Entrevista íntima al cardenal Jorge Mejía, meses antes de morir

El cardenal Jorge Mejía solía estudiar y escribir en un silencio monástico
El cardenal Jorge Mejía solía estudiar y escribir en un silencio monástico Crédito: Francisco Sforza/ El Observador Romano
El sacerdote fue nombrado archivero de los Archivos Secretos del Vaticano y bibliotecario de la Biblioteca Vaticana de la Iglesia; sus anécdotas con Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco; falleció el 9 pasado
Virginia Mejía
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24 de diciembre de 2014  • 14:16

Un libro de fotografías del pintor Vecellio Tiziano, otro con imágenes de esculturas de Miguel Ángel, las Obras Completas de Shakespeare que conserva desde los 15, Memoires d Outretombe de Chateaubriand, Las confesiones de San Agustín que lo inspiraron para escribir su autobiografía, Dichtung und Warheit de Johann Wolfgang Goethe y la Apología Pro Vita Sua de Newman son algunos de los títulos que amontonan sobre el escritorio provenzal del cardenal junto a versiones escritas a mano de su testamento y varias cartas enviadas a su amigo, el papa Francisco . En su silla de ruedas, vestido con una elegante camisa de hilo gris con alzacuellos y un pantalón de frisa negro planchado a la perfección, Mejía toma un Codex Vaticanus del siglo IV que le regalaron cuando era bibliotecario del Vaticano. Está inmerso en su mundo, dedicado a la lectura de este texto en griego antiguo que tomó de alguna de las bibliotecas desplegadas a lo largo de pasillos, dormitorios, estudios y hasta la propia cocina de su casa.

Había entrado a San Calixto con las llaves que él mismo me entregó durante mi estadía en Roma. El objetivo era evitar sonido del timbre: si no está rodeado de médicos, Mejía estudia y escribe en un silencio monástico sólo alterado por las risas de los romanos del bar de abajo del edificio, que lleva el mismo nombre que el palacio y la plaza que lo circunda, Calisto, en honor a Calixto I (155 - 222), el papa griego que nació esclavo.

Antes de subir al tercer piso un enorme cartel rojo alerta que estamos en un lugar que es propiedad extraterritorial de la Santa Sede, parte del Patrimonio Mundial de la Humanidad. El palacio, de época del Renacimiento está estratégicamente ubicado: a pocas cuadras del Vaticano bordeando el Tíber y en uno de los barrios más alegres de Roma, el Trastevere. Desde épocas de Pío XII en San Calixto viven y tienen oficinas algunos cardenales, obispos y monjas de todas partes del mundo; ahí tienen desde un cajero automático propio hasta una estación de servicio privada en el estacionamiento del palacio.

Pacto la entrevista para el 29 de julio a las 18.30 con quien es su secretario desde hace 16 años, el padre argentino Luis Alberto Duacastella, encargado de cuidar la salud de Mejía y de filtrar innumerables visitas y llamados provenientes de amigos, curas, políticos, funcionarios y familiares interesados en conversar con él de temas tan diversos como la ópera o los nuevos rumbos que está tomando la Iglesia con la llegada de Francisco. "Il vescovo", como lo llaman desde hace medio siglo los romanos, ya descansó en su habitación después del almuerzo, leyó íntegro el Osservatore Romano recostado en su cama y ahora se dedica de lleno al estudio del Codex en su escritorio hasta que, de pronto, alza la vista y me invita a charlar con él.

El cardenal, estudiando el Códex B
El cardenal, estudiando el Códex B Crédito: Francisco Sforza/ El Observador Romano

- Lo observaba leyendo el Codex B y quisiera saber que libros le llamaban más la atención cuando estuvo a cargo de la Biblioteca y del Archivo Secreto del Vaticano...

-La Biblioteca Vaticana tiene unos 75.000 manuscritos, desde el siglo III hasta el momento en el que se deja de escribir a mano. Manuscritos impresos hay más de un millón y medio. Pero a mí me interesaban particularmente los que son famosas obras de arte. Podía hojearlos cuando quería y eso era un gran privilegio.

