En el amor, no te dejes engañar por las apariencias.

Condimentos inesperados que pueden darle un giro a tu vida. Nuestro columnista Sebastián te va a sorprender con esta historia.
Sebastián Fernández Zini
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11 de enero de 2015  • 00:00

–Me acuerdo de cuando me dijiste que era un poco aburrido, ¿te acordás?

–¿Yo dije eso?

–Bueno, no me acuerdo de si usaste la palabra "aburrido", pero me dijiste que te parecía demasiado tranquilo, del estilo "de casa al trabajo, del trabajo a casa".

–Ah, eso sí. En el caso de Juampi, es "de casa al estudio, del estudio a Tribunales, de Tribunales al estudio, del estudio a casa".

–Pero se llevan bien...

–Nos estamos conociendo, pero la verdad es que nos llevamos bien. Es copado, laburador, tiene buena onda, pero le falta un twist. No sé cómo explicarlo...

–¡Dejá de quejarte, querés! Cuando salías con el hippie aquel que se la pasaba tirado todo el día tocando la guitarra, querías que saliera a trabajar. Ahora que este labura, te parece que le falta un giro. Sos una hinchabolas.

–En realidad, hace algo además de laburar, pero no sé bien qué. Me dijo que el finde que viene lo vaya a ver.

–¿Y no le preguntaste a dónde te estaba invitando? Quedaste horrible, amiga. ¿Al menos le confirmaste?

–No sé si puedo. Es el sábado y ya quedé con Marian que voy a acompañarla a comprar unas cosas para sus vacaciones.

–¡Andá a verlo! Yo la acompaño a Marian, que no joda con sus eternas horas de shopping que al final quedan en nada.

–Bueno, si vos me hacés el relevo, ya le mando un mensajito a Juampi para decirle que voy.

–Obvio. Ve tranquila con tu abogado enamorado. Después me contás.

–¡Claro, después te cuento todo!

UNA SEMANA DESPUÉS...

–¿Y qué tul con el twist de tu chico?

–Ay, no sabés. Adiviná a dónde fui.

–¿A un teatro?

–No.

–¿Un estadio?

–No.

–¿Una canchita de fútbol?

–Tampoco.

–Bueno, dale, nena. Desembuchá.

–A una placita.

–¿Una placita?

–Ajam, tal como lo escuchás.

–¿Y que hacía el especialista en derecho de familia en una placita? No me digas que es murguero...

–¿Vos sos vidente?

–Sí. Después de tanto escucharlas, un poco sí.

–¡Qué nabo! No sabés lo que fue todo aquello, amigo. Cuando estábamos llegando, mi hermana, me dice: "¿Escuchás esa murga? Con lo que me deprimen los tamboriles esos... ¡Me mato!". A medida que nos acercábamos a la plaza, la música se hacía cada vez más nítida. Yo ya no tenía dudas de que íbamos a tener una tarde murguera, pero no le dije nada porque como el auto es de ella, me dio miedo de que bajara ahí mismo y me dejara a pata.

–¿O sea que Juampi, el abogado aburrido, mueve las cachas a lo loco?

–¡Y no sabés cómo! Cuando pusimos un pie en la plaza, había tanta gente que no sabíamos para dónde ir. En eso, mientras yo trataba de divisar al muchacho este, escucho que me gritan: "¡Acá, Lau, acá!". Y ahí me lo veo todo vestidito de violeta y brillos, revoleando el estandarte de la murga. Te juro que no lo podía creer. Imaginate la cara de mi hermana...

–Juampi no solo es murguero, sino que además es el que lleva la batuta... ¡Muy bueno!

–En un momento, agarró el silbato y después de tres pitadas, todos los que estaban ahí armaron una fila y empezaron a desfilar hacia donde estábamos nosotras. No sabíamos si teníamos que corrernos o qué carajo hacer. Y como si eso fuera poco, nos hicieron una ronda y quedamos ahí paraditas en el centro.

–¡Ah, bueno! Era como un homenaje...

–No sé qué era, pero entonces apareció Juampi con unas flores y se metió en la ronda, se arrodilló y me las dio.

–¡Tomá mate! Vos querías un twist y el pibe te dio un giro que te dejó culo al norte.

–Me mató de amor, amigo. Y hasta mi hermana, que odia las murgas, me dijo que tiene ganas de anotarse en algún club para empezar.

–Así me gusta, amiga, muy buena manera de arrancar el año.

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