Sin colinas, pero con muchas mariposas

Pablo Kohan
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27 de noviembre de 2014  

Madama butterfly / Autor: Giacomo Puccini / Intérpretes: Liana Aleksanyan (Cio Cio San), James valenti (Pinkerton), Igor Golovatenko (Sharpless), Guadalupe Barrientos (Suzuki) y elenco / Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón / Régie: Hugo de Ana / Dirección: Ira Levin. Función del Gran Abono. Teatro Colón. Nuestra opinión: buena.

Por su temática, por los recursos musicales puestos en juego y por los planteos estrictamente vocales que la protagonista de la obra tiene que llevar adelante, Madama Butterfly es una ópera compleja. O, más bien, única. Aun dentro de un reduccionismo más que riesgoso, podríamos afirmar que heroínas operísticas tan disímiles como Rosina, Violetta, Isolda, Aida, Tosca o Electra, entre muchísimas más, tienen, vocalmente hablando, un perfil claramente definido. Pero esta Cio Cio San, que es, literalmente, vendida a un marino estadounidense para una noche de disfrute, no es estrictamente dramática, ni lírica ni, mucho menos, una soprano heroica. Pero a lo largo de su descomunal y extensísima tarea sobre el escenario, tiene que afrontar pasajes en los cuales debe ser densamente dramática, algo volátil, poéticamente lírica y hasta trágicamente heroica. Por eso, a diferencia de esos roles antes mencionados, en la creación de este personaje hay nombres históricos, tal vez legendarios, que supieron construir, cada una a su manera, los diferentes rasgos psicológicos y las conductas de esta pertinaz adolescente japonesa que requieren, obligadamente, múltiples y muy variadas capacidades de vocales. Lamentablemente, no fue el caso de Liana Aleksanyan, una joven cantante armenia llegada para reemplazar a la originalmente anunciada y mucho más experimentada Patricia Racette.

Para elaborar la singularidad de Cio Cio San y sus más que extrañas e incomprensibles determinaciones, que involucran, desde su más irreprochable enamoramiento, renegar de su propia cultura y religión y la adopción sin censuras de las de su ocasional amante, Puccini acude, en una proporción inusual, a infinitos cantos casi parlados en el registro grave. En ese espacio, Aleksanyan sólo pudo exhibir un canto bordeando lo inaudible y, por lo tanto, carente de necesarias variantes expresivas. Cuando debió ascender hacia los agudos denotó mucha más personalidad, aun con el abuso de un vibrato y una enjundia un tanto exagerados. En la célebre aria del segundo acto, "Un bel di vedremo", en la que coexisten en maravillosa armonía los parlados y el canto expansivo, no se alcanzó, por ende, la más acabada realización.

Ante las carencias de la gran protagonista, las muy interesantes ideas y planteos escénicos de Hugo de Ana asumen, en sentido contrario, una mayor trascendencia. En vano se tratará de encontrar algo parecido a las ideas tradicionales de la célebre casita de Madama Butterfly, un verdadero ícono escénico de la historia de la ópera. En esta puesta, no hay colina, no hay camino, no hay árboles y apenas algunos arbustos y algunas piedras preceden a tres grandes cubos, el central de mayor dimensión, que sólo presentan su armazón, sin paredes. Como una especie de minimalismo estructural, sobre el escenario no hay ninguna línea curva y el equilibrio llega con un excelso y omnipresente fondo marítimo. Con profusión de movimientos escénicos muy bien diseñados, con proyecciones de buena calidad y con marcaciones actorales precisas, teatralmente, esta Madama Butterfly ofrece coherencia. Con todo, pueden ser materia de discusión la abundancia de algunas mariposas y flores virtuales un tanto pueriles, los movimientos de silentes personajes vestidos de ninjas, la profusión de elementos cotidianos y poco atractivos que denotan la animadversión de Pinkerton por lo japonés o la devoción tajante de Cio Cio San por lo estadounidense y un suicidio que nada tiene que ver con la ritualidad japonesa.

El tenor estadounidense James Valenti, con una voz tan sólida como atractiva, construyó un Pinkerton siempre detestable que, en esta ocasión, hasta pelotea al beisbol con un marinero. Los mismos elogios, en cuanto a los atributos vocales, se le deben dispensar a Igor Golovatenko, el cónsul Sharpless. Correcta y precisa se escuchó a la Estable, dirigida por Ira Levin, lo mismo que el Coro Estable. Y, por último, todos las alabanzas para Guadalupe Barrientos que plasmó una Suzuki conmovedora. Su voz oscura o brillante, tenue o maciza y su canto intenso y envolvente fueron, aún dentro de lo escaso y hasta secundario de su participación, el punto musical más alto de esta extraña, renovada y visualmente bella Madama Butterfly.

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