Me fascinaba La Biblia de Federico Montefeltro. Este señor, que en realidad era un condotiero que iba a luchar a donde mejor le pagaran, también tenía una gran preocupación cultural (se ríe). Su palacio es una maravilla y su biblioteca llegó al Vaticano con una Biblia copiada a mano del siglo XV que incluye miniatura de Sandro Botticelli. ¡Tener a mano ese libro era una maravilla! Puedo citar también El Manual de Caza de Federico II Barbarroja que está estupendamente ilustrado. Pero además están los incunables, las primeras ediciones de la imprenta hasta el 1500. La Biblioteca Vaticana tiene la mayor colección de incunables del mundo, son unos 9000. Algunas de esas reproducciones siguen en mi poder.

También me interesaba descubrir documentos de historia argentina como las cartas manuscritas del General Julio A. Roca

El Archivo, en cambio, tiene los documentos oficiales que salen o entran a la Santa Sede. Incluso las Cartas de Amor de Ana Bolena y Enrique VIII, escritas en francés. El después la decapitó pero las cartas eran muy tiernas (se ríe). También me interesaba descubrir documentos de historia argentina como las cartas manuscritas del General Julio A. Roca.

-Usted era entonces la persona que Juan Pablo II eligió para custodiar de los documentos de la historia...

- Yo tenía experiencia en manuscritos y libros raros y además era su persona de confianza hasta el punto que él mismo me mandó a llamar para que lo acompañe los últimos minutos en su lecho de muerte.

- ¿Cuál era su tarea como archivista del Archivo Secreto del Vaticano y bibliotecario de la Biblioteca del Vaticano?

- Son dos cargos distintos ejercidos por la misma persona. Así lo resolvió Benito V en su momento. En cuanto a los Archivos ya estaba todo clasificado pero también se descubren manuscritos no clasificados y se investiga. Hay especialistas que lo hacen que se llaman los escritores, en latín "scriptorum". Yo seguía de cerca todo este trabajo.

Por otro lado, como bibliotecario dirigía la enorme operación de la Biblioteca, tenía a cargo 125 personas, la mayoría laicos a los cuales yo ayudaba con sus problemas personales y familiares.

En segundo lugar daba las orientaciones generales y tenía una idea de cómo eso podía ser aprovechado por la gente de ese nivel de estudios.

Además se hicieron varias exposiciones en mi mandato para conocer el material de la Biblioteca. Expusimos la Biblia de Gutenberg, el primer libro impreso en 1450 en Nuremberg. Hay 60 ejemplares en el mundo, nosotros tenemos dos, uno en pergamino y otro en papel. Una empresa japonesa propuso digitalizar uno de nuestros ejemplares y la gente podía ver en una pantalla la Biblia pasando con el dedo las hojas digitales. Me alegro de haber contribuido a eso.

- Trasunta tanta pasión por los libros que supongo la misma habrá nacido con sus lecturas de cuando era chico...

- Tengo acá las obras completas de William Shakespeare en inglés que tienen todavía la fecha de cuando me las compré, 7 de enero de 1938. De esa misma época conservo las obras completas de John Milton y Childe Harold de Lord Byron. También las Historias extraordinarias de Allan Poe. Yo leía muchísimo. Los chicos que estaban en el colegio conmigo decían que yo, en vez de saber de memoria los nombres de los jugadores de fútbol, sabía los nombres de todos los papas. Tampoco me interesaba el rugby a pesar de que venía de una familia sanisidrense.

Juan Pablo II me mandó a llamar para que lo acompañe los últimos minutos en su lecho de muerte

-Para Borges es más difícil ser buen lector que buen escritor.

- Seguramente. Pero además mucho de esto se lo debo a Miss Katie, una de nuestras institutrices, una irlandesa profundamente cristiana. Con ella aprendimos a leer en inglés y a rezar el Our Father durante los veraneos en el campo de Quequén. No hace mucho tiempo atrás recorrí con Luis todos los cementerios de Irlanda hasta dar con su tumba para rendirle un homenaje póstumo rezando esa oración. En francés empecé a leer por mi madre que viajaba mucho a París y por otra de las institutrices, una francesa.

Me gustaría saber más sobre lo que ya se. Uno nunca sabe lo suficiente y siempre hay lagunas... Por eso yo estos últimos años, ahora que tengo más tiempo, decidí empezar a profundizar el griego que es una lengua que abarca muchos siglos

El padre Luis interrumpe la conversación. Entra con un platito con dos pastillas y un vaso de agua. Mejía mira la hora en uno de los dos los relojes que tiene en su huesuda muñeca en la que luce un Rolex de oro antiguo con letras romanas y un Casio de gastada correa de cuero negra. La función del Casio es controlar la hora del viejo Rolex que le regaló su amigo el periodista desaparecido, Rafael Perrota, explica. A pesar de que no funciona bien, desde 1945 el cardenal no se lo saca y todavía es un misterio que es lo que hace mover las agujas de la máquina. Mejía toma la medicación y mira fijo dispuesto a seguir hasta el final con la entrevista.

