La Argentina de las verdades líquidas

Daniel Gustavo Montamat
Daniel Gustavo Montamat PARA LA NACION
La extrema izquierda y la extrema derecha se encuentran en los neopopulismos, pues ambas huyen de la razón crítica y oponen la construcción de un relato a los datos objetivos de la realidad
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12 de enero de 2015  

Cuando la oposición repite como un estribillo que la "la única verdad es la realidad" para confrontar la inconsistencia de los números del relato, el oficialismo responde con sus medios militantes: "La única verdad es mi realidad". Los argentinos nos debatimos entre dos concepciones excluyentes sobre lo que es real y lo que es verdadero. Los neopopulismos posmodernos y los remanentes totalitarios del racionalismo reivindican las verdades "líquidas", ancladas en realidades editadas según las necesidades del poder. Los defensores de la razón crítica, en cambio, hacen prevalecer los valores y las instituciones que, fundados en una realidad objetiva que nos trasciende, consolidaron sociedades abiertas, plurales y desarrolladas.

Ni el realismo ni el idealismo filosófico niegan una realidad objetiva y externa a nosotros. El realismo filosófico la asume dada. Existo yo y el mundo que me rodea. El idealismo, en cambio, plantea deducirla a partir de la razón (el yo pensante). Es un camino metodológico alternativo para aproximarse al conocimiento de la realidad que los otros asumen a priori.

Los racionalistas con sello cartesiano sostienen que nada existe fuera de la razón; los empiristas de la tradición de Hume refutan que nada existe fuera de los sentidos. Le tocó a Immanuel Kant el esfuerzo conciliador: para acceder al conocimiento de la realidad que nos rodea, los sentidos proveen la materia prima y la razón el filtro. Aprehendemos por medio de los sentidos, pero la razón tamiza esa realidad primaria. El lente con que se la mire puede dar lugar a distintas lecturas de una misma realidad. Pero esto no torna antojadiza la realidad objetiva. Hay métodos, estándares, protocolos, para observar esa realidad, conocerla y describirla en base a criterios objetivos. Las distintas disciplinas científicas se aproximan al conocimiento de esa realidad para proveernos, en base a la evidencia que ella nos proporciona, verdades que la expliquen.

El racionalismo clásico estableció el imperativo de la búsqueda de la certeza y, por tanto, de fundamentación. Es una concepción según la cual la verdad de las soluciones debe quedar definitivamente asegurada y cristalizada en leyes científicas. El racionalismo crítico propuso, en cambio, que el conocimiento se logra por aproximación a la verdad. "Todos los cisnes eran blancos, hasta que apareció un cisne negro." Para Popper, el conocimiento progresa por ensayo y error. La "verificabilidad" de los datos que proporciona la realidad objetiva para establecer el criterio de verdad y la consecuente ley científica fue reemplazada por la "falsabilidad": un enunciado científico debe poder ser refutado; es siempre una "conjetura" que espera su consiguiente refutación. Está vigente mientras una nueva evidencia no lo refute. Para unos y otros, sin embargo, una teoría científica es verdadera si y solo sí corresponde a los hechos. Hechos que provienen de una realidad objetiva a nosotros. La búsqueda de la verdad es la tarea filosófica y científica por excelencia.

Esto es lo que ha cambiado hoy, en la modernidad "líquida". La deconstrucción posmoderna de los dogmas religiosos y racionalistas también barrió con los criterios de realidad y evidencia objetiva. En el caleidoscopio de sensaciones y experiencias que procuran dar sentido al devenir, para la visión posmoderna no hay mucho más que lenguaje (palabras), y, como las verdades son subjetivas, la realidad deja de trascendernos y se torna manipulable. Quien domina el relato impone la realidad.

