Arnaldo Calveyra: el poeta argentino era uno de los autores más originales de la literatura en lengua española

Pablo Gianera
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17 de enero de 2015  

"Morir será/ encender una lámpara/ en la casa desconocida." Así terminaba "Canción del marinero inmigrante", poema que Arnaldo Calveyra escribió hacia fines de la década de 1950. Ayer, a los 85 años, en París, donde vivía hace más de medio siglo, el poeta conoció por fin esa luz. La muerte no parecía ser para él una variedad de la oscuridad, sino algo que podía revelarse, y revelársenos, de pronto.

Desde sus primeros libros, ya desde el primero, Cartas para que la alegría (1959), la poesía de Calveyra pareció hecha de una vez y para siempre. Era una poesía que podía desentenderse del verso y devanarse en prosas breves, frases rítmicas, versículos engarzados por variaciones episódicas que deparan un efecto de animación suspendida. Lo que sí cambió fue su creciente cercanía con el misterio, su manera de aludirlo, de sobreentenderlo.

Calveyra había nacido en Mansilla, Entre Ríos, el 23 febrero de 1929, hijo de un padre que trabajaba en el campo y de una madre maestra.Pasó su primera infancia a siete kilómetros del pueblo y estudió luego literatura en La Plata. La experiencia del campo entrerriano no lo abandonó nunca del todo. Decía que cuando abría la ventana de su departamento parisino podía ver el horizonte de provincias. "Doble horizonte", llamaba a esa experiencia o también "cuarta dimensión". El poeta habitaba en un lugar entre distancias.

En París, Calveyra conoció a Monique Tur, esa mujer inteligentísima e intrépida de la que no se separó desde entonces y con la que tuvo dos hijos, Eva y Beltrán. Allá, también, trabó las amistades más profundas: Julio Cortázar, con quien mantuvo una profusa correspondencia; Aurora Bernárdez, Juan José Saer. Arnaldo habló siempre con cariño y pudor de esas amistades.

Su poesía fue imponiéndose de a poco, en puntas de pie. Circuló primero de manera desordenada, en traducciones al francés y en cantidad de editoriales. Algo parecido pasó con su prosa en sentido estricto, la prosa narrativa de la novela La cama de Aurelia, los relatos de El origen de la luz y el ensayo Si la Argentina fuera una novela. Pero esta distinción resulta engañosa. "Llegué tarde al reparto de los géneros", decía Calveyra.

Todo lo que escribió demanda en realidad una lectura poética. La edición de su Poesía reunida, que publicó Adriana Hidalgo, puso las cosas en su lugar. Allí, en ese libro de los libros, pudo advertirse por fin el despliegue de una de las poéticas más originales del idioma castellano. Calveyra inventó una sintaxis, le hizo decir a la lengua cosas que la lengua no estaba preparada para decir.

"Transforma en felicidad todo lo que toca", observó sobre él en una carta la escritora italiana Cristina Campo. Arnaldo andaba liviano por el mundo y su cercanía alivianaba el camino de los demás. La condición excepcional de su poética tenía como correlato la excepción del hombre. Cuentan que Aurora Bernárdez, que lo conocía muy bien, solía llamarlo "el Ángel". Es una definición bastante precisa para un poeta en estado de revelación: Arnaldo parecía estar sólo de visita en este mundo y no pertenecer del todo a él.

"Amanece en el libro." Con esas palabras termina Maizal del gregoriano, de 2003. Amanece en los libros de Calveyra, que se leen siempre, y desde ahora, con la luz que ilumina ese misterio que nos espera, siempre también.

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