Del abandono y la calle a encontrar en el deporte su motor de vida

Esta joven, de 28 años, tuvo que rearmar su vida una y otra vez. Vivió en la calle, fue golpeada, intentó suicidarse, pero nunca bajó los brazos y hoy traslada todo su aprendizaje a la inclusión social a través del deporte
Leandro Milán
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7 de marzo de 2015  

Sus jugadoras la escuchan atentamente. Ella habla severa, pero con tranquilidad. Sus palabras son claras y su lenguaje coloquial evita los barroquismos innecesarios. Así es Evelina Cabrera, una exitosa mujer de 28 años, criada con la humildad y claridad del entorno menos pensado: la calle. A base de esfuerzo y una historia de resiliencia feroz, hoy es la coach deportiva del equipo femenino de fútbol de Defensores de Florida y preside la Asociación Femenina de Fútbol Argentino (Affar).

"La calle de antes te daba esos códigos que hoy están perdidos", sintetiza recordando su pasado. Nació el 26 de septiembre de 1986 en San Fernando, lugar donde vivió hasta los 12 cuando tuvo que mudarse por la separación de sus jóvenes padres.

"Mis papás me tuvieron de muy chicos, él tenía 20 y ella 22, y no soportaron la presión de tener un hijo. Ahora, con el tiempo, entiendo que no debe haber sido fácil para ellos."

Tras la separación de sus padres, Evelina tuvo que mudarse con su madre a la localidad de Tigre y probar escuela nueva, cambios drásticos que sumados a la soledad del momento, la afectarían emocionalmente al poco tiempo. "Yo me sentía abandonada. Mis padres estaban cada uno en la suya y yo estaba en el medio, a la deriva entre dos personas que lo único que hacían era insultarse", recuerda con la entereza de una persona que pudo superar aquel infierno.

Fue en el último año del primario que Evelina encontró en la calle lo que no le daba su familia, contención y pertenencia. "A los 15 años me agarró la rebeldía adolescente y enojada con mis papás dejé de ir al colegio todos los días. Me escapaba de las clases y me quedaba vagando por ahí, y a la noche en lugar de irme a mi casa dormía en el banco de la plaza o en la casa de alguna amiga. Mis papás nunca se enteraron porque cada uno pensaba que estaba durmiendo en la casa del otro", cuenta ella y agrega: "Mis compañeras del colegio eran más pobres que yo, pero igual siempre me ofrecían su ayuda". Aunque Evelina podía depender económicamente de su familia, quería ser independiente y evitar la ayuda de sus padres. Por eso comenzó a buscar trabajo en la calle. "Yo quería tener plata para comprarme ropa y cosas, así que me fui un día al Puerto de Frutos y le pedí trabajo al Polaco, un canillita de la zona. Al principio él no quería compartir su zona de trabajo, pero cuando le ofrecí ayudarlo y compartir las ganancias, partió su franela y me entregó la mitad de la cuadra."

Con el tiempo, Evelina se ganó el amor de los puesteros del puerto y comenzó a trabajar como vigiladora para ellos. "Me hice amiga de los comerciantes, así que me daban trabajos para hacer, cuidaba los puestos, barría los pisos, hasta me compraron una bicicleta para poder repartir pizza", rememora Evelina y sintetiza con una claridad absoluta: "Estaba en la calle, pero me sentía más cuidada que en mi casa".

Por haber estado tan mimetizada con la calle, nadie se atrevía a meterse con ella, tanto es así que en el colegio le tenían miedo. "Yo era un Carlitos, estaba toda sucia, pesaba 43 kilos, pero fue gracias a eso que ninguno se metía conmigo", explica Evelina, que en el colegio cuidaba a los más desprotegidos.

Fue esa actitud de protectora la que la llevó a conseguir su siguiente trabajo. "Todos los días, muy cerca de donde dormía, paraban un par de mujeres que ejercían la prostitución. Y aunque hacerles algo malo, me terminaron adoptando como su protectora. Si alguien trataba de hacerles algo, yo era la que salía detrás de las sombras y las defendía", cuenta Evelina de aquella tarea que le duró hasta que un hombre la golpeó cuando trató de defender a las damas de compañía. "Cuando me vieron con el ojo morado me dijeron que dejara de ir. Ellas me pagaban para que las cuide, pero en realidad ellas me cuidaban a mí", reflexiona.

De aquel trabajo aprendió que no todo el mundo tiene las mismas posibilidades, que no siempre se puede elegir vivir de lo que uno quiere, pero que uno puede ser artífice de su propio destino, algo que más adelante sería fundamental en su historia. "Hay que aprender a no generalizar, no siempre se puede elegir de qué vivir. Yo aprendí a respetar las elecciones de cada uno y a no juzgar", resume con empatía. Después de aquella experiencia, Evelina apostó al amor y comenzó a salir con un compañero del colegio, pero aquella historia iba a estar lejos de ser lo que ella esperaba. "Era muy agresivo. Me sentía en un círculo vicioso del que no podía salir", cuenta ella hoy viendo la vida desde otra perspectiva. "Corté con él cuando me di cuenta de que no iba a cambiar. Me miré al espejo y me dije que era mi responsabilidad cambiar todo lo malo que me estaba pasando."

Volver a nacer

Esa soledad sumada a la historia de amor que no fue fueron los motivos que rebalsaron su vaso de cordura y llevaron a Evelina a tomar la decisión más trágica: quitarse la vida.

