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No confundir lo nuevo con lo bueno

Pedro Luis Barcia
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7 de marzo de 2015  

El concepto de innovación como "novedad positiva" proviene del campo tecnológico, donde se supone un perfeccionamiento creciente y progresista. No así en el resto de las esferas de lo humano, donde hay innovaciones reculativas (EGB y Polimodal). El verbo latino innovare vale como "renovar". En el actual uso supone "mudar o alterar algo" o "introducir novedades". Los argentinos padecemos de neofilismo, entusiasmo desbordado por lo nuevo. Y confundimos, en la elección, lo nuevo (neo) con lo bueno (eu), para hacer un distingo esencial con prefijos griegos. Para ser innovadores revolucionarios debemos, primero, re-volucionar: dar vueltas en torno de nosotros, una y otra vez, para situarnos en dónde estamos parados y estimar qué conviene cambiar del dintorno, qué abandonar, qué rescatar y qué incorporar. Toda revolución, también en lo educativo, comienza con una revolución de la mirada echada sobre la realidad contextual.

Propondría, antes que novedades, dos tipos de innovaciones urgentes para nuestra educación: la restauración de lo valioso perdido y la concreción de lo legislado incumplido. Entre las restauraciones incluiría: a) la atención, que hoy es la potencia intelectual más vulnerada en nuestros alumnos; b) el diálogo como contenido y como vía comunicativa; c) el arte de preguntar, sustituido por el arte de responder; d) la creciente comprensión lectora de toda índole de textos y e) el contacto reflexivo con la realidad, mediado por la virtualidad excesiva.

En el plano de las ejecuciones de lo legislado: a) el cumplimiento de los días de clase establecidos (hoy de nuevo amenazado); b) la ampliación a doble jornada escolar, c) el adecentamiento de los sueldos docentes, d) un mejor aprovechamiento del presupuesto educativo y e) una profunda renovación de la formación docente.

Las propuestas son de firme realismo -sus rasgos son las tres "P": poco, posible y permanente- fundante de otras innovaciones. Sin esa base, serán gaseosas otras sugerencias y seguiremos como país aerófago: comiendo aire. Por supuesto, tengo una rica reserva de ficciones científicas educativas. Pero las postergo, para después de que se cumplan las propuestas. Primero la plataforma, luego las naves espaciales.

El autor es Presidente de la Academia Nacional de Educación

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