El cardenal acompañó a Juan Pablo II en su lecho de muerte
El cardenal acompañó a Juan Pablo II en su lecho de muerte Crédito: Francisco Sforza/ El Observador Romano

-Vayamos a sus inicios como sacerdote y cómo llega un cura argentino siendo tan joven a Roma...

-Acabé mis estudios en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Después, a los 22 años, fui a la parroquia Santa Rosa de Lima. El padre de esa Iglesia, Hugo Miguel de Achával, un jesuita, me dijo: "hay que ir a estudiar a Roma". Yo estaba encantado con la idea pero necesitaba el permiso del Arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires y medios económicos para hacerlo. El cardenal al final me autorizó a viajar, aunque no estaba muy convencido. En septiembre de 1945, la guerra acababa de concluir. En Argentina no se sabía bien lo que pasaba en Europa. Roma estaba empezando a restaurarse pero yo me fui igual. Mis padres me dieron un poco de plata y me regalaron el pasaje. Asombrosamente, en aquel entonces el peso valía mucho, uno cambiaba un peso argentino igual que uno cambiaba un franco suizo. Entonces yo, ordenado sacerdote pero sin ningún título, fui a estudiar a Roma. Y ahí saqué mis títulos académicos.

Mejía señala los diplomas que se acumulan detrás de su escritorio: enmarcado en carey está su título de licenciado en Sagrada Teología obtenido del Instituto Angelicum de Roma donde fue compañero de Juan Pablo II y donde conoció a Benedicto XVI . A su lado, el certificado de licenciado en Estudios Bíblicos del Pontificio Instituto Bíblico de Roma obtenido en 1950. Allí se graduó con las mejores notas para pasar a ser profesor de Antiguo Testamento en la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina (UCA) y a dar clases de Introducción a la Sagrada Escritura, hebreo, arqueología bíblica y griego bíblico.

- Supongo que habrá quedado impactado al ver el arte que se despliega en el Vaticano por primera vez...

- Mi madre había viajado mucho, ella vivió en Francia y mis abuelos también. Yo tenía una cierta idea de lo que era San Pedro. Había visto fotos y libros. Mi padre me regaló para Navidad un cuaderno con láminas de La Anunciación de Fray Angélico, las cuales todavía conservo. Eso ejercía sobre mí una fascinación que no era solo religiosa o histórica sino que también artística.

El día que llegué a Roma, el 15 de noviembre de 1946, después de un viaje aéreo un poco venturoso, en medio de una intensa lluvia, me fui solo en tranvía a San Pedro. Quedé fascinado. En aquel momento yo era un estudiante como cualquier otro pero además tuve ocasión de estar más cerca del Papa de aquel momento que era Pío XII. Él salía mucho a la plaza a hablar con la gente, me gustaba ir a oírlo.

El día que llegué a Roma, el 15 de noviembre de 1946, después de un viaje aéreo un poco venturoso, en medio de una intensa lluvia, me fui solo en tranvía a San Pedro. Quedé fascinado

Un primo hermano mío, el brigadier Claudio Mejía, que era un famoso aviador de la época de Perón fue a Roma como Agregado Aeronáutico a la Embajada Argentina en Roma y me dijo "yo quiero ir mañana a ver al Papa y quiero que vos me acompañes. No quiero que venga nadie de la Embajada". Mi primo avisó a la Secretaría de Estado y, ante mi asombro, le dijeron que sí. Le concedieron el permiso y, al final, terminamos reunidos mi primo aviador, Pío XII y yo. Recuerdo que el Papa estaba preocupado por la situación de hambre en España y mi primo le explicaba que Argentina había mandado aviones con harina.

Todo ese mundo era muy atrayente para mí, sin embargo yo quería volver a Argentina para aprovechar lo que había aprendido y ejercer mis títulos de Doctor en Teología y Licenciado en Biblia.

- ¿Cómo fue que llegó a interesarse por disciplinas como la arqueología o el hebreo antiguo?

