Por qué el islam moderado se muestra impotente ante la Jihad

Ricard González
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18 de enero de 2015  

EL CAIRO.- Tras la masacre en la sede del semanario satírico francés Charlie Hebdo, hace más de una semana, intelectuales y políticos de varios países hicieron una vez más un llamamiento a las autoridades religiosas islámicas a condenar este tipo de atentados y, en general, la ideología jihadista. Sin embargo, ya hicieron eso, y no pocas veces durante los últimos años.

Desde la irrupción de Al-Qaeda, en la década pasada, las múltiples declaraciones y anuncios de los líderes religiosos islámicos no fueron capaces de detener o disminuir la capacidad de atracción del jihadismo entre una minoría de la juventud musulmana, ya sea en Occidente o en el mundo árabe. ¿Por qué estos esfuerzos caen en saco roto?

Una de las razones es que en el islam sunnita no hay jerarquía que interprete el dogma, como en la Iglesia Católica. "Las fatwas o edictos religiosos no son obligatorios, sólo tienen una fuerza moral que depende del prestigio o la reputación del individuo o la institución que la promulga", explicó Nathan Brown, profesor de la George Washington University.

La situación es diferente en la otra rama del islam, el chiismo, donde sí hay un sistema jerárquico entre los ayatollahs. No obstante, el terrorismo jihadista es un fenómeno exclusivamente sunnita, la doctrina que profesan cerca del 85% de los 1600 millones de musulmanes.

Ciertamente, hay centros teológicos sunnitas que gozan de prestigio desde hace siglos, como la Universidad de Al-Azhar de El Cairo. Cada país tiene su propia institución vinculada al Estado que podríamos llamar el islam oficial. Pero esto no impide la aparición de supuestos clérigos, muchos de ellos sin estudios teológicos formales, que promulgan fatwas y las cuelgan online y llegan a miles de fieles. De hecho, los principales ideólogos jihadistas, como Osama ben Laden o Ayman al-Zawahiri, el actual líder de Al-Qaeda, siguieron una formación religiosa autodidacta. Una excepción la representa el caudillo de Estado Islámico, Abu Bakr al-Baghdadi, que posee un doctorado en Estudios Islámicos, según una biografía suya difundida en webs jihadistas.

En la lucha ideológica entre los movimientos jihadistas y el islam oficial, estos últimos tienen un problema de credibilidad derivado de su proximidad al poder político, a menudo corrupto y represivo. La mayoría de los países de Medio Oriente aprobaron durante el siglo XX reformas destinadas a controlar sus principales centros teológicos, minando su independencia.

Por ejemplo, desde 1961, es el presidente de Egipto quien nomina a dedo al gran imam de Al-Azhar. Esto explica, por ejemplo, que el máximo responsable de Al-Azhar flanqueara al general Abdel Fatah al-Sisi cuando el verano pasado leyó el comunicado que anunciaba el golpe de Estado contra el presidente electo, Mohammed Morsi.

Un cisma musulmán

En diciembre, más de 600 clérigos musulmanes y prelados de las iglesias cristianas de Medio Oriente participaron de una conferencia internacional celebrada en El Cairo y destinada a combatir las presuntas raíces religiosas de la ideología jihadista.

"Los ulemas, los clérigos musulmanes, tenemos una gran responsabilidad en la lucha contra EI. Nuestra obligación es clarificar conceptos como «jihad», «califato», que son tergiversados por los terroristas", declaró Mohammed Hashim, vicerrector de Al-Azhar. El posicionamiento de los clérigos fue inequívoco, y en el comunicado final denunciaron la violencia de EI y otros grupos jihadistas contra civiles como "crímenes contra la humanidad".

Ahora bien, el religioso chiita Mohammed Ali Abtahi, vicepresidente de Irán durante el gobierno del reformista Mohammed Khatami en los años 90, se mostró escéptico respecto de la repercusión de actos como la reciente conferencia: "Dudo que los jóvenes marginados, entre los que reclutan los jihadistas, escuchen estas palabras. Aquí sólo fueron invitados los clérigos favorables a los gobiernos de la región". Y es que el cisma que vive la religión musulmana es de naturaleza política, enfrentando visiones opuestas sobre el papel de la religión en la vida pública y sobre las relaciones entre los países islámicos y las potencias occidentales.

Estos jóvenes radicalizados, golpeados por la falta de perspectivas de futuro en unas economías estancadas, difícilmente se avengan a la influencia del islam oficial, coincidió Nathan Brown.

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