La energía nos puede reinsertar en el mundo

Daniel Gustavo Montamat
Daniel Gustavo Montamat PARA LA NACION
A pesar de nuestro potencial energético, ni los acuerdos tipo Chevron ni la nueva ley de hidrocarburos allanan el camino para transformar esa riqueza natural en el pilar del desarrollo nacional
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24 de noviembre de 2014  

Pocos discuten que el futuro será de las naciones que alcancen mayor desarrollo social. Así fue en el pasado, como lo es en el presente. El desarrollo social depende de distintos factores: históricos, geográficos, culturales, políticos, económicos e institucionales. Un nuevo enfoque que hoy tiene amplia repercusión mundial destaca la captura y el dominio de la energía como factor sobresaliente de la evolución social. Por eso la seguridad energética y la seguridad alimentaria ocupan los primeros lugares en la agenda mundial. La Argentina, con sus socios regionales, todavía puede aprovechar la reinserción que ofrece el reacomodamiento del orden mundial. Varados en el presente, sin hoja de ruta, el cortoplacismo nos lleva a tomar decisiones contrarias a los intereses estratégicos futuros.

Las teorías de la evolución aplicadas a la sociedad, que florecieron a mediados del siglo XIX con Herbert Spencer, tuvieron un nuevo hito en el siglo XX cuando el antropólogo Leslie White difundió su famosa tesis: el nivel de captura energética en un determinado medio social constituye la fuerza determinante de la evolución social. Una cultura se desarrolla cuando aumenta la cantidad de energía consumida per cápita por año, o cuando aumenta la eficiencia tecnológica con que se utiliza esa cantidad de energía. Según su famosa ecuación, la historia puede ser sintetizada en esta fórmula: C= E x T (cultura= energía x tecnología). La tesis de White permitió simplificar los factores determinantes del proceso de evolución social en uno predominante, que a su vez permitía cuantificaciones comparativas.

La Argentina, con sus socios regionales, todavía puede aprovechar la reinserción que ofrece el reacomodamiento del orden mundial

En otra famosa investigación publicada en Scientific American, el geocientista Earl Cook proveyó estimaciones de la captura típica de energía por persona en las diferentes etapas de la evolución social, desde el cazador recolector hasta el hombre de la sociedad tecnológica. También categorizó el flujo de la captura energética humana en energía alimentaria (incluida la del consumo animal), energía para vivienda y comercio, energía para industria y agricultura, y energía para el transporte. De la sumatoria de la energía alimentaria y no alimentaria surge el consumo energético total per cápita. Las dietas alimentarias pueden variar entre 2000 y 4000 kilocalorías per cápita, y estas cotas son estables. Menos de 2000 kilocalorías en un período prolongado comprometen el proceso metabólico basal; más de 4000 condenan a la obesidad y a la muerte prematura. Las dietas ricas en carne insumen, sin embargo, unas 10.000 kilocalorías, porque al consumo humano hay que añadir el consumo alimentario animal para transformar la proteína vegetal (energía alimentaria barata) en proteína animal (relación de 10 a 1). La diferencia de captura energética en la evolución social viene dada, sobre todo, por el consumo no alimentario del ser humano, desde el consumo animal, pasando por las otras categorías, hasta el transporte. El hombre primitivo capturaba entre 4000 y 5000 kilocalorías por día, mientras un norteamericano del siglo XXI tiene una captura energética total de 230.000 kilocalorías diarias, y el promedio global ronda las 50.000 kilocalorías diarias.

Sobre el fundamento de la captura energética como factor clave de la evolución social, el historiador Ian Morris ha desarrollado un índice de medición de la evolución social en la historia humana relevando el nivel de organización de una sociedad, la tecnología de información disponible y la capacidad bélica (defensa y ataque) relativa. En su libro The Measure of Civilization, estas cuatro huellas se usan para estimar el auge y el ocaso de las civilizaciones en el proceso de evolución social. El auge occidental de las últimas dos centurias (donde la energía fósil permitió un crecimiento exponencial de captura energética por persona) empieza a eclipsarse en este siglo y, aunque el proceso de desarrollo no es determinista, los datos relevados indican que el orden mundial está cambiando y que los países asiáticos pueden consolidar su dominio relativo si el desarrollo social que experimentan hoy mantiene su ritmo. Como la agenda de ese desarrollo social está presidida por la evolución del índice de captura energética, el futuro de las relaciones internacionales en un orden mundial que se reacomoda va a privilegiar dos temas de importancia excluyente: la seguridad alimentaria y la seguridad energética. De ambas depende el aumento sostenido de la captura energética total per cápita.