- Cuando bajé del barco recién llegado de Roma, un sacerdote amigo mío me dijo "vos estás en el catálogo de los profesores de Teología como profesor del Antiguo Testamento, Sagradas Escrituras y materias afines". Esa cátedra incluía materias como Griego Bíblico y eso se debe a que hay libros que están solamente en griego en el Antiguo Testamento. Pero además el hebreo es la lengua principal de ese libro. La primera versión de la Biblia fue traducida al griego en el siglo XIII A.C.

- Y la arqueología...

- Mi interés por la arqueología se debe a que la Biblia debe ser puesta en su contexto. En esos años, a pesar del paréntesis de la guerra, hubo descubrimientos arqueológicos muy importantes que ayudaban a entenderla y a situarla en su contexto antiguo y nuevo. Por eso yo enseñaba todas esas materias.

- ¿Le quedó alguna asignatura pendiente?

- Me gustaría saber más sobre lo que ya se. Uno nunca sabe lo suficiente y siempre hay lagunas... Por eso yo estos últimos años, ahora que tengo más tiempo, decidí empezar a profundizar el griego que es una lengua que abarca muchos siglos, no es lo mismo tomar a Homero o Aristóteles que tomar a Eusebio de Cesarea o a escritores posteriores. Si uno sigue estudiando amplía mucho no solo el conocimiento del griego sino también de los autores de esa lengua.

Por otro lado, el estudio de la Biblia no se acaba nunca porque es difícil y siempre hay una cosa nueva que aprender. Yo me he ocupado mucho del Antiguo Testamento pero me di cuenta de que hay que también saber el Nuevo Testamento y eso enseñé en el Seminario de San Isidro. Por eso tengo la intención de actualizar este libro que escribí, La guía para la lectura de la Biblia.

- Cuénteme más de los papas. ¿A Juan Pablo II cómo lo conoció?

- Habíamos sido compañeros en la universidad El Angélicum de Roma. Él venía de Polonia y yo de Argentina. Él hablaba polaco y había aprendido alemán y ruso para sobrevivir. Yo sabía mucho italiano por lo cual entre nosotros no había una comunicación muy fácil. Sin embargo, él observaba mucho y no se había olvidado de una serie de cosas de la época en que estudiábamos juntos. Muchísimos años más tarde, al principio de su mandato, cuando nos presentaron en el Consejo Pontificio, el Papa dijo refiriéndose a mi "hace 50 años que nos conocemos, no hace falta que me lo presenten pero sepan que él sabía más filosofía tomista que yo." Le divertía decir eso de mí.

Juan Pablo II me preguntaba un poco de todo pero más sobre el judaísmo. Organizaba almuerzos y cenas de trabajo

- ¿Sobre qué temas lo consultaba Juan Pablo II?

- Me preguntaba un poco de todo pero más sobre el judaísmo. Organizaba almuerzos y cenas de trabajo. Él no paraba. Una vez me invitaron a mí a un almuerzo cuando yo era Secretario de la Comisión para el Judaísmo. Yo estaba a la izquierda del Papa y le llegó una invitación para visitar una sinagoga en Estados Unidos. El Papa me preguntó mi opinión y le dije que primero había que visitar una Sinagoga en Roma y luego en Estados Unidos.

Al mes siguiente, cuando fui ordenado obispo, ante mi asombro me llamó la persona que organizaba los viajes y me dijo el Papa quería que yo lo acompañe a la Sinagoga de Roma. Eso no era habitual y yo recibí un gran aplauso. Mi primera salida entonces siendo obispo, vestido de obispo, fue ir a una sinagoga con Juan Pablo II.

- ¿Y Benedicto?

- Joseph Ratzinger, presente en un almuerzo se dirigió a mí y dijo: "yo me acuerdo que usted levantaba la mano e interrumpía a los profesores cuando éramos compañeros en la Universidad ¿Por qué lo hacía?". Le respondí: "yo era joven e imprudente y además no me convencían muchas cosas que decían los profesores". Entonces él dijo: "usted tenía una ventaja sobre mí que era que había estudiado bien filosofía, cosa que para mí no fue fácil en el seminario bajo el comunismo y después bajo el nazismo con los alemanes que siempre hacían guardia". Pero en realidad Ratzinger era un gran especialista en filosofía fenomenológica, algo que es muy difícil de leer. Era experto en Max Scheler y yo sobre eso no sé nada.

En medio de los múltiples libros que lo rodeaban, el cardenal Jorge María Mejía mantenía una foto con el papa Francisco
En medio de los múltiples libros que lo rodeaban, el cardenal Jorge María Mejía mantenía una foto con el papa Francisco Crédito: Francisco Sforza/ El Observador Romano

-En su escritorio hay una carta manuscrita suya dirigida al papa Francisco.¿Sería muy indiscreto de mi parte preguntarle qué dice?

