Fiesta de prólogos

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
"Museo de la Novela de la Eterna" es una suerte de talismán o mapa sin territorio. Es una divertidísima aventura del lenguaje
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31 de octubre de 2014  • 01:02

Elija palabras primordiales, afeite las procaces, peine las estiradas, un poco de polvo en las antiguas, depure los peros, quítele el pellejo a los nombres propios, un buen buche de sílabas y obtendrá refrescantes trocitos de significado, para convidar un Macedonio en velada de prólogos.

Es una tentación sonora y jugosa, la de asociar la prosa de Macedonio Fernández con la tan mentada macedonia de frutas. Más en calurosa primavera y sobre todo después de participar de un festín de prólogos en la presentación del libro de Liliana Heer, Macedonio. Para seguir aplaudiendo, editado por Paradiso, en el Museo del Libro y de la Lengua.

Se trata de una obra de teatro con personajes que son traslados –o traducciones- de personajes de Macedonio Fernández, que lo más campantes cruzan de la novela al teatro como si cambiaran de lugar de veraneo. Heer los recibe en su obra, en "un divagar tan eterno como lo que la palabra puede proporcionar", escribe Noé Jitrik. Así, el personaje Desandar avisa: "Los interrumpo con un paréntesis que abriré sin cerrar." Aspirante a Genio distingue: "Hay buen y mal modo de seguir adelante". Y la divina Layda se pregunta: "¿Qué hacer con una risa equivocada?".

Liliana Heer inventó un libro que lo evoca y ramifica

La obra de teatro escrita por Heer está precedida de 25 prólogos, todos de autores distintos, que ocupan más páginas que la propia obra, como los tantísimos prólogos que anteceden la genial novela de Macedonio Fernández, Museo de la Novela de la Eterna, publicada en la segunda mitad del siglo XX. Este libro es una suerte de talismán o mapa sin territorio. Es una divertidísima aventura del lenguaje, a la que se sumaron, Borges, en primer lugar, amigo y admirador de Macedonio, luego Ricardo Piglia, Germán García, Héctor Libertella, entre otros. Ahora es el turno de Liliana Heer. Ella inventó un libro que lo evoca y ramifica.

La presentación del libro fue otro invento escénico. Organizada en tres movimientos, como una pieza musical de la lengua, comenzó con un coro de prólogos, leídos por cinco escritores, críticos y artistas, en una suerte de decantación del misterio a través de las palabras de los otros. Luego María Pía López y Jorge Consiglio se refirieron al libro: "la retórica del zig-zag", "su locuacidad como acústica", "los instantes en los que se habita la eternidad" su efecto de "manifiesto y festejo", etc.

Se trata de una obra de teatro con personajes que son traslados –o traducciones- de personajes de Macedonio Fernández

Detrás de los expositores, en una pantalla suavizada por luces azuladas, se proyectaban los personajes de la obra, dibujos de Vanina Muraro que integran el libro; personajes trazados, según Consiglio, con "líneas como silbidos", dispuestos a quitarse la máscara o ingresar en el cambio, como las frases de Macedonio que se van haciendo y deshaciendo, porque todo está dicho y también a punto de serlo. En el último movimiento, la autora, Liliana Heer, junto a las rosas amarillas reflejadas en la cola del piano, entonó algunas frases risueñas y rebeldes, acompañada por los músicos Claudio Sánchez y Alfredo Slavetzky, verdaderos compaces macedonianos para terminar aplaudiendo.

Por último, lo primero: los prólogos originales (u originarios) del Museo de la Novela de la Eterna, de Macedonio Fernández, al menos algunos de sus títulos jocosos: "A los lectores que padecerían si ignorasen lo que la novela cuenta", "Al lector salteado", "Prólogo que se siente novela", "Prólogo del personaje prestado", "Prólogo de desesperanza de autor", "Prólogo que entre prólogos se empina para ver dónde, allá lejos, empieza la novela". Y si se estirará más, quizá llegara a ver dónde, aquí cerca, empieza la obra de teatro.

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