Los colores del diseño escandinavo

Fuimos a Odense –ciudad natal de Hans Christian Andersen– para visitar las oficinas y la casa de los dueños de Rice y mostrarles su fórmula infalible para crear un entorno con principio y final feliz
Mariana Kratochwil
Inés Marini
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30 de enero de 2015  • 12:50

¿Y por qué, exactamente, es que les interesa hacer una nota a Rice?" Estamos al teléfono con la directora de Marketing y la pregunta tiene una vaga sensación de examen oral. "Vamos a Dinamarca a hacer un dossier sobre estilo de vida y diseño. Conocemos su marca por haberla visto varias veces en la feria Ambiente, de Frankfurt y, sinceramente, nos interesa su enfoque alegre y vibrante: queremos mostrar el abanico completo, que el diseño nórdico no está hecho solamente de colores neutros". Había otra motivación, pero en el apuro, no la dijimos: su perfil ético. Su mensaje de buena onda no es hueco. Entre las siempre frescas frases con punch (‘Magia cotidiana’, ‘Sé fabuloso’, ‘En el color confiamos’) hay dos mantras que permanecen: "Date un color feliz con la conciencia tranquila" y "Nadie puede ayudar a todo el mundo, pero todos pueden ayudar a alguien". Es que, siguiendo la tendencia de muchos países industrializados, Rice produce en el exterior; pero, entre decenas de iniciativas concretas que realizan uniendo producción y corazón, es la primera marca de toda Escandinavia certificada, en 2002, con el código SA8000 de trabajo digno y justo.

"Hay un hilo invisible que recorre toda nuestra existencia", Hans Christian Andersen,
Es una lindísima frase para hacer un alto en la línea que conduce desde el colorido espacio de trabajo que acaban de ver hasta la casa de ensueño a la que van a entrar cuando den vuelta la página. Ambos están en Odense –adonde llegamos tras sólo una hora de tren–, una ciudad signada por su relación con Hans Christian Andersen, el danés más universal; el que escribió El patito feo, La sirenita y El traje nuevo del emperador o El soldadito de plomo, seguramente inspirándose en lo extraordinario de su propia historia.

Hay cuentos de hadas que se escriben, otros que se anhelan, unos que se buscan, otros que se conquistan. Este viaje nos cruzó con los peregrinos a un reino de fantasía en el hogar de uno de esos hombres de destino único, y con el hogar de Philippe y Charlotte Guéniau, dos personas que se propusieron condimentar los nuestros con un toque de magia cotidiana.

La historia (de enorme suceso) de Rice es la de Charlotte Hedeman y su marido francés, Philippe Guéniau. Vivieron juntos en París durante quince años, con carreras profesionales (ella, moda; él, software) exitosas… y a toda máquina. Con la llegada de su primer hijo, vino la necesidad y el deseo de desacelerar, de criarlo fuera del estrés de la gran ciudad, en contacto diario con la naturaleza y con sus mayores. Y pensaron en Odense, el lugar de origen ella. "La idea no fue: vamos a visitar a la abuela en las vacaciones, o le pagamos un pasaje para que se quede unas semanas al año; la onda fue: cambio radical", recuerda Philippe. "Entre los 35 y 44 surgen esas ganas profundas de cambiar, de tomar el control de tu vida, porque te das cuenta de que el tiempo se escapa. Para nosotros, el objetivo, ese ‘sueño americano’, fue lograr una vida de ensueño en Dinamarca". Ella tenía la idea del negocio; a él le pareció viable y calculó que, con la venta de su empresa, podían remarla los primeros tres años. Y se lanzaron.

Desde el principio, Charlotte fue quien concibió las colecciones y las frases que les dan origen, diseñó los productos, ideó los catálogos y libros y eligió la paleta de colores. "Me resulta fácil; lo difícil es lo que hace Philippe", dice ella. "Si no fuera por Charlotte, me compraría un uniforme, o el conjunto entero que le armaron a un maniquí. Y de la casa, ¡ni hablar! Jamás me atrevería ni a la décima parte de lo que hace", dice él. Gran equipo.

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