Todos ganan menos nosotros

Andrés Cisneros
Andrés Cisneros PARA LA NACION
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31 de diciembre de 2014  

El anuncio cubano-norteamericano por el que ambos países restablecieron relaciones confirma, una vez más, que la política se decora con ideales pero se amasa con intereses. Cincuenta y cuatro años de invocaciones principistas no sirvieron para nada, pero los presidentes Barack Obama y Raúl Castro aceptaron acordar ahora, cuando la realidad les apretó demasiado el zapato.

Washington necesita urgentemente sacarse alguna buena nota en materia internacional y el régimen cubano se está quedando sin quien lo mantenga económicamente. Obama podrá irse con alguna cucarda, los inversores norteamericanos en Cuba ya no tendrán que disfrazarse de canadienses y la Nomenklatura cubana puede negociar su continuidad, con otros ropajes, para cuando la biología se lleve a los Castro.

Este primer paso se limita a solamente restablecer cierto nivel de relaciones diplomáticas y aflojar algunas prohibiciones, pero es claramente un avance. Quizá simplemente se quede así, o tal vez abra la puerta a un segundo escalón. Todo dependerá de lo que acepten aflojar el Congreso norteamericano y la trama de la burocracia isleña.

El Congreso podría levantar completamente el fracasado embargo, pero eso significaría regalarle un triunfo al Ejecutivo y, lo que sería peor, quedarse sin municiones para negociar la correspondiente apertura del régimen cubano hacia el capitalismo y la democracia. Por parte de los republicanos, una dureza extrema resultaría antipática y los identificaría sin matices con los extremistas del Tea Party, con la consiguiente pérdida de votos, justo tan cerca de una próxima elección. Al revés, una activa participación en las negociaciones que sobrevendrán les permitiría, luego, atribuirse buena parte del éxito final de la normalización de Cuba, que el malhadado embargo nunca consiguió.

Todas estas cosas ya han sido bastante dichas, pero nada se escucha acerca de un dato esencial: la asombrosa ausencia de la OEA y del entero sistema interamericano. Si alguna coincidencia esencial enhebraba las políticas exteriores de toda América latina, esta consistía, precisamente, en el reclamo de que cesara el embargo y que Cuba se reincorporara al concierto de Estados de la región. ¿Y que hicimos los latinoamericanos con un acuerdo de tanto potencial? Nada. Reclamos emocionales y poco más. Medio siglo la pasamos así.

El papel articulador de este acuerdo lo ejerció Canadá, el país del continente que menos tiene que ver con el resto. Eran América latina, la OEA, la Unasur, la Celac, quienes debieron plantarse frente a Washington y La Habana para presionarlos tanto que no pudieran continuar negándose a negociar. No lo hicimos, lo que permite medir el grado de nuestra histórica miopía y falta de importancia.

La necesidad norteamericana de recuperar prestigio en el mundo y el terreno crecientemente perdido en América a manos de Rusia y China resultaba visible para cualquiera. Y el colapso del régimen cubano, si no se le facilita una salida más o menos viable, era una apuesta que pagaba dos pesos. Pero nos sobraron políticos con discursos meramente retóricos y nos faltaron estadistas que percibieran la oportunidad: era América latina quien debía desencadenar ese proceso y constituirse en gestor y garante de los cambios.

Para Washington sería mucho más aceptable que el gradual descongelamiento del embargo se negocie, por ejemplo, en el ámbito de la OEA. Y para La Habana, lo mismo, con el paso a paso de los cambios que se necesita introducir.

Todavía hay tiempo. México, Brasil y la Argentina, por su peso relativo, podrían conformar un grupo de garantes que -como ocurriera en el conflicto armado entre Perú y Ecuador- y en representación del continente latino entero, con más otros Estados participantes, Canadá entre ellos, se ofreciera a operar como una sindicatura que vigile, escalón por escalón, el desmantelamiento del embargo y, al mismo tiempo, las medidas del regreso a Cuba de las libertades que llevan medio siglo amordazadas. La tradicional vinculación de nuestros países con el Vaticano reforzaría, además, el papel clave de Francisco desde el principio mismo del emprendimiento.

No sería fácil, pero mucho ayudaría que dejemos de votar por la manada de oportunistas habituales y pasemos a elegir a gobernantes que sean estadistas. En la Argentina falta menos de un año y puede parecer improbable. Pero hace dos semanas la eliminación del embargo y la democratización de Cuba llevaban medio siglo pareciendo imposibles.

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