Nueva vida para El Molino

Martín Marcos
Martín Marcos PARA LA NACION
La decisión unánime del Congreso de expropiar el edificio y salvarlo de la destrucción debe ser bienvenida, pero el caso obliga a revisar la eficacia de las normas vigentes para preservar nuestro patrimonio
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20 de noviembre de 2014  

L a ex Confitería del Molino parece tener una nueva chance 17 años después de su cierre definitivo en 1997. Como un moderno Fénix intentará renacer de su propio deterioro. Por unanimidad de todos los bloques que componen la Cámara de Diputados de la Nación se aprobó una ley de expropiación que ya había obtenido media sanción del Senado. Un excepcional logro en un ámbito político que no se ha caracterizado últimamente por los consensos. Qué bueno que un edificio de cualidades arquitectónicas sobresalientes haya sido el motivo de semejante coincidencia. Qué pena que hayamos tardado 17 años en lograrlo...

El 23 de febrero de 1997 cerraba sus puertas uno de los espacios más significativos de la cultura urbana de Buenos Aires. La tumultuosa vida de la ciudad le pasa por delante sin ver, detrás de ese tapial de carteles publicitarios, al soberbio edificio ennegrecido que se alza al cielo pidiendo que alguien se apiade de él. Sólo los turistas, porque aún figura en las mejores guías del mundo, y algunos pocos y meticulosos flaneurs porteños extrañan su presencia.

El Molino acompañó desde 1917 la vida intelectual, política y social de nuestro país. Alfredo Palacios, Lisandro de la Torre, Leopoldo Lugones, Carlos Gardel, Oliverio Girondo, Roberto Arlt y las jóvenes Niní Marshall, Libertad Lamarque y Eva Perón discurrieron por sus elegantes mesas y disfrutaron de sus manjares. La leyenda dice que allí Libertad Lamarque y Eva Perón tuvieron aquel violento encontronazo que terminó en cachetazo y enemistad vitalicia.

El brillante proyecto del arquitecto italiano Francisco Gianotti, con su esbelta cúpula y aguja de 65 metros de altura, su espectacular marquesina metálica, sus refinados vitraux traídos desde Milán y su transgresor antiacademicismo art nouveau, lo transforman en una verdadera joya de la arquitectura mundial. El diseño de Gianotti, además de la confitería, incluyó la planta alta, con oficinas y viviendas para alquilar, propiedad del orgulloso repostero Cayetano Brenna.

Desde el año de su cierre, ha sido declarado monumento histórico nacional por ley del Congreso, área de protección histórica por el gobierno porteño, edificio catalogado con protección "estructural", etc, etc... Las especificaciones técnicas de preservación hacen que invertir en un edificio de estas características tenga costos superiores a los de un edificio convencional. Por lo tanto, conseguirle nuevos dueños suele ser complicado. Aún peor para este inmueble en el que se superponen competencias nacionales, municipales, quiebras, sucesiones y cuantiosas deudas con un fisco que no contempla este tipo de casos. Una verdadera telaraña que, en la jerga de nuestra burocracia, termina con un lacónico "no se puede..."

Si bien las protecciones han evitado la demolición o su desnaturalización, no lograron destrabar un conflicto que lleva años y que amenaza con tornarse abstracto ante su progresivo deterioro. ¿Cuántas cosas se han perdido en estos años? ¿Cuántas no podrán recuperarse jamás? Hoy este acuerdo parlamentario para expropiarlo vuelve a abrir una ventana de optimismo y debe ser bienvenido. Pero también este caso deberá hacernos reflexionar sobre lo poco eficientes que han resultado las normativas vigentes, tanto nacionales como de la ciudad, para preservar nuestro patrimonio de manera inteligente y sinérgica. Podríamos decir que "de tanto abrigo que le pusimos, casi terminamos ahogando al bebe". La rigidez maximalista de ciertas normas de preservación suele ser un obstáculo para encontrar inversores que reciclen y den nueva vida a estos magníficos edificios. El Molino es testimonio de ello. La expropiación por parte del Estado debería ser un último recurso para casos extraordinarios, y éste lo es. Pero si no adecuamos las herramientas existentes y/o diseñamos nuevos métodos e incentivos más eficientes y prácticos, poco será lo que podamos preservar por esa vía.

La ley prevé la expropiación del edificio completo (6300 m2 en planta baja, cinco pisos y dos subsuelos) para usos que deberá darle el Congreso de la Nación; pero especifica que la confitería funcionará en la planta baja y será concesionada con la marca El Molino, que también se expropia en este mismo acto. Esto es fundamental, pero no menor que los casi 4000 m2 del edificio de departamentos y oficinas (plantas segunda a quinta) sean destinados a usos eminentemente públicos; tal vez un Centro de Documentación e Investigación del Congreso (salas de lectura y gabinetes de investigación, etc.) o similar, y reservar un departamento en el 5° nivel para una ambientación histórica "Vida cotidiana en Buenos Aires 1917", y desde allí habilitar el acceso público al mirador, cúpula y terraza. Similar a lo que se ha hecho en la fabulosa Casa Milá, La Pedrera, de Antoni Gaudí en Barcelona.

Hace un año, junto con estudiantes y docentes de la cátedra de Introducción a la Arquitectura Contemporánea de la FADU UBA, de la que soy titular, hicimos una clase pública e "intervención situacionista" colgando tazas en la esquina de Rivadavia y Callao, como forma de poner en evidencia su grado de deterioro y olvido. Con una repercusión mediática masiva e inusitada, ese pequeño granito de arena tal vez haya servido para poner en la agenda pública su recuperación y puesta en valor. Mucha gente se acercó esa tarde, llenos de objetos y recuerdos de momentos imborrables vividos en ese lugar. Me emocionó una señora de casi 90 años que trajo su foto de casamiento enmarcada y, orgullosa, me dijo: "Yo me casé aquí en El Molino, y esta foto es en el primer piso, en el Salón Versalles, donde hicimos la fiesta. Por favor, ¡hagan algo!"

En función de estas evidencias hemos abierto una convocatoria pública desde el Museo de Arquitectura y Diseño de la Sociedad Central de Arquitectos (MARQ) para que quienes tengan fotos personales y/o objetos de la confitería, se contacten con nosotros vía mail (museo@socearq.org) y los presten para hacer una gran exposición e iniciar así formalmente los trabajos de recuperación. Deberán restaurarse los interiores y reponerse objetos y equipamientos -vajilla, impresos, mantelería, etc.- y por eso será fundamental contar con los originales.

Sabemos que el turismo elige Buenos Aires por su enorme vida cultural y por ser la entrada de un espectacular territorio nacional lleno de atractivos. André Malraux definió a esta ciudad como "la capital de un imperio que nunca existió". Por ello la recuperación de El Molino está íntimamente relacionada con nuestro trabajo y con nuestra capacidad de generar actividad económica genuina; pero también con la memoria, la cultura y el patrimonio de todos los argentinos. Que la Cámara de Diputados de la Nación haya votado y hecho ley su expropiación por unanimidad de todos los bloques es una noticia que, en medio de tantos desencuentros y angustias, habla bien de nosotros como país y comunidad.

El autor es arquitecto; profesor de la FADU-UBA y director del MARQ-SCA

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