"Estaba cansada de que nada me saliese bien, me fui a la casa de mi mamá y me tomé todos los frascos de veneno y químicos que había. Lo hice en su casa para que al menos alguien me encontrara cuando ya no estuviese viva." Pero el hilo del destino no tenía que cortarse en ese momento y Evelina sobrevivió. "Me desperté el domingo toda vomitada, me ardía la cabeza y el estómago, me fui al Puerto de Frutos llorando y sintiendo que ni matarme me salía bien. Ahí vi en la tele un informe de una nena chiquita que pedía con una sonrisa una silla de ruedas para poder moverse bien. Pese a su problema motriz, esa chica estaba tan feliz y quería tanto la vida que me puse a llorar desconsolada y me di cuenta de que necesitaba cambiar."

Fue aquella indudable muestra de que una voluntad más grande que nosotros nos guía, lo que hizo recapacitar a Evelina y querer reencontrarse con su padre. "Fui a lo de mi papá, todavía llorando, y le conté todo. Él no lo podía creer, no entendía cómo había podido ser tan ciego para no ver lo que pasaba", dice Evelina, que desde ese momento se volvió inseparable de su papá.

Ya en su casa paterna se puso como meta entrar a tocar en una banda de cumbia. El sueño incumplido de aquella ex pareja que se había atrevido a golpearla y romper su corazón. "Los golpeadores te hacen sentir inútil, así que yo quería ser eso que él siempre había soñado: músico de cumbia y tocar en la televisión. Me puse en campaña y unos meses después, pese a no saber nada de música, con mucho esfuerzo llegué a tocar en un canal y en un boliche. Ahí me di cuenta de que todo se puede conseguir con voluntad", cuenta Evelina. Con su vida renacida de las cenizas, Evelina pasó por varios trabajos hasta llegar a ser con tan sólo 21 años la encargada de una importante fábrica de muebles. "Vendí celulares, motores fuera de borda, fui bailarina, estuve en un astillero, pero en el lugar donde más aprendí fue en la fábrica de muebles porque tenía la plena confianza de mi jefa",cuenta.

Fue en ese momento de plenitud que Evelina decidió comenzar a cuidar su salud. "Como yo fumaba desde los 10 quería dejarlo, así que me compré un DVD de taebo y empecé a hacer deporte en mi casa. Al poco tiempo me empecé a ver divina en el espejo y me enamoré del deporte", relata Evelina sin saber que ese momento sería clave en el futuro próximo de su vida.

"Me puse a estudiar para ser personal trainer y estaba decidida a dejar un puesto increíble por algo que no sabía si iba a funcionar. Pero yo sabía muy bien lo que era no tener nada y no había nada que me pudiera sorprender", pensó en ese momento. Aquel fue su último día en la empresa. Luego de poner su anuncio en Internet, su carrera como entrenadora personal comenzó a crecer rápidamente, hasta tal punto de expandirse y hacer sus propias viandas nutricionales.

Pero nuevamente la vida le iba a enseñar algo que no figura en los libros. "En 2011 fallecieron mi tía y mi abuela, dos de las personas más importantes de mi vida. Y sentada en mi casa enorme, me di cuenta de que me había vuelto ambiciosa, que toda la plata de mundo no me iba a devolver el tiempo que no había pasado con ellas. Por eso volví a Virreyes a recuperar a mi mama", dice.

La magia del fútbol

Aquella epifanía de disfrutar más la vida que el dinero llegó justo en el momento en el que una amiga la había invitado a jugar al fútbol. "Yo quería jugar a algo y me enamoré del fútbol. Mi primer equipo era malísimo y la capitana tampoco tenía muchas ganas de mejorar, tanto es así que cuando le propuse entrenar más fuerte me aconsejó formar otro equipo. Seguí su consejo y armé el equipo La Champions Liga." Ese nuevo equipo, liderado por una motivadora Evelina, logró ganarle a su antiguo equipo y salir campeones del torneo. "Nunca me voy a olvidar de ese equipo", dice emocionada mientras sonríe tímidamente. "Siempre fui malísima jugando. Era tosca y bruta, pero tenía mucho corazón, como me enseñó la vida", agrega. En 2012, jugando en Atlético Platense, Evelina tuvo que dejar de ver el fútbol desde dentro de la cancha por un problema de salud. "Tantos años de maltratar a mi cuerpo me pasaron factura", cuenta. Pero lejos de olvidarse del deporte que había comenzado a amar, empezó a organizar torneos para mujeres. "No iba a dejar algo que para mí se había vuelto un hábito, algo que me hacía tan bien. Empecé a estudiar para ser directora técnica de fútbol en la AFTA y llegué a dirigir al equipo argentino en el mundial de Gente sin Hogar, que se hizo en México", recuerda. Eso sólo sería el comienzo.

Actualmente, Evelina dirige al equipo femenino de Defensores de Florida y preside la Affar, una asociación que lleva la inclusión social a través del deporte. "Además de jugar al fútbol y entrenar, desde la asociación ayudamos a tener un grupo de pertenecía. En el club no importa tu clase social. Cuando estás en la cancha, las reglas son iguales para todas", explica sabiendo que en cada ladrillo de aquella asociación están las enseñanzas de la calle.

Evelina Cabrera es bellísima, tanto que es difícil imaginarla en las situaciones que ella relata, pero cuando se la escucha hablar, uno siente cómo se enciende el fuego en su pecho. Porque como bien dice ella: "Los sueños se cumplen si ponés voluntad".

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