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De desórdenes y reiteraciones

Verónica Pagés
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20 de enero de 2015  

Ficha técnica: Más respeto que soy tu madre (2a parte) / Autor: Hernán Casciari / Adaptación y dirección: Antonio Gasalla / Intérpretes: Antonio Gasalla, Claudia Lapacó, Enrique Liporace, Alberto Martín, Nazareno Móttola, Esteban Pérez, Sebastián Borrás y Noelia Marzol / Escenografía: Alberto Negrín / Iluminación: Antonio Gasalla / Vestuario: Antonio Gasalla y Manuel González / Asistente de dirección: Sebastián Borrás / Productor general: Nacho Laviaguerre / Sala: El Nacional / Funciones: de jueves a domingos / Duración: 120 minutos.

Nuestra Opinión: Regular

Antonio Gasalla se vuelve a meter en la piel de Mirta González de Bertotti para seguir sacándole el jugo al libro de Hernán Casciari que tantas satisfacciones le dio durante las cinco temporadas en las que se cansó de trabajar a sala llena con la primera parte de la historia.

Pasaron cuatro años y vuelve a escena esta familia que baila al ritmo de una madre que les pone voz (alta) a las desventuras de su círculo íntimo a través de monólogos internos desopilantes. La acompañan su marido, sus tres hijos (el menor, con novia incluida) y un cuñado que más vale perderlo que encontrarlo. Entre todos arman una paleta colorida, pero altamente estereotipada. No son los matices los que abundan en la composición de estos personajes y es probable que no sean muchos (más allá de esta cronista) los que los extrañen.

La sala de El Nacional está repleta de fanáticos que ya vieron la primera parte de esta saga y esperan ansiosos los gags que bastonea Gasalla con habilidad. No bien el actor entra a escena hay un estallido de bravos y aplausos que lo dejan quieto varios minutos. Pero como es un monólogo, como hay complicidad entre esta Mirta y los cientos que la miran desde la platea, el diálogo se establece directo desde el primer minuto. Ella propone y ellos festejan; ella avanza y ellos acompañan. Vienen para saber más sobre esta familia en la que el hijo menor -interpretado con histrionismo desbordado por Nazareno Móttola- se aparece un día con una novia que bien podría ser su madre (o su abuela), que lleva adelante Claudia Lapacó, de taquito; en la que el hijo mayor, la debilidad de la madre, vuelve al hogar con su sexualidad haciendo equilibrio entre el travestismo extremo y la paternidad deseada, buscada y celebrada (Esteban Pérez), y en la que la hija del medio, Sofía, se transforma en una bomba sexual con todo a la vista, menos los pruritos (Noelia Marzol).

En el plano de los mayores sigue, eterno frente al televisor, el padre de la familia (con un Enrique Liporace que es demasiado actor para el personaje que le toca) y un hermano tránsfuga (encarnado por Alberto Martín) que aparece tras la muerte del padre.

Todos juntos juegan un juego que dirige Antonio Gasalla en la piel de esta Mirta González que es tan despiadada como tierna con su familia; la única -con una fuerte ayuda de su hijo mayor- que hace algo por parar la olla. Y así, entre pastelito y pastelito (los hace de verdad en escena), desanda sus pensamientos de madre argenta.

Y es en esos pensamientos en donde está lo más rescatable de esta obra. Son esos monólogos los que enfrentan al espectador con el verdadero Gasalla, en los que se reconocen personajes, tics, gags y la agudeza de siempre (en la piel de Mirta, claro está). Allí está la verdadera risa.

El resto se transforma en un conjunto desordenado de Polaroids familiares, varias de las cuales podrían no estar y no se notaría el hueco. Y es aquí donde aparece el principal problema de esta propuesta: el libro. Al no haber una narración clara en la que los hechos se vayan hilvanando, creciendo, hacia un desenlace determinado, todo se transforma en un largo suceder de pequeños sketches con remates más o menos afortunados. Y esta fortuna queda en manos (la mayoría de las veces) de situaciones pasadas de rosca (muy pasadas de rosca) que pueden descostillar de risa a algunos e incomodar a otros. Es cierto que no ayuda mucho el alto grado de improvisación que, más allá de darle alguna frescura a la escena, lleva a reiteraciones que dejan de ser graciosas la segunda vez, ni qué decir la tercera.

Es difícil salir de la sala cejijunto cuando la gran mayoría aplaude de pie y sigue festejando las ocurrencias en el hall y en la vereda. Pero, la verdad, es más difícil entusiasmarse con un elenco que promete (la combinación Gasalla-Lapacó-Liporace-Martín sonaba explosiva) y encontrarse con que sólo uno (el propio Gasalla) es el que ofrece algo en escena. Y el problema no es de los actores (les sobra oficio y ésa es la pena), sino el libro. No hay de dónde agarrarse para salir a flote. La plana joven del elenco no tiene mucho para hacer, más allá de la seriedad con la que Pérez se tome su personaje y la liviandad con que Marzol encare el suyo.

http://guia.lanacion.com.ar/teatro/obra/mas-respeto-que-soy-tu-madre-2-ob20365

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