Darío Lopérfido: "Hace muchos años que soy director del Teatro Colón"

El responsable del Primer Coliseo cuenta que soñaba con el armado de la programación desde su adolescencia
Jorge Aráoz Badí
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23 de febrero de 2015  

La primera impresión que se tiene de Darío Lopérfido, cuando se lo entrevista, es que se trata de un fanático. La gente podrá juzgar si eso es bueno o malo a medida que se desarrolle su actividad como director del Teatro Colón, cargo para el que ha sido recientemente designado. Pero hablar con él deja la sensación de un fundamentalista que abraza apasionadamente todo lo que tenga que ver con el espectáculo escénico, algo que, como se sabe, no es común que produzca un tipo de fascinación tan arrebatadora.

-Hace más de una semana que asumió su nueva función. ¿Ya consiguió adaptarse a un sitio con características tan especiales como éste?

-En realidad, hace muchos años que soy director del Colón. Nadie lo sabe; sólo yo. Desde que empecé a escuchar conciertos y ver ópera, a los 18 años, mi cabeza está aquí, en el armado de temporadas, la elección de cantantes, directores y obras; el reclamo por más ensayos, el deseo de captar y entender todas las reacciones del público, la necesidad de movilizar una institución como ésta, para que no se parezca a una estatua. Soñaba con dirigir este teatro. Se trata de cosas que nunca le conté a nadie, por temor a que se me viera como un alienado. Pero hace años que me preparo secretamente para esto. Únicamente faltaba que me nombraran. Y sucedió.

-Extraña fantasía. Pero me pregunto si se interesó por conocer la historia del Teatro Colón, por acceder a la documentación de una trayectoria tan cargada de hechos distintos y singulares. Aunque no debe haber de sido fácil. La biblioteca no siempre estaba abierta y de lo que uno pedía siempre faltaba algo. La colección de programas estaba incompleta y ni hablemos de publicaciones y bibliografía. El archivo sonoro es sólo una etiqueta.

-Cierto. Y eso es básico para mí. En mi segundo día de gestión, tuve una reunión en el Ministerio de Desarrollo Urbano con el ministro para empezar ya la creación de un centro de documentación del teatro. Vamos a digitalizar todos los programas para que se puedan ver en Internet y habilitaremos una sala con auriculares para que la gente escuche la verdadera historia. Esto lo haremos en el piso de abajo, en el del CETC. Además, le pedí a la directora de Bibliotecas de la Ciudad que, con un par de bibliotecarios, nos provean de un estudio previo de organización y de material bibliográfico. Ahí entrarán unos 1500 volúmenes. Especializados, claro. Y para todo el mundo. La educación fabrica espectadores, oyentes y estudiantes de música.

-Hablemos un poco de la temporada de este año. Usted dijo que no haría modificaciones, pero a los pocos días de entrar ya hizo una, notoriamente saludable. Cambió a Katharina Wagner, en la dirección escénica de Parsifal, por Marcelo Lombardero, con su casi inseparable compañero, el director Alejo Pérez. ¿Va a ser el único?

-Ese cambio fue específicamente artístico. De acuerdo con la experiencia y los antecedentes wagnerianos de la dupla Marcelo Lombardero-Alejo Pérez, todo indica que para los resultados artísticos de Parsifal, el cambio será altamente beneficioso. Creo que será el único cambio sobre la temporada de este año. Pero todavía no podría asegurarlo absolutamente.

-Usted tiene cierta fama, justificada o no, de modernista. En estos días, alguien llegó a calificarlo como "el [Gerard] Mortier argentino". ¿Se siente un provocador, como era el belga? Seguramente, no ignora que el público argentino, y particularmente el público de ópera, es especialmente abierto a las novedades, es inquieto y culto. No todos los europeos son así. Pero no le gustan las innovaciones porque sí, las no justificadas.

-No me interesa para nada ser un provocador ni un modernista a todo trance. Creo que todo tiene que estar justificado. Me siento cerca de Gerard Mortier cuando él pretendía que los espectadores no sólo se entretuvieran, sino que, además, pensaran. Eso sí me interesa. La obra de arte debe poder moverle algo en la cabeza a la gente, movilizarla, provocarle reacciones mentales.

-Como una especie de reivindicación para Mortier, quiero contarle que, en una charla que tuvimos en Salzburgo, le pregunté a él qué porcentaje de música contemporánea pondría en una temporada, esperando que me dijera un 50%. Y él me contestó que no arriesgaría más de un 15 o un 20%. Ante mi gesto de incredulidad, agregó: "No se olvide de que las obras clásicas, tradicionales, tienen muchas inclusiones de arte moderno en sus puestas y eso pesa. Al público no hay que espantarlo. Hay que ganarlo".

-Totalmente de acuerdo. Yo trabajo para el público. No para dar satisfacción a mis gustos particulares. Lo que sí quiero es hacer temporadas un poco más largas. Quiero cubrir más grupos de gente interesada con más funciones. Por ejemplo, este año, pondremos en ejecución un "abono combinado" con un 40% de descuento para jóvenes de menos de 35 años en el que repetiremos Parsifal, habrá ballet, una actuación de Wynton Marsalis y la Orquesta de Jazz del Lincoln Center, una función del CETC y otra del Colón Contemporáneo. El mes que viene habrá dos funciones al aire libre, aquí, en la plaza Vaticano y otra con la Novena de Beethoven en el parque Centenario. El abono con las sinfonías de Beethoven se transmitirá en simultáneo por el Canal de la Ciudad y se podrá acceder gratuitamente a los ensayos de las sinfonías de Beethoven. Y los "Conciertos de convivencia" que Barenboim y la Orquesta West-Eastern Divan harán en el Centro Islámico, en el Templo Libertad y en la Catedral, serán transmitidos en vivo por el Canal de la Ciudad. Es una manera de proyectarnos.

-¿Y ya puede anticipar algo de la temporada próxima?

-Para empezar, y como le decía, me gustaría que las temporadas fueran más largas. Siete óperas, como este año, me parecen pocas. Deberían ser nueve o diez. La Filarmónica debería programar más conciertos. El melómano sinfónico los necesita. Y después está el problema de los contenidos. Y la necesidad de traer más régisseurs. Y cerrar el círculo para garantizar la alta calidad de los espectáculos.

-Creo que ése es el problema serio del Colón. El teatro hace, desde casi siempre, espectáculos buenos, regulares y malos. Los regulares, vaya y pase. Pero respecto de los malos, el Teatro Colón tiene la obligación de no abrir su escenario. Entre otras cosas, porque se pagan con dinero público. ¿Habrá un criterio de selección más severo?

-Para eso está el director artístico. Si el director artístico (que en este caso soy yo) deja que el telón se levante sobre un espectáculo malo: ¿para qué está?

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