El medio es el poema

En El año de Stevenson, Elvio Gandolfo promueve la ilusión de un tiempo domesticado para decir la experiencia de una vida
Sandro Barella
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30 de enero de 2015  

El largo recorrido de Elvio Gandolfo (San Rafael, Mendoza, 1947) en la literatura incluye su trabajo como crítico, traductor, periodista cultural. La creación, junto a su padre Francisco, de la mítica revista El Lagrimal Trifurca; la novela Boomerang, el inclasificable -y excelente- The Book of Writers, la pieza de no ficción autobiográfica Ómnibus y varios libros de cuentos, de entre los mejores en el género publicados en nuestro país en las últimas cuatro décadas. Además de todo lo dicho, Gandolfo se revela en este libro como un poeta notable.

Los poemas de El año de Stevenson-Primer trimestre se organizan en torno al tiempo regido por el calendario. Sus tres secciones (Enero duro/ Febrero interminable/ Marzo otra vez) se avienen al riguroso orden del almanaque, ideal o utopía de la escritura absoluta: un poema para cada día.

Gandolfo crea así la ilusión de un tiempo domesticado, puesto en caja, para desplegar luego capas de tiempo que expanden o comprimen, adensan o disipan la experiencia de una vida. El medio, claro está, es el poema, unidad de lugar donde la temporalidad entendida como una línea recta es reemplazada por el tiempo de la duración. Por lo demás, es el espacio el otro vértice sobre el que se asienta el libro. Sobre Rosario, Buenos Aires, Montevideo, funda un escenario móvil, variable; por momentos, incluso, indiferenciado. Las tres ciudades de las que Gandolfo se siente, y de las que forma parte, sirven no sólo como el lugar donde muchos poemas transcurren, sino también como materia misma de esos poemas.

Si, como se afirma habitualmente, la poesía no tiene temas, los poetas sí los tienen. O en cualquier caso, lo que llamamos temas puede ser traducido como pasiones. La ciudad -como ya se dijo-, su padre (y el eco de esa pasión, que en varios poemas incorpora a la madre), la amistad y las conversaciones, el asombro siempre renovado del encuentro amoroso, el cine; la literatura como pasión que todo lo contiene. A partir de ese catálogo personal, la poesía de Gandolfo crea un ritmo propio sostenido por la voz de la primera persona, una voz que, si bien asume el registro coloquial, lo agencia a una vasta red de pensamiento que va desplegando sobre todo aquello donde posa la vista. Densidad prosódica, largas meditaciones o preguntas en las que inserta subordinadas que parecen agujeros negros donde el lector va a perderse. Pero no: el poeta llega en punto para poner las cosas en su lugar, como en "Accesorio, Global", o incluso en "Intercambio nocturno", ese bello poema-homenaje a su gran amigo el escritor Mario Levrero.

"Tu padre que se pasa/ la lengua por los labios,/ o se los seca con/ el dorso de la mano.// Uno de nosotros que pregunta/ -¿Tiene la boca seca, papá?/ Y él recobrando ese leve/ fastidio cortante, volteriano/ de todos estos años:/ -No, la cabeza." Este breve poema pertenece a "El día después", serie de ocho con que cierra "Enero duro" y que retoma -ya en el final de la vida de su padre- lo que narra en ese cuento ya clásico que es "Filial". Tiempo, espacio y la experiencia de una vida son algo más que una fórmula para describir el centro de gravedad de estos poemas. Es desde ese centro, desprovisto de nostalgia y solemnidad, desde donde Gandolfo puede incluso dedicar una serie intermitente de poemas a su "guerra trivial" a las palomas, declarar una vez más su admiración por Nicanor Parra, mostrar sin trucos sus cartas y dejar, jocoso, su Advertencia: "Cuidado conmigo/ cuando,/ aparentemente inmóvil,/ estoy centrado en cambio/ en la acción/ con desapego".

El año de Stevenson

Elvio E. Gandolfo

Iván Rosado

192 páginas

$ 130

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