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Leopoldo Federico: toda la Típica sonaba en su bandoneón

Gabriel Plaza
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29 de diciembre de 2014  

Leopoldo Federico era un milagro: el milagro del tango. En los últimos años nos habíamos acostumbrado a verlo llegar a los lugares inclinando la cintura, como si estuviera por ponerse a rezar. Cuando tomaba el bandoneón en sus manos, Leopoldo se transformaba. Sufría una visible metamorfosis. Ya nada le dolía. Lucía erguido, rejuvenecido y tocaba siempre como si fuera la última vez. Se ladeaba, atacaba cada nota y en cada fraseo Leopoldo Federico parecía que se estaba jugando la vida. No se guardaba nada. Eso decía, lo aprendió de Ástor Piazzolla, con el que tocó en el Octeto Buenos Aires. «Bajá la cabeza y apretá a fondo. No toques para adentro porque tenés miedo». "Así aprendí a tocar de frente, a jugarme la vida como lo hizo Astor", recordaba Leopoldo en el programa Encuentro en el estudio. Había empezado a tocar el bandoneón a los 12 años. Tenía 87, seguía al frente de la Asociación Argentina de Intérpretes y quería seguir tocando el fueye con su orquesta típica. Su cuerpo dijo basta tras más de una década de dolencias físicas. Igual, Leopoldo siempre fue para adelante con su bandoneón. Estaba internado en el Sanatorio de la Trinidad. Falleció a la madrugada. Sus restos fueron velados en la Legislatura porteña.

Leopoldo fue el otro bandoneón mayor de Buenos Aires. Tocó con los grandes directores del cuarenta y cincuenta, que definieron un estilo dentro de la tradición y la vanguardia orquestal del tango: Alfredo Gobbi, Mariano Mores, Carlos Di Sarli, Horacio Salgán y Astor Piazzolla en el Octeto Buenos Aires. Todas esas escuelas y ese sonido los volcó a su propia orquesta en 1958: su gran obra como director, compositor, arreglador e intérprete.

Con esa formación siguió tocando hasta sus últimos días y fue su gran empresa artística. No era fácil sostener una orquesta en estos tiempos. Leopoldo Federico lo hizo como un símbolo y un gesto que dio sus frutos. Las nuevas orquestas de los últimos quince años crecieron gracias a su influjo, determinación e inspiración creativa. Cada vez que tocaba en vivo la orquesta de Leopoldo Federico era todo un acontecimiento. La formación con la que llevaba más de medio siglo de vida fue el gran bastión, el ejemplo visible de cómo sonar tradicional y contemporáneo: en su bandoneón sonaban Maffia, Troilo y Piazzolla.

Para llegar a ese punto culminante de su genio creativo como intérprete y director, Leopoldo pasó por algunas de las experiencias más importantes de su vida. Debutó con la orquesta de Adamo-Flores en el teatro Tabarís. Era un pibe: tenía 17 años. A partir de allí su carrera fue en ascenso. El temperamento de su interpretación lo llevó rápidamente a codearse con los maestros que admiraba desde que empezó a estudiar con Félix Lipescker, Carlos Marcucci y Francisco Requena. En el 44 ya hacía sus primeras grabaciones para la orquesta del maestro Juan Carlos Cobián. Dos años después, Osmar Maderna lo llama para ser el primer bandoneón de su conjunto de estrellas. Volvió a ser primer bandoneón en la orquesta de Horacio Salgán, donde estuvo de 1950 a 1952, y después de armar su primera agrupación con la dirección compartida con Atilio Stampone lo llamó el cantor Julio Sosa para dirigir su orquesta en el momento de su explosión popular hasta su muerte, en 1964.

"Salvo alguna excepción, toqué con todos. La historia mía la conoce todo el mundo, pero tuve la suerte de estar con orquestas de la categoría de Salgán, que duré como cuatro años; la de Maderna, que fue como tocar con Caló, y alcancé a estar un tiempo con Piazzolla en el 46 y el Octeto Buenos Aires. Además de mi paso por las agrupaciones de Gobbi, Di Sarli, Cobián y seguro que cuando te vayas me voy a acordar de otras. He tenido todas. No me puedo quejar. Si pudiera hacer una repetición de mi vida sería igual. Elegiría otra vez el tango, porque es una música que resiste todo. Nada más que agregaría a Troilo y Pugliese a mi lista, porque me quedé con las ganas de tocar con ellos."

No era un autor prolífico, aunque dentro de sus cincuenta obras se encuentran piezas fundamentales e icónicas que marcaron a la generación del 55 del tango, como "Cabulero", que el propio Piazzolla rebautizó "Neotango", y "Sentimental y canyengue", que grabaron Salgán y Pugliese, cumpliendo uno de los sueños del bandoneonista.