-Le deseo éxito en su viaje a Corea y le digo que voy a rezar por él.

- El Papa habla día por medio con el padre Luis y pregunta por su salud. ¿Cómo nació esa amistad?

- Hace años en el seminario de Buenos Aires. Siempre me pareció simpático y me emocioné mucho cuando me fue a visitar al hospital. Es el hecho más importante de mi vida estos últimos años, la visita del Santo Padre, algo que no imaginé.

- Volvamos a los libros y a su tarea como periodista. Usted escribió "Una presencia en el Concilio" donde se transformó en un sacerdote cronista de época, cosa poco frecuente.

- Mi primera tarea era ser periodista ya que la revista Criterio se interesó mucho en el Concilio y quería que hubiera alguien allí que no dependiera de las agencias periodísticas. Por ese motivo estuve presente los cuatro períodos conciliares. Lo que me importaba era explicarle a la gente que era lo que pasaba, interesarlos en los temas del Concilio.

Tenía una muy buena ubicación en uno de los pilares de San Pedro, donde está la estatua de San Andrés. Desde ahí se veía todo lo que pasaba. El sistema de audio era perfecto y podía anotar no sólo lo que se decía sino también lo que se hacía, como se movían ciertas personas, etc. Mis crónicas periodísticas duraron tres años pero más tarde, recopilé todos mis apuntes originales que había conservado en doce cuadernos y las publiqué.

La segunda tarea en el Concilio fue la de perito y de experto Conciliar. Ayudaba a los Obispos a presentar sus intervenciones y participaba también de las diversas comisiones que funcionaban como si fuera un Parlamento. Por lo tanto en el libro también están recopiladas esas notas que pasé a la computadora para seleccionar aquellas que mayor influencia en la selección final de los documentos. Decidí publicar el libro exactamente en el 50 aniversario del Concilio.

- Viviendo en un palacio cuénteme cómo se informa de lo que pasa...

- Me llegan diarios de Argentina y además siempre tengo el Osservatore. Pero por la ventana veo todo.

Le pido permiso para abandonar por un instante la entrevista y acercarme al balcón desde donde observo en la plaza a unas chicas que hacen malabares para los turistas y a dos vagabundos rodeados de botellas de vacías, durmiendo recostados en la puerta de la iglesia Santa María Trastevere. A lo lejos se distingue la cúpula de San Pedro que va cambiando de color a medida que se hace de noche.

Me llegan diarios de Argentina y además siempre tengo el Osservatore. Pero por la ventana veo todo

Es un tremendo desafío. Uno no vive en una torre de marfil. Aunque he vivido encerrado en la Torre de los Vientos del Vaticano cuando era archivista, eso no debe convertirse en un símbolo de que lo que pasa a mí me da igual. Uno sufre por lo que pasa. Siempre caminé muchísimo por las calles de Roma y he visto absolutamente de todo. Ahora casi no salgo. Sin embargo la información me llega por todos lados y lo comento con sacerdotes amigos. Tengo una impresión tristísima de todo lo que pasa acá y en el mundo. La gente tiene hambre, la gente no tiene trabajo, la gente es engañada por los candidatos. Ellos creen y después se desilusionan. Hay quienes se aprovechan de la gente y todo eso me golpea constantemente.

El cardenal vuelve a mirar el reloj. Son las siete en punto y debe prepararse para oficiar misa en la capillita privada de su casa. Es un rito diario que comparte con el padre Luis. Mientras me quedo sola en el estudio observo las paredes repletas de antiguos grabados con vistas de la Ciudad de Roma, la Basílica de San Pedro y el Vaticano junto con un enorme cuadro de una mujer con un ramillete de flores del pintor italiano Giovanni Boldini y un retrato de Mejía vestido de Obispo hecho por el pintor argentino Marcelo Canevari.

El cardenal, en misa
El cardenal, en misa Crédito: Francisco Sforza/ El Observador Romano

- Me pregunto cómo será un tía típico suyo, si tiene rutinas establecidas...

- Durante la mañana me ocupo de mi salud, recibo a los médicos y trato de moverme junto al fisio terapeuta que me obliga a levantarme de la silla de ruedas y caminar un poco en la terraza. Estoy muy ocupado (se ríe).

