Alem, un cruzado de la decencia cívica

3 de enero de 2015  

El nombre de Leandro Alem, conocido antes por la mayoría de los argentinos, hoy parece poco menos que ausente de la memoria colectiva, incluso entre una franja de los que simpatizan con el partido que el caudillo de Balvanera pensó como instrumento destinado a sostener los principios republicanos y democráticos en su patria. No es que se carezca de lúcidos estudios sobre sus ideas políticas y su influencia entre los argentinos, pero, insisto, en la versión acotada y a veces maniquea de nuestra historia que llega al gran público, parece no existir espacio para aquel hombre valiente y desafortunado que clamaba por la pureza electoral y no vacilaba en empuñar el remington en su afán de imponerla aun por la fuerza.

Como su mentor y guía Adolfo Alsina, Leandro Alem cultivaba una oratoria sencilla y viril, grata a un pueblo que solía moverse más por sentimientos espontáneos y generosos que por los mandatos de la perseverancia y la razón. Caudillo de compadritos y orilleros, pero también de "gente decente" que aspiraba a un vuelco en las costumbres ciudadanas, aquel hombre de temprana barba blanca despertaba con su presencia una especie de mística entre los que lo seguían por las calles y en los mítines.

Alem era temperamento y acción. Apelaba al corazón y convocaba a dar batalla en favor de una nación republicana, legalista, honesta, en la que no tuvieran lugar las alianzas de notables sin la participación del pueblo. Por eso contó con el incondicional apoyo de la juventud, que lo reconoció como un cruzado de la decencia cívica.

Al igual que Roca y Pellegrini, a los que fustigó como representantes de un "régimen nefasto", había tenido su bautismo de fuego en los campos de batalla de Paraguay. Toda una generación despertó a la vida entre fogonazos de cañones y fusiles, a la vez que riñó por sus ideas en los campamentos con la misma crudeza con que lo hacían sus líderes en los diarios y el Congreso.

Se conocían íntimamente y se alineaban según su percepción del camino que les parecía viable para la construcción del país. Roca, metódico, paciente, tan acostumbrado a alinear los "chinos" del Ejército de Línea como los hombres con los que pensaba contar en el futuro, se preparaba para ser un estadista eficaz y pragmático. Pellegrini, "el Gringo", encerraba en su cuerpo poderoso un alma capaz de explosiones temperamentales tan inesperadas como temibles, pero poseía una mente organizada y una envidiable claridad para detectar y resolver los problemas del país. Alem, en cambio, parecía más apto para poner el pecho en los entreveros que para entregarse disciplinadamente a cumplir con la meta anhelada. Había sufrido y padecía grandes tormentas personales: era una criatura cuando su padre, miembro de la temible Sociedad Popular Restauradora en tiempos de Rosas, fue ajusticiado con otros "mazorqueros". Su niñez fue tan triste como su juventud, signada por las privaciones. Sin embargo, halló fuerzas para sumarse al Ejército Argentino en la primera etapa de la lucha contra los paraguayos, y para concluir su carrera de derecho. La pobreza lo mordió sin piedad. Sus dietas de legislador no alcanzaban para cubrir los gastos de sus familiares desvalidos. Quizá por eso no formó hogar y permaneció soltero. Casi siempre lo atenacearon las deudas, y sus vencimientos impagos en los bancos fueron esgrimidos como filosa arma destructiva en los días iniciales del radicalismo.

Su coraje lo llevó a enfrentarse al Unicato de Miguel Juárez Celman en la revolución del 26 de julio de 1890, después de hacer oír su voz en las grandes asambleas populares junto a políticos que no apreciaba, en aras de unir a la oposición en un solo haz. Pero si logró la escisión de la Unión Cívica y la formación de la Unión Cívica Radical, donde su liderazgo no tardó en ser cuestionado a pesar de la devoción de buena parte de sus correligionarios, no consiguió poner en práctica un programa. Si se conjugaron en su contra poderosos intereses y adversarios externos -por ejemplo, Mitre y Roca, que llegaron al célebre acuerdo para evitar que terminara de remontar vuelo político-, también soportó larvadas oposiciones internas que terminaron por quebrar su voluntad.

Era diputado nacional cuando optó por el camino de una nueva revolución que estalló en varios puntos del país en 1893 y fue derrotada. Prófugo y preso en la cárcel de Rosario, dirigió a sus correligionarios la conocida carta: "Aquí nadie se ha rendido y nada se ha perdido. Cada uno a su casa, guardando bien las armas". Se había perdido, y mucho, como ocurre en las convulsiones donde mueren personas y se agotan bienes y energías.

Rechazado su diploma de senador, fue elegido diputado por la Capital ante el Congreso de la Nación. Lo envolvía una depresión profunda pues veía que su propio sobrino Hipólito Yrigoyen cuestionaba su manera de conducir el radicalismo. La intransigencia en la lucha contra sus adversarios, que llevaría a su partido a una prolongada ausencia de la vida cívica mediante la abstención, se proyectaba hacia adentro, con los suyos. Se había encerrado en su propio bastión. Y el 1° de julio de 1896, puso fin a su vida de un balazo, a los 54 años, dentro del coche que lo conducía hacia el Club del Progreso.

Cada vez más se acentúa en mí la idea de que, con su creciente incapacidad para el diálogo, expresada en la sentencia "que se rompa pero que no se doble" con que encabezó su última carta, Alem, de quien estoy escribiendo una biografía, contribuyó a demorar el largo proceso que concluyó con la ley Sáenz Peña y el propio triunfo de su partido. La evocación de esa frase también aumenta mi convicción de que sin buscar coincidencias de fondo será imposible superar las actuales y crecientes dificultades de la Argentina.

El autor, historiador, presidió la Academia Nacional de la Historia

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