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A la espera de que la conversación continúe

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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25 de enero de 2015  

Habrá sido una ceremonia a media voz, con la música que él amaba y con la música de sus prosas rítmicas, escritas en tan raro castellano, que amábamos los demás. Ayer, Arnaldo Calveyra fue enterrado en el cementerio parisino de Montparnasse. El lugar tiene una importancia, se diría, simbólica. Calveyra quedará ahora para siempre muy cerca de Serge Gainsbourg, pero en todo caso también a poquísimos metros, poquísimos pasos de Julio Cortázar y de Aurora Bernárdez, sus amigos.

Es una zona central de Montparnasse, una manzana circular de diámetro reducido donde habitan, aparte de Gainsbourg (con su lápida cubierta de cartas y paquetes de cigarrillos Gitanes), Clara Haskil (una de las pianistas preferidas de Cortázar), el compositor Georges Auric, el fotógrafo Brassaï y el decadentista Joris-Karl Huysmans. La muerte, o el modo en que los vivos administramos la muerte en la tierra, organiza sus propias comunidades. ¿O será al revés y serán las afinidades que, imantadas, se atraen y se juntan solas? Ese círculo áureo es no sólo un emblema en miniatura de Montparnasse, sino acaso el arquetipo de todo cementerio.

Como sea, la pregunta que habría que formularse, y que me hago una y otra vez, es para qué vamos a esos cementerios, qué buscamos encontrar en ellos. En Tumbas de poetas y pensadores, Cees Nooteboom observó a tientas que "cada visita a la tumba de un poeta es una conversación en la cual la respuesta ya está ahí mucho antes que todo lo que nosotros pudiéramos decir? Hemos venido a dar nuestra aquiescencia, a estar cerca de las palabras que ya se han dicho". No está nada mal. "Visitamos a unos muertos a los que conocemos mejor que a la mayoría de los vivos."

Esos dos pasajes, tomados del prólogo, son lo mejor del libro de Nooteboom, que luego fracasa entre citas y fotos porque disimula como experiencia poética lo que no parece más que ocasión turística.

No vamos al cementerio a ilustrarnos sobre los monumentos funerarios y la decoración de las losas, aun cuando no resultaría imposible conectar el muerto con la forma de la piedra que lo representa en el exterior. Pero, después de todo, el hombre que una mañana con temperaturas bajo cero lloraba solo y sin consuelo en el Cementerio Central de Viena delante de la tumba de Brahms no estaba de paseo.

Es cierto, insistamos, que nuestra proximidad con esos muertos cercanos o seculares puede ser mayor que con muchos vivos. La circunstancia de coincidir en el tiempo, la alineación cronológica, no garantiza nada. Ante las tumbas queridas, decimos en voz baja palabras, repetimos de memoria poemas, seguimos determinado pasaje de una sonata.

Hay quienes, más extrovertidos, prefieren consignar esas palabras, fijarlas y dejarlas en la lápida, sostenidas por una piedra. Hay también quienes hablan por el poeta.

En Montparnasse, hace varios años, encontré en la tumba de Tristan Tzara un papelito desleído por efecto de la humedad que decía: " Je suis Dada". Ya no era una palabra para Tzara: era aquí el visitante el que se atribuía la palabra del poeta y lo definía. No sólo somos nombrados por los muertos, sino que en cierto modo tenemos el deber, el mandato irracional de seguir definiéndolos, de seguir haciendo posible que digan: yo soy.

No es inusual sentirse acompañado en las calles vacías, de asfalto o de grava, de los cementerios. "Hay una repetición en la muerte", dice una muy temprana línea de Calveyra en "La siesta del domingo". El poema construye una escena: en el panteón, se distribuyen los miembros de una familia. Allí, sin embargo, "en el fervor de la penumbra", repiten una escena anterior. "Los hermanos mayores vivieron, aún solteros, apartados de la casa por un enorme patio, hermoso como un bosque. En esas habitaciones recibían amigos, tenían una guitarra. Ahora, entre ellos mismos en severo desnivel, y debajo de los padres, de las buenas hermanas, de su hermano más joven, descansan. Se diría que allá abajo, ocultos por la pesada losa como antes por el bosque, siguen conspirando hermosuras..."

La repetición se replica también en el visitante. Se vuelve una y otra vez a ciertas tumbas como si fuera un lugar de peregrinación. Esperamos ilusoriamente ser cómplices reconciliados de esa conspiración de hermosuras. Esperamos que la conversación continúe. Sabemos que sí, por supuesto.

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