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Protejamos a las madres vulnerables

Paola Delbosco
Paola Delbosco PARA LA NACION
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26 de noviembre de 2014  

En los proyectos de ley que buscan despenalizar el aborto, y que se han vuelto a agitar recientemente, se expresa que el aborto es una solución para un problema social como el embarazo inesperado, que puede llevar al aborto clandestino y, en consecuencia, a la muerte de la mujer por las condiciones precarias de realización. A la vez, se argumenta que nadie quiere el aborto, pero hay casos en los que no se puede evitar y hay situaciones en las que se presenta como la única salida posible. Tal la línea de argumentación de los que defienden estos proyectos.

Ante este esquema de pensamiento, que constituye desde su propio punto de vista el reconocimiento de un fracaso social, conviene preguntarse si realmente las cosas son como se presentan y si el Estado -y nosotros como sociedad- debe conformarse con este supuesto mal menor inevitable.

En primer lugar, cabe discutir si verdaderamente es inevitable. ¿Es realmente el aborto la única opción? La respuesta es no. La prueba es que nuestras vecinos de Chile, con una de las legislaciones más pro vida del mundo, pueden llegar a una mortalidad materna nula porque invirtieron sus recursos en la atención de las madres vulnerables y en los planes de asistencia para ayudar social, psicológica, médica y económicamente a las mujeres embarazadas en riesgo.

Muchas veces, ante un embarazo inesperado que viene acompañado de dificultades, la sociedad mira para otro lado y condena a una mujer vulnerable con la más fría indiferencia. A quien tiende la mano pidiendo ayuda se le devuelve la cruel condena a un aborto. Se le miente en la cara diciendo que no pasa nada, que se trata de un mero trámite. Pero además se esconden las posibles secuelas del síndrome posaborto, con sus trastornos en la alimentación, la sexualidad y el sueño, la depresión clínica o subclínica, los comportamientos autoagresivos (alcohol, drogas, promiscuidad, nuevos abortos) y la mayor incidencia de abuso/maltrato infantil hacia otros hijos/as.

El momento de legislar lleva siempre implícita una reflexión sobre qué sociedad queremos ser, hacia dónde vamos. En el debate del aborto, surge la pregunta: ¿queremos ser una sociedad del descarte, de la indiferencia, de la frialdad? O, por el contrario, ¿queremos ser una sociedad inclusiva, solidaria, cercana, responsable?

El peso de un aborto se lleva toda la vida. A veces esta decisión es fruto de la ideología y a veces se sobrevive encerrada en una cáscara, pero cuando se carga con la presión de unas circunstancias de desamparo, siempre hiere el corazón de una madre que no puede olvidar a su bebe.

La Argentina es un país abierto. Luchemos por conservar esa magnanimidad que supo abrir los brazos para gentes de todo el mundo y protejamos a nuestras madres vulnerables invirtiendo los recursos del Estado en ayudarlas.

En un mundo de violencia podemos contribuir a la paz, porque, como dice el Talmud, el que salva una vida salva al mundo entero. Y, en este caso, salvamos dos: la del bebe y la de la mamá.

La autora es profesora de Ética y Filosofía de la Universidad Austral

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