acabar con los mitos que rodean a este cultivo", explican los responsables del museo.

Se cuidan de no promover de manera explícita el consumo. Tampoco pueden mostrar plantas ni hojas al natural. Es una directiva del gobierno regional, que no encuentra la forma de encauzar el boom de la cultura cannábica en Barcelona. "Se han detectado casos de promoción abierta del consumo, de venta a turistas, suministro a traficantes y a menores de edad. Necesitamos una regulación que ponga límites bien concretos", opina Antoni Mateu, jefe de la agencia sanitaria de Cataluña.

Los proyectos legislativos que se estudian prevén establecer un tope de socios por club –entre 400 y 600–, prohibir el acceso a menores de 21 años e instaurar un sistema de auditorías de los cultivos para garantizar que no existan excedentes de producción que vayan a parar al mercado negro. Otro aspecto en discusión es qué hacer con el consumo terapéutico, que hoy ocurre sin el aval de un certificado médico.

En el club DRN, en el barrio de Sants, funciona un consultorio todos los jueves para aconsejar a sus socios sobre los usos medicinales del cannabis. Pere Alcocer –67 años, comerciante– está inscripto desde hace seis meses, cuando le recomendaron fumar marihuana para soportar mejor un largo tratamiento contra un cáncer de riñón. "Es un alivio haber descubierto este lugar –dice–. ¡Ya estoy un poco viejo para andar detrás del camello de la esquina!"

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