El río como escenario de gestas olvidadas

Moira Soto
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8 de diciembre de 2014  

CROL

Dirección y dramaturgia: Verónica Schneck. Intérpretes: Andrés Fayó, Iván Tkachuk, Lautaro Pane, Gonzalo Pastrana, Verónica Schneck. Iluminación: Santiago Dinelli. Asesoría en vestuario: Gabriela Fernández. Colaboración artística: Juan Parodi. Dirección musical: Gonzalo Gamallo. Sala: El Estepario, Medrano 484. Funciones: lunes, a las 21. Duración: 60 minutos.

Nuestra opinión: Muy buena

Sobre un viejo locker hay una pecera con agua de la que emergen, a la pálida luz de los focos, la cabeza cubierta con un gorro y el brazo de una mujer que se adivina en traje de baño; ella -lo saben ya los espectadores- está nadando en el río, al borde de sus fuerzas. Hacia la derecha del escenario, una ventanita abierta a la calle deja ver la rama de un árbol. No hace falta nada más para completar una de las imágenes más bellas y sugerentes que brinda Crol, rara avis en la cartelera porteña: una obra sobre históricas criaturas humanas acuáticas -o, al menos, anfibias- que prefiere anunciarse como "pequeño homenaje a nadadores pioneros".

Es decir, una suerte de reparación, entre el lirismo y un humor sutil, dedicada a aquellos audaces que escucharon el llamado del agua en el siglo pasado y se lanzaron a surcar ríos uniendo puntos lejanos, manteniéndose a nado día y noche, movidos por una pasión cercana a lo religioso. Porque a Teresa Plant, Pedro Candioti y Lilian Harrison -rememorados tan afectuosamente por Crol- no los impulsaban intereses pecuniarios ni tampoco los amilanaban los peligros del río, la soledad del nadador de fondo, la oscuridad nocturna o las tormentas inesperadas.

A Verónica Schneck, creadora de este espectáculo de rasgos inéditos tanto por su temática como por el tratamiento escénico, estos nadadores heroicos y -en cierta forma- marginales dentro de ese deporte le fueron llegando naturalmente a través del agua. De su amor por el agua, elemento que fue su refugio lúdico de niña, en situación de exilio. Su idea de hacer una obra referida a este líquido vital pasó por diversas etapas (incluyendo una prueba con poemas de Alfonsina Storni en una bañera) que convergieron -viento en popa- no sólo en esta representación de narrativa nada convencional, sino también en un documental cinematográfico de igual título, actualmente en posproducción, que además de rendir tributo a nadadores del pasado suma nuevos testimonios.

La búsqueda de Schneck pasó por la historia del nado, por los detalles de la personalidad y las proezas de Plant, Candioti y Harrison. Asimismo, por trabajar una estructura que apela al recital y al recitado, a imágenes como la mencionada al comienzo, de gran poder evocativo, a intertextos literarios (Carlos María Domínguez y su precioso cuento "La confesión de Johnny", sobre la presunta visita a Rosario del mítico intérprete del Tarzán hollywoodense; poemas de Héctor Viel Temperley), a canciones que realimentan el crescendo emocional del relato, introduciendo ritmos locales del folklore, la milonga. En el momento apropiado, se escucha desde un aparato con casetera la voz de Teresa Plant en la actualidad, de 82 años, refiriendo su llegada, a los 19, desde Santa Fe a la costa de Coronda, donde nadie la esperaba porque se había desatado una tormenta que la había demorado muchas horas, y ya la daban por muerta...

A la significativa participación de Juan Parodi en el arte y a la contribución enriquecedora de integrantes de la singular banda La Joven Guarrior, que, junto al actor y músico Gonzalo Pastrana, tocan instrumentos, cantan e interpretan entrañables viñetas, hay que sumar la maestría de Gonzalo Gamallo en la dirección musical y en la escritura de las letras de los temas. En etéreo y atemporal traje largo con pinceladas en distintas gamas de verde, Verónica Schneck, en todos sus roles, cumple con creces su meta de reivindicar a la Sirena Corondina, a la Reina del Plata, al Tiburón del Quillá. Y no deja de cantar y contar con proyección de diapositivas una sucinta historia del nado en la Antigüedad, de hacer un encendido recordatorio de la brazada del crol que con suma destreza practicaban los tehuelches, los onas, los yamanas.

Por: Moira Soto

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