Como arreglador e intérprete, Leopoldo dejó obras memorables en diferentes formaciones que fueron objeto de estudio para los músicos que vinieron después, como los solos a dos bandoneones en "El marne", en la grabación del Octeto Buenos Aires para el sello Discjockey (1954), o la versión de "La última cita", de Bardi, con el trío que conformó junto al pianista Osvaldo Berlingieri para el disco Siempre Buenos Aires (1970).

También sus grabaciones con el Cuarteto San Telmo son antológicas. Esa formación buscaba recrear la agrupación de bandoneón, guitarra, guitarrón y contrabajo que había tenido Troilo en la década del cincuenta. En reemplazo de Pichuco estaba Federico. El resto de los integrantes eran los originales: Roberto Grela, Ernesto Báez y Rafael del Bagno. El bandoneón de Federico brilla en ese conjunto en las versiones de "Amurado", "A la guardia nueva", "El pollo Ricardo" y "El africano".

Pero fue en su orquesta donde Federico encontró su espacio natural para dejar su legado, su escuela instrumental. Su versión de "Danzarín", de Julián Plaza, es inigualable. Porque cuando Leopoldo tocaba parecía que toda la orquesta sonaba dentro de su bandoneón.

En la jerga se decía que Federico literalmente se llevaba de atropellada toda la orquesta con él. "Soy eso que llaman un bandoneón cadenero que con un gesto o una mirada termina uniendo a todos los instrumentos y me los llevo conmigo en el bandoneón."

Leopoldo Federico llegó a un lugar de maestría y genialidad en su instrumento, que su humildad le impedía reconocer. "Siempre me pregunto lo mismo. Cómo puede ser que ese mismo bandoneón que es totalmente mecánico, cuando lo agarran dos bandoneonistas y hacen el mismo tema, ninguno suena igual. Es un misterio que no lo puedo develar. Hay algo dentro de uno que lo hace sonar. Yo sólo me dejo llevar por lo que siento."

Leopoldo era un fanático del sonido. "Yoy soy un enfermo del sonido", solía decir. Siempre quería llegar a la mayor fidelidad y ejecución con la misma fuerza y energía. En su decir sentimental y canyengue aparece en su justa dimensión la manera de tocar de Leopoldo Federico, que será siempre única. Al igual que su generosidad. Nunca le escuché hablar mal de nadie y repartía elogios a la nueva generación de fueyes.

Fue uno de los primeros en alegrarse con la aparición de creadores nuevos. "Yo pensaba que después de nosotros el tango se moría, pero por suerte me equivoqué. Hoy hay una cantidad enorme de chicos talentosos que le van a dar continuidad al género." También fue uno de los primeros en apoyar el proyecto Orquesta Escuela de Tango, donde varios maestros traspasaron los secretos de las típicas a las nuevas generaciones. Con sus colegas, también fue generoso y dedicó veinte años de su vida a trabajar en AADI (Asociación Argentina de Intérpretes) defendiendo los derechos de los intérpretes. Incluso fue uno de los impulsores de una gran reunión en esas mismas oficinas para acabar con la grieta tanguera que dividía a los músicos de tango con Astor Piazzolla. Había recibido dos premios Grammy Latino, aunque ya tenía el reconocimiento de todo el ambiente musical. Decís Leopoldo Federico y no hay músico de cualquier género que no haga una reverencia ante su forma de tocar y su auténtica manera de ser tanguero. Hay muchos bandoneones. Pero hay y habrá un solo bandoneonista como Leopoldo Federico.

Cinco discos esenciales

Grabaciones para disfrutar al gran bandoneonista

1965

Leopoldo Federico Orquesta

Ejecución impecable y un ensamble que es como una locomotora orquestal.

1966

Cuarteto San Telmo

Tangos de siempre. Continuidad de la formación que acuñó Troilo con Grela en guitarra.

1970

Trío Federico-Berlingieri

Siempre Buenos Aires. Sigue desarrollando un concepto de modernismo tanguero en los arreglos de versiones de clásicos y obras contemporáneas como "A fuego lento".

2008

Solos de bandoneón

A mi fueye querido. Durante 20 años mantuvo estos arreglos en un cajón aguardando el momento justo para sacarlos a la luz.

2010

Con El Arranque

Raras partituras. Vol. 6 es un símbolo de unión generacional. La orquesta graba los arreglos y composiciones del maestro, muchas inéditas, con la participación especial de Federico en bandoneón. Aparecen "Zamba de la extranjera", "Póquer" y "Cautivante". Para celebrar ese universo estético, el disco salió en versión vinilo.

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