El hombre que amaba el cine

François Truffaut. Con mirada de crítico y apasionado por la pantalla grande desde niño, fue un realizador fecundo, que rodó veintiún largometrajes entre 1959 y 1983 y marcó a más de una generación. El martes se cumplen treinta años de su muerte
Javier Porta Fouz
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17 de octubre de 2014  

"Soy un director de cine francés que seguirá produciendo films en el transcurso de los próximos treinta años. Algunos me saldrán bien, otros no. Pero esto casi no me importa, mientras lo pueda hacer." Eso decía François Truffaut en 1966. No cumplió con su promesa porque murió el 21 de octubre de 1984, a los 52 años. Sería seguramente muy distinto el cine de hoy si Truffaut siguiera vivo y filmando, como lo hacen sus coetáneos Clint Eastwood (nacido en 1930), Jean-Luc Godard (también 1930) y Woody Allen (1935).

Con 21 largometrajes filmados entre 1959 y 1983, Truffaut fue un cineasta prolífico, pero sobre todo, un amante del cine. Crítico y cinéfilo desde niño, ha sido, desde hace décadas, algo así como el santo de los cinéfilos. Alguien en quien reconocerse y refugiarse cuando uno descubre que esto de mirar películas lo absorbe. Truffaut fue uno de los pilares de la revolución crítica de la política del autor en Cahiers du Cinéma y, protegido de André Bazin (a él le dedicó Los 400 golpes). entrevistó a Alfred Hitchcock para el gran libro iniciático de muchos amantes del séptimo arte: El cine según Hitchcock. La lectura de ese libro y la asistencia apasionada al ciclo Truffaut de la Sala Lugones a principios de los años noventa aportaron una formación fundamental para quienes despertábamos a la cinefilia en esos años en Buenos Aires.

Truffaut niño y adolescente concurrió a diversas escuelas, de las que se escapa bastante seguido: "Mis primeras doscientas películas las vi en estado de clandestinidad, gracias a que me hacía la rata, o entrando al cine sin pagar". Luego quedaría en la memoria y el corazón otra de sus frases: "A veces faltaba al cine para ir al colegio". Una vez, había visto una película en lugar de asistir a clases y a la tarde su tía lo invitó a ver el mismo film. En esa segunda visión empezó a prestar atención a detalles que en la primera no había percibido. Ahí, según contaba, había nacido su mirada de crítico. Y también, quizá, despuntaba el cineasta consciente de sus procedimientos. Su pasión por el cine, por las películas y por las salas fue uno de los ejes de su propia filmografía. Su cine, su arte y sus planteos sobre el arte fueron inseparables de lo autobiográfico.

Antoine Doinel: –Una novela un poco autobiográfica pero una novela… con tres personajes hice uno…

Colette: –Me gusta lo que escribe pero creo que sólo será un verdadero novelista si construye una historia inventada, a partir de su imaginación.

Antoine: –Ya está, ya tengo el título, será una verdadera novela. Es la historia de un tipo que sale del baño y quiere telefonear, ve a un tipo que está hablando muy enojado…

Éste es un diálogo de El amor en fuga (1979), última película de la serie con Antoine Doinel, que había empezado con Los 400 golpes (1959) y fue continuada por Antoine y Colette (1962), Besos robados (1968) y Domicilio conyugal (1970). El rol lo interpretó siempre el extraordinario Jean-Pierre Léaud, actor que envejecía junto con el personaje mucho antes de que lo hiciera Richard Linklater en Boyhood (Léaud se hacía famoso como actor y su descubrimiento es otro hecho para agradecerle eternamente a Truffaut). Doinel, claro, fue el álter ego de Truffaut, o uno de sus álter egos. En Los 400 golpes, Antoine se escapaba de la escuela, iba al cine y junto a un amigo robaba una foto de Harriet Anderson en Un verano con Mónica de Ingmar Bergman. En algún momento, sus padres se cansaban de las mentiras, de las huidas del hogar y de algún pequeño hurto y el chico terminaba en un reformatorio, desde donde escapaba hasta llegar a concretar su sueño de ver el mar. El plano congelado de Antoine en el mar es uno de los planos fundamentales del cine de Truffaut, de la Nouvelle Vague y del cine a secas. Bazin había rescatado al propio Truffaut del reformatorio al que lo habían enviado sus padres luego de unos problemas con un cineclub que había fundado. Desde ese hecho crucial, Truffaut pasaría a vivir en, para y por el cine, ya que Bazin le encargaría la organización de funciones y luego pasaría a escribir en Cahiers du Cinéma y en otras revistas.

Regresemos al diálogo de El amor en fuga. Por supuesto, la "historia inventada" a la que se refería Antoine se revela, con el correr del relato, como la forma en la que él había conocido a Sabine (Dorothée). Truffaut, a través del personaje, planteaba su forma de entender el arte como inseparable de lo autobiográfico: no con la idea de rodar películas enteras sobre sucesos de su vida sino con la de mezclar diferentes hechos y partir de ellos, con la necesidad siempre presente de introducir pequeñas manías, anécdotas, ideas, la mayoría de las veces reformuladas, como afirmaba que hacía el propio Doinel-escritor. Y la red de elaboración autobiográfica puede hacerse mucho más compleja: una red de remisiones que se tiende entre la serie Doinel, El hombre que amaba a las mujeres, La noche americana, el escritor Henri-Pierre Róche, Jules y Jim y Las dos inglesas, entre otras.

Truffaut era mucho más que un cineasta autobiográfico, no sólo por sus películas menos autorreferenciales o sus adaptaciones de novelas negras o de Ray Bradbury. Incluso en sus películas más autobiográficas, jamás hizo un cine solipsista: como director, siempre puso por delante la idea de narración y la necesidad de seducir e involucrar al espectador emocionalmente. "Nunca filmo soldados, ni jinetes, ni deportistas, es decir, todo lo que no me gusta. Lo que queda es, entonces, muy limitado: films sobre mujeres, niños y hombres, que a veces son de carácter débil y, sin embargo, me interesan", afirmó. Y cuando filmó algún soldado lo mostró apenas como objeto de la obsesión y la pasión en La historia de Adela H., una película de amor fou como pocas otras.

El amor –puede decirse sin dudar demasiado– fue el tema que unificó el cine de Truffaut. Amor a los muertos incluido, como en la poco conocida y fundamental La habitación verde, protagonizada por él mismo, y que era otra manera de hablar del recuerdo, del poder del cine, de las imágenes. Con La noche americana, una declaración más directa acerca del cine, ganó el Oscar a la mejor película extranjera. Un reconocimiento de Hollywood, al igual que su participación como actor en Encuentros cercanos del tercer tipo de Steven Spielberg.

Así como Jean-Pierre Léaud fue mucho más que Antoine Doinel, Truffaut supo valerse de muchos otros actores y actrices: Gérard Depardieu, Fanny Ardant, Jean-Paul Belmondo, Jeanne Moreau, Jean-Louis Trintignant, Catherine Deneuve, entre otros. Y Doinel no fue el único niño por el que se interesó el director, porque la infancia fue uno de sus tiempos recurrentes (en eso también se conectaba con Spielberg), así lo demostró con las inolvidables La piel dura y El niño salvaje. Capítulo aparte merecerían sus relaciones con la literatura y con la música (su músico habitual, Georges Delerue, uno de los más grandes de la historia del cine, le dedicó un tema: "El vals de François T.").

El legado de Truffaut –que algunos rechazan en nombre de una extraña necesidad de elegir de forma excluyente entre él y Godard– es enorme. Y su ausencia como nuestro contemporáneo define –de forma negativa– al cine de hoy.

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