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Permiso para frenar: el foco en el proceso antes que en el resultado

Mercedes Korin
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15 de noviembre de 2014  

En el sistema en que vivimos, en general, sólo está permitido parar profesionalmente frente a la llegada de un hijo, una mudanza, una enfermedad, una muerte cercana. O sea, el permiso para frenar, salvo en las vacaciones, suele estar vinculado a momentos donde uno está muy tomado por alguna situación.

En el mundo laboral, mientras tenemos naturalizados ritmos enloquecedores y no saludables, se insiste cada vez más con la necesidad de lograr innovación. Ahora bien; si uno tiene la obligación de innovar durante ocho o diez horas diarias laborales: ¿cuán innovador puede ser? ¿Alcanza con poner una mesa de ping pong al lado de la sala de reuniones? ¿Alcanza con tener un día libre en el cumpleaños?

En el período sabático, el foco está puesto en el proceso más que en el resultado. Y eso, aunque suene paradójico, es lo que permite llegar a mejores metas: resultados que al final resultan cualitativamente diferentes, que tal vez uno ni siquiera se había planteado como objetivos. Eso sí que es lograr innovación.

En mi caso personal, las claves del éxito del año sabático tuvieron que ver con no programar de antemano y con tener disponibilidad para pasar tiempo con mi familia y amigos, pero también con gente diferente a la de mi entorno habitual. Además, pude concretar proyectos que me generaron satisfacciones distintas a las que imaginaba y otros que, en cambio, me permitieron descubrir que eran más interesantes en la fantasía que en la realidad.

Frenar para darse un tiempo no es paralizarse; al contrario: es darse espacio. Es cierto que usualmente hay que contar con posibilidades económicas para hacerlo (o trabajar en una organización que otorgue licencia con goce de sueldo para este tipo de períodos), pero no siempre que esas posibilidades existen o se pueden generar, las personas eligen poner el freno.

A veces parar tiene que ver con combinar valentía, humildad y confianza. Valentía para salir de la vida cotidiana conocida, para ser uno mismo el que decide sobre su vida y que no sea la vida la que decide sobre uno. Humildad para reconocer que no somos indispensables, que el espacio en que nos desempeñamos hasta ahora seguirá funcionando sin nuestra presencia. Y confianza en uno mismo para volver al ruedo, sea aquel ruedo del que uno se había salido (y aunque uno ya no sea el mismo) o sea uno completamente nuevo. Cuando uno se toma un sabático es parecido a lo que se puede hacer frente a un mazo de cartas: se puede barajar y dar de nuevo, cambiar las reglas del juego, cambiar de mazo, inventar un mazo propio o decidir que para el juego que uno quiere jugar no necesita cartas.

Consultora en sostenibilidad, fundadora de la Iniciativa Modo Delta

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