A la tarde me dedicó a escribir o a leer. Ayer escribí un capítulo del libro para la Universidad de Cuyo y respondí la invitación que me hizo un amigo para que vaya al casamiento de su hija en Washington diciéndole que no los voy a poder acompañar. También le envié un mail al párroco de San Girollamo della Charitá, donde quiero ser enterrado para preguntarle cómo va la construcción de mí tumba.

- ¿Su tumba? Pensé que tal vez le gustaría descansar en el cementerio de la Recoleta en Buenos Aires

-Habría que trasladar un cadáver pero eso es incómodo y carísimo. ¿Qué se hace? ¿Se lo mete en un ropero?

(Ríe nuevamente)

- Sorprende mucho verlo hablar con humor hasta de su propia muerte...

- Es un hecho necesario de la vida. Hay que tenerla siempre presente. Me siento mal, tengo una enfermedad mortal y hay que seguir haciendo la vida de todos los días y terminar de escribir el Tratado sobre la Belleza para la Universidad de Cuyo.

Cardenal, hablando del tema de la belleza le traje un regalo...

Le entrego una bolsa de papel madera que dice Musei Capitolini Book Store que contiene el catálogo de última muestra itinerante de Miguel Ángel Buonarotti, la cual le hubiera gustado visitar.

¡Qué maravilla!

Cardenal queda extasiado observando una foto de La Piedad y ya no parece escuchar.

La entrevista, en el Palacio de San Calixto
La entrevista, en el Palacio de San Calixto Crédito: departamento del Palazzo San Calixto

Obras del cardenal Jorge María Mejía

  • Los manuscritos del Mar Muerto y los orígenes del cristianismo, 1959, Ediciones Criterio.
  • Guía para la lectura de la Biblia, 1964, Ediciones Criterio.
  • The Fifteenth Century Frescoes in the Sistine Chapel, 2003, Edizione Musei Vaticani.
  • Historia de una identidad, 2005, Letemendia.
  • I cardinali bibliotecari di Santa Romana Chiesa: la quadreria nella Biblioteca apostolica Vaticana, 2006, Biblioteca Apostolica Vaticana.
  • La hipótesis de la naturaleza pura y sus adversarios en los siglos XVI al XVIII, 2006, Editorial Verdad.
  • Libro ilustrado de oraciones del final de la Edad Media, 2009, Biblioteca Apostólica Vaticana.
  • Una presencia en el Concilio: crónicas y apuntes del Concilio Vaticano II, 2009, Agape Libros.
  • El Levitico, Agape Libros.
  • El Antiguo Testamento. Guía para la lectura, 2011, Agape Libros.

Jorge María Mejía (Buenos Aires, 31 de enero de 1923-Ciudad del Vaticano, 9 de diciembre de 2014)

Un retrato del cardenal Jorge Mejía, bibliotecario emérito de la Santa Sede
Un retrato del cardenal Jorge Mejía, bibliotecario emérito de la Santa Sede Crédito: Francisco Sforza/ El Observador Romano

Fue ordenado sacerdote para la Arquidiócesis de Buenos Aires el 22 de septiembre de 1945. Obtuvo el doctorado en Teología en el Angelicum y una licenciatura en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma.

Fue profesor de Antiguo Testamento de la Universidad Católica Argentina. Durante la época de Perón editó la revista católica Criterio y fue perito en el Concilio Vaticano II. Fue secretario del Departamento de Ecumenismo del CELAM desde 1967 hasta que fue nombrado secretario de la Comisión de la Santa Sede para las Relaciones Religiosas con los judíos en 1977. En 1986 fue nombrado Vice-Presidente de la Pontificia Comisión "Iustitia et Pax" y arzobispo titular de Apollonia, siendo ordenado el 12 de abril.

En 1994 fue nombrado secretario de la Congregación para los Obispos, y el 10 de marzo del mismo año fue designado secretario del Colegio de Cardenales. El 7 de marzo de 1998 fue nombrado archivero de los Archivos Secretos del Vaticano, y bibliotecario de la Biblioteca Vaticana de la Iglesia católica romana, cargos a los que renunció por edad en octubre de 2003, conservando el título de archivero emérito del Vaticano.

Fue creado y proclamado cardenal por Juan Pablo II en el consistorio del 21 de febrero de 2001, con el título de S. Girolamo della Carità (San Jerónimo de la Caridad), Diaconía elevada pro hac vice a título presbiteral (21 de febrero de 2011).

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