Este reacomodamiento del orden global ofrece a la Argentina una nueva oportunidad de reinserción estratégica en las relaciones internacionales. La onda larga que favorece los precios de los alimentos y la revolución energética generada por la explotación de los recursos fósiles no convencionales nos habilitan en conjunto con nuestros socios de la región a ofrecer a otras regiones del mundo la satisfacción de dos demandas prioritarias: energía alimentaria y energía no alimentaria.

Estados Unidos busca en la región el reaseguro de su independencia energética. La revolución del shale le asegura autoabastecimiento de gas, pero tendrá que seguir importando petróleo y lo quiere conseguir en las Américas (Canadá y América latina). A su vez, la región necesita capitales y tecnología para desarrollar su potencial de hidrocarburos (aguas profundas, crudos pesados, no convencional) y los norteamericanos pueden proveerlos. Es una negociación de largo alcance y mutuo beneficio que hay que realizar desde la fortaleza y en conjunto, y no desde la debilidad y la autarquía en que se encuentra ahora el país.

Ni los acuerdos tipo Chevron ni la nueva ley de hidrocarburos de reciente sanción allanan el camino a una negociación que nos permita transformar la energía en un eje estratégico de nuestra reinserción en la región y en el mundo. En la ley se ceden derechos por tiempo ilimitado a mínimo costo, sin convocatorias amplias y transparentes que permitan el ingreso de nuevos jugadores. Se menoscaba la capacidad estratégica de negociación a cambio de inversiones oportunistas relacionadas con la urgencia cambiaria. Como la ley no expresa amplios consensos y atiende intereses coyunturales, queda expuesta a los vaivenes de las mayorías circunstanciales y no es un instrumento idóneo para articular políticas de largo plazo. La Argentina podrá ofrecer seguridad energética a partir de sus recursos potenciales (convencionales, no convencionales, y nuevos a explorar y descubrir) cuando una nueva política reconcilie petróleo y desarrollo, revalorice la integración regional y transforme la energía en un eje estratégico de su agenda de relaciones internacionales.

Ni los acuerdos tipo Chevron ni la nueva ley de hidrocarburos de reciente sanción allanan el camino a una negociación que nos permita transformar la energía en un eje estratégico de nuestra reinserción en la región y en el mundo

Hoy, varios países de la región venden a China y a otros países emergentes soja, aceites y otros granos. Mientras nuevas poblaciones accedan a niveles de consumo de clase media, la demanda de materias primas y alimentos se mantendrá firme. La región en conjunto puede ofrecer seguridad alimentaria a esos mercados negociando acuerdos de largo plazo que le permitan transformar la proteína vegetal en proteína animal y biocombustibles (agrega entre 5 y 10 veces más valor). El objetivo, en una segunda etapa, es alcanzar con productos alimentarios regionales y diferenciados las góndolas de los nuevos destinos comerciales. También aquí la urgencia y la asimetría nos debilitan. Estamos negociando financiamiento con China condicionado a la compra de manufactura y tecnología mientras seguimos vendiendo proteína vegetal sin transformación. Profundizamos la huella de la primarización de las exportaciones. Con otra política, la cadena agroindustrial puede dar un nuevo salto cuantitativo (de 100 millones a 160 millones de toneladas de granos). Pero esa política también debe estar imbricada al objetivo de reinserción estratégica para ofrecer seguridad alimentaria sobre la base de una plataforma regional.

El orden mundial nos enfrenta a un nuevo dilema: o aprovechamos la oportunidad de desarrollo social con una nueva reinserción estratégica o nos transformamos en las repúblicas petrosojeras del siglo XXI profundizando nuestra declinación relativa en el concierto de las naciones.

El autor es doctor en economía y en derecho

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