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Días y noches de odio y cocaína

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
El libro retrata los usos y costumbres de una clase social que había pasado inadvertida para la literatura argentina
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6 de noviembre de 2014  • 01:03

El odio, como corriente afectiva y como fuerza social, parece haber estado ahí desde siempre. Pero el hater (el odiador) es un destilado contemporáneo, una de las figuras que solo se comprenden en una época de incertidumbre y conectividad como la nuestra. Con el desarrollo de las tecnologías y las redes sociales, el hater obtuvo un estatuto, una plataforma y una autonomía. Para confirmarlo, no hace falta más que penetrar superficialmente en las redes, o echar un vistazo a los comentarios de un artículo cualquiera en Internet: por todos lados se ve gente que odia a otra gente, o gente que se define por la manera y la intensidad en que manifiesta, públicamente, su odio. El narrador y protagonista de Merca, la primera novela del escritor argentino conocido como Loyds (Buenos Aires, 1972), es un adicto a la cocaína cuyas energías se reparten de forma pareja entre unas pocas actividades: consumir, visitar los reductos más exclusivos de la noche porteña (bares, restaurantes, discotecas) y odiar. A diferencia de los haters, es cierto, no es violento ni necesita compartir su odio con los demás, pero lo hace de manera sistemática. Johnny, a quien sus padres mantienen a pesar de sus 31 años, odia a los nuevos ricos y a los pobres, pero también a los miembros de su propia clase: "El eterno problema de un ambiente de gente bien: todos se ríen de cualquier pelotudez y siguen hablando uno encima del otro, como si cada uno fuese lo más importante del universo".

El odio y la cocaína son el combustible que sostiene el ritmo de la voz narrativa de Johnny, una verborrea trepidante y paranoica

Johnny no soporta a su madre ni a su hermano, que son alcohólicos, ni a su hermana, su cuñado o sus sobrinos. Tampoco a su padre, que persigue una eterna juventud, ni a las mujeres a las que desea, o a las que intenta seducir. La lista es larga e incluye, como un aleph cargado de energía negativa, a un universo múltiple y heterogéneo: Johnny odia a los psicólogos, los médicos, los vegetarianos, los ecologistas, los latinos, los camareros colombianos, los españoles, los ingleses, los sommeliers, los gordos, los pobres, los trapitos, los limpiavidrios. Odia trabajar, el golf, el rock nacional, cumplir años, los casamientos, las llamadas no identificadas. Ni siquiera las redes sociales, esa otra adicción que lo mantiene en contacto con el mundo exterior, se salvan de su desprecio: "Facebook, la red social de la alegría impostada y la sobreexposición. Twitter, la de la muerte anunciada". Son pocas, entonces, las cosas que escapan a esta múltiple lista de aversiones: su asistente Robert, que lo abastece de la mejor cocaína que se consigue en Buenos Aires. Su auto, un BMW ("Escucho que Fabrizio se compró un Audi A algo, y no puedo creer que estoy un sábado a la noche entre estos dos nuevos ricos compartiendo las bondades y beneficios del auto más grasa que hay en plaza") que el padre le regaló para sus 30. Y, por supuesto, la propia cocaína.

¿Pero es Merca una novela sobre el odio (hipótesis interesante) o sobre la cocaína (bastante menos)? No: el odio y la cocaína son el combustible que sostiene el ritmo de la voz narrativa de Johnny, una verborrea trepidante y paranoica. Pero si el libro logra mantener el interés es porque retrata, desde adentro, los usos y costumbres de una clase social que había pasado mayormente inadvertida para la literatura argentina contemporánea. Si en Te quiero, la última novela de J.P. Zooey (otro autor argentino que utiliza pseudónimo) lo que se narra es la historia de amor entre dos hipsters en la Buenos Aires de hoy, en Merca lo que se despliega es el ethos de la joven oligarquía porteña. Hay, en las dos, una deliberada reconstrucción etnográfica y cartográfica de la ciudad: Te quiero transcurría entre Palermo y Almagro; Merca va consignando, a través de los ojos de su protagonista, los lugares donde se exhibe y se celebra hoy el éxito social: empresarios, políticos y modelos que comparten noches y tragos en Tequila o Isabel, que cenan en Tegui, que festejan sus casamientos en el palacio Sans Souci.

¿Latirá algo humano debajo de esa máscara de cinismo y desapego que recuerda por momentos al Patrick Bateman de American Psycho?

La novela de Loyds se sostiene, entonces, en los atributos de esa voz que todo lo ve, que todo lo disecciona, y que poco siente. Esa voz que es la de un personaje que corre detrás de una insatisfacción crónica ("como una sensación de que allá afuera siempre hay algo mejor que lo que uno tiene, una especie de fiesta que nos estamos perdiendo mientras pasan cosas que no tienen sentido"), otra suerte de epidemia epocal. Que no registra su propia biografía (Johnny solo advierte que es su cumpleaños cuando recibe las felicitaciones por Facebook) ni su deterioro físico (son los demás los que cada vez que lo ven insisten en que está demasiado flaco). Que ya no se muestra interesado ni siquiera en el sexo, sino en algo que él llama morbo, y que consiste en buscar fotos de mujeres embarazadas en Internet para excitarse. ¿Latirá algo humano debajo de esa máscara de cinismo y desapego que recuerda por momentos al Patrick Bateman de American Psycho? El lector no lo sabrá nunca, aunque pueda intuirlo fugazmente cuando Johnny se justifica a la salida del consultorio del psicólogo, al que va por obligación de su padre: "No sé por qué pero otra vez le estoy contando algo a Norberto. Quizás porque en el fondo tengo la esperanza de que alguien me escuche, o me ayude, en este sándwich de mierda que es la vida"

Hace poco se estrenó The Affair, una serie televisiva sin mucho interés de la que puede rescatarse al menos una muy buena frase. El suegro del protagonista, un autor de bestsellers, conversa con su yerno, al que nadie conoce, que intenta escribir su segunda novela. Recostado en un sillón, le suelta con suficiencia: "Cualquiera escribe un libro. Casi nadie publica dos". Merca es la primera novela de Loyds. Sería deseable que no fuera la única.

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