Eduardo D'Angelo: el hombre de las mil voces

Marcelo Stiletano
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20 de octubre de 2014  

Podía recorrer mil voces en pocos minutos. Su privilegiada garganta le permitía jugar con los famosos y convertirse en un instante en cualquiera de ellos. Con asombro, admiración y regocijo disfrutamos una y otra vez el festival de homenaje a los actores y a las películas clásicas que hacía con su más extraordinaria creación, el hombre del doblaje. Allí podía imitar a todos. Todo el espectáculo del mundo entraba en la voz de Eduardo D'Angelo, el magnífico humorista uruguayo que falleció anteayer en Montevideo, a los 75 años.

De toda esa inspirada y revolucionaria troupe de actores orientales llegados a Buenos Aires en la década del 60 para escribir páginas maravillosas en la historia del humor televisado, D'Angelo fue el más prolífico. Un verdadero hombre orquesta. Tenía una vis cómica natural, vocal y gestual, que se fue forjando desde la infancia, cuando ya era un niño prodigio. Dejaba a todos sin palabras cada vez que imitaba desde la radio a Luis Sandrini, el actor que más admiró y a quien tomó como modelo y referente de su futura carrera artística.

Pero a diferencia de su mentor, D'Angelo nunca quedó atrapado por la rigidez o el estereotipo. Era lo suficientemente versátil como para moverse en múltiples campos y dejar su huella en cada uno de ellos. Como actor, se manejaba a la perfección en la difícil y delgada cuerda que separaba a la improvisación del personaje rigurosamente trabajado y ensayado.

Había que verlo (si se podían resistir las carcajadas) a los gritos en un inglés inverosímil frente aun Ricardo Espalter que hacía lo mismo en ruso para tener una idea acabada de lo lejos que podía llegar con su talento humorístico.

Lo mismo ocurría con el hombre del doblaje (que llegó a tener ciclo propio en la TV argentina) y personajes maravillosos, como Murmullo (el candoroso ayudante de la farmacia manejada por Espalter), y aquel hombre que con sus ganas de hablar con Rosita siempre le arruinaba a Enrique Almada la llamada telefónica clave para concretar una operación.

Con sus compañeros originales de ruta llegó a la Argentina para hacer Telecataplum, y siempre estuvo presente en sus brillantes continuaciones: Jaujarana, Hupumorpo, Hiperhumor, Comicolor, en compañía de Espalter, Almada, Raimundo Soto y Andrés Redondo, todos ya fallecidos. Cuando esa etapa culminó, en compañía de uno de los sobrevivientes de esa gran troupe, Julio Frade, volvía de tanto en tanto para rendir tributo a sus viejos compañeros.

También pasó por el cine (Los irrompibles, Eterna sonrisa de New Jersey), produjo y dirigió varias obras de teatro, volvió a la radio (con Las mil voces de Eduardo D'Angelo, éxito en su país natal), escribió un par de libros y hasta condujo ciclos periodísticos, durante los cuales dibujaba ante las cámaras caricaturas de los televidentes que llamaban al programa. Su otro gran orgullo era el enorme archivo fílmico personal de cine clásico del que se nutría para lucir una y otra vez su talento con el doblaje de voces.

Su última aparición televisiva en la Argentina fue en 2005 en el casi olvidado El código Rodríguez, por Telefé. Allí, D'Angelo y otra compañera de Telecataplum (Henny Trayles) interpretaban a los padres de Miguel Ángel Rodríguez. Tenía el cabello blanco, pero conservaba allí toda la vitalidad gestual y vocal de quien nació para hacer reír. Lo hizo toda la vida y contagió desde la pantalla esa pequeña gran felicidad.

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