El mundo para los posmodernos es una construcción humana. Lo creamos con las historias que inventamos para explicarlo, según cómo elijamos vivir en él. Los semiólogos afirman que este mundo no es objetivo sino contingente, todo deviene; no hay verdades objetivas, sino puntos de vista, opciones en la estructuración de la realidad. En cierto sentido es un mundo creado por el lenguaje, unido por metáforas y significados consensuados y compartidos, que mutan con el paso del tiempo. La realidad no es una herencia que recibamos, sino algo que creamos nosotros al comunicárnosla. Incluso la ciencia, para estos pensadores, es una colección de textos e historias cuya autoridad reside, en última instancia, en su capacidad para convencer a sus lectores de su validez. En un mundo de "verdades líquidas", las historias y las representaciones se vuelven tan importantes como los hechos y los datos que otros oponen como evidencia de una realidad objetiva.

En la cultura de las verdades "líquidas", los medios de comunicación y la prensa militante son instrumentos de importancia excluyentes en la construcción de la realidad. Los totalitarismos modernos necesitaban el control de los medios para tallar a fuego sus verdades de Estado y eliminar la razón crítica. Los autoritarismos posmodernos necesitan el control para dominar el relato y "matar" a los mensajeros que proveen cifras e información de la realidad objetiva, a los mensajeros de datos de la inflación verdadera, de la inseguridad de cada día, de los casos de corrupción o de la crisis energética. En clave de "verdades líquidas", la realidad tiene "precios cuidados", hay "sensación de inseguridad", la corrupción es inventada y el déficit energético es la contracara del bienestar económico.

¿Contra qué realidad medimos la mentira y la verdad, en esta tiranía relativista? ¿Contra qué valores confrontamos decencia y corrupción?

El primer gran problema de esta Argentina regida por verdades "líquidas" es la falta de capacidad de rectificación. Cuando Juan Perón parafraseaba a Aristóteles repitiendo "la única verdad es la realidad", en el fondo apelaba a un cable a tierra para aceptar las restricciones y la necesidad de rectificaciones. Esto no sucede cuando siempre hay un relato alternativo para construir la realidad y negar la evidencia objetiva.

Otro problema serio es que el mundo de las verdades "líquidas" es refractario a los acuerdos y a las políticas de largo plazo. La construcción de la realidad y el monopolio de un relato dominante sujeto a permanentes ajustes tácticos no admite transacciones. El diálogo, la discusión y los grandes acuerdos siempre parten del presupuesto de que existe una realidad objetiva que presenta problemas y desafíos que exigen una transacción entre las urgencias del presente y las restricciones de un futuro que se viene encima. Para consolidar las instituciones de la República, para recrear la moneda, para restablecer el ascensor social y para asegurar una educación igualadora de oportunidades, hay que asumir un diagnóstico basado en datos de la realidad, y hay que promover políticas y planes que se traduzcan en un proyecto de futuro. Se trata de cambiar la realidad, no de negarla.

Por último, pero no menos importante, las verdades "líquidas" son empáticas con aquellas "verdades" axiomáticas de la razón instrumental. Ambas tienen como enemigo común a la razón crítica. La razón crítica es un problema para las verdades "líquidas", porque las desenmascara como mentiras cuando las expone a la luz de la realidad objetiva. La razón crítica también es un problema para las verdades de la razón autoritaria, porque deja al desnudo los monstruos de sus sueños totalitarios y la inescrupulosidad de los medios para alcanzar sus fines.

No es casualidad la confluencia militante de la extrema derecha y la extrema izquierda en los neopopulismos. Por distintos motivos, ambas huyen de la razón crítica y se refugian en el menú de tenedor libre que les ofrece la construcción de la realidad a partir del relato.

El gran desafío de la Argentina que viene empieza por restablecer contacto con la realidad objetiva y sus datos, reconstruyendo los sistemas de chequeos y controles vinculados a ella. Todo sobre el fundamento de una plataforma valorativa que premie la decencia y castigue la corrupción. A partir de la evidencia relevada y el consecuente diagnóstico, habrá que acordar consensos básicos que nos permitan transformar la realidad sobre el fundamento de un proyecto de desarrollo inclusivo. De lo contrario, volveremos a padecer el desengaño de un nuevo relato.

El autor es doctor en Economía y en Derecho

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