"El teatro entró por una fisura, una herida"

Dejó su imprenta familiar para sumergirse en el mundo actoral: tiene su propia compañía de teatro y triunfa como el popular Donofrio de Guapas
Franco Spinetta
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14 de diciembre de 2014  

Fuente: LA NACION - Crédito: Facundo Basavilbaso

Diez años atrás, Alberto Ajaka era otra persona. Llevaba con ímpetu la comandancia de su empresa familiar –una imprenta de packaging en Lomas del Mirador– y tenía, dice, "la vida resuelta". No había, en la apariencia, razones para imaginarse lo que sucedería luego: una completa transformación que lo convertiría en una figura ponderada en el mundo del arte actoral. Diez años después de que pisara por primera vez un escenario para actuar, Ajaka es Donofrio para el gran público: el hombre-sindicalista de una empresa aeronáutica que en la telenovela Guapas (El Trece) intenta seducir, a fuerza de gestos honestos y viriles, a la sofisticada hija-del-dueño Mey García del Río (Carla Peterson).

Ajaka conquistó la pantalla de manera espontánea, sin un dedicado marketing detrás ni apoyo de las redes sociales. No tiene Twitter y su fan page de Facebook no se actualiza desde noviembre de 2012. Se enteró de la existencia de miles de fans porque sus amigos le comentaron que allí, en el mundo cibernético, Donofrio era furor. "De momento, no me voy a abrir un Twitter. Tampoco es que tengo una bandera contra eso: no tengo tiempo ni energía. Tengo muchas cosas en la mente: ensayos, investigación, notas, cocinar, cuidar a mis hijos o comer un asado con un amigo... Estoy en esa. En algún momento, quizá me llame la atención", asegura.

Alberto era un pibe de barrio criado en Ramos Mejía, fanático y empedernido jugador de básquet, habitué del club Vélez Sarsfield e hincha de Independiente. Al terminar la secundaria en el Colegio Padre Elizalde probó –sin éxito– estudiar algunas cosas (filosofía, diseño, ciencias económicas), mientras la imprenta familiar comenzaba a absorberlo: "Cuando empecé a trabajar me apropié mucho del lugar. Era muy chico y tenía muchas responsabilidades. Si bien mi labor era más administrativa y comercial, hacía de todo, como en cualquier empresa chica. También enganché una etapa de mucha expansión de la empresa y eso me absorbía. Y me gustaba", recuerda.

¿Extrañás la imprenta?

No. Lo agoté. Durante muchos años hice convivir a la empresa con la actuación. Fue agotador. Llegué a un punto límite: no pude ir más a la imprenta. No me daba ni el cuerpo ni la cabeza. Había una cosa (la actuación) que se imponía sobre la otra (la empresa), que a su vez se resistía a ceder: era lo que había construido con mis propias manos, junto a mi familia.

Jura que no hubo ningún episodio previo en su vida que insinuara que era un actor en potencia. Durante su adolescencia se había convertido, cuenta, en una especie de bufón: "Siempre fui un poco el orador líder, una cosa medio protagónica. Pero tampoco era algo muy destacado". No iba al teatro, aunque sí al cine y era "un poco lector, un poco melómano". Y asegura que "subestimaba el mundo del arte, en particular el teatro".

De repente, Ajaka deja de lado la espontaneidad barrial y aplaca su efusividad; se pone enigmático cuando habla de sus comienzos en la actuación. Tenía 28 años cuando fue por primera vez a una clase de teatro con Augusto Fernández. Luego, en el Sportivo Teatral, con Ricardo Bartís. Desde ese momento hasta que dejó de trabajar en la imprenta pasaron 10 años. "Fue una información que llegó y entró por una fisura, una herida... No fue una semilla que se plantó, no estaba bailando por un sueño, sino más bien rengueando por una herida", explica. El teatro se convirtió en una especie de terapia: "Vino a explicar algo de mi estancia en el mundo, de mi ser, de mi personalidad, de lo que hago y de lo que soy. Y también vino a joderme la vida", agrega Ajaka, que está casado, tiene dos hijos y, a pesar de ser un hombre muy ocupado (y preocupado), asegura que se encarga todos los días de la cocina.

La primera obra en la actuó, Michigan, él se encargó de producirla, dirigirla y actuar. Hizo hasta las luces y la escenografía. Después de eso fue todo vértigo. Alternó obras dirigidas por Bartís (De mal en peor) con una adaptación de Otelo de Shakespeare escrita por él. En 2008 abrió su propio espacio de investigación teatral en Villa Crespo, La Escalada, en donde constituyó el Colectivo Escalada, un grupo de teatro de 15 artistas dirigidos por él. En 2009 protagonizó Ala de criados, de Mauricio Kartún, y se le abrió una puerta al reconocimiento de sus pares. Fue nominado como mejor actor en los premios Trinidad Guevara, ACE y Teatro del Mundo. No duda en nombrar como un "mojón importante" el protagónico en Macbeth, en el Teatro San Martín, bajo la dirección de Javier Daulte.

¿Cuál es tu relación con la TV?

Hace cuatro años tuve una participación en la tele, en Contra la cuerdas, con Rodrigo de la Serna. Me habían visto actuando en Ala de criados y me llamaron para hacer un personaje. Fueron cuatro meses. Nunca había pisado un estudio de televisión. Miento: había ido a ver a Piluso y Coquito cuando tenía 6 años (risas). Luego tuve una participación en El puntero, después en Lobo.

¿Y cómo te llevás con Donofrio?

Toda vez que tengo un espacio, me siento bárbaro. Algunos papeles, por ahí más cortos, los he padecido un poco más. Hay algo de lo repentino de la tele que me divierte, que la paso bien. No tengo ningún prejuicio.

¿Cómo te pegó la popularidad de la tele?

Es loco. La televisión se te mete en tu casa, mientras preparamos la comida. Acompaña el devenir de las personas. Nadie se lo toma muy en serio. La gente disfruta de esto. ¿La popularidad? No es un tema para mí.

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