Un cierre algo deslucido

Jorge Aráoz Badí
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10 de marzo de 2015  

Beethoven: Sinfonía Nº 9 en re menor, Op. 125, "Coral" / Orquesta Filarmónica de Buenos Aires / Director: Arturo Enrique Diemecke / Coro Estable del Teatro Colón / Director: Miguel Fabián Martínez / Solistas: Mónica Ferracani, Alejandra Malvino, Enrique Folger y Hernán Iturralde / Teatro colón.

Nuestra Opinión: Bueno

Da un poco de pena que después de haber llenado a tope la sala del Colón durante una semana entera, con un público mayoritariamente nuevo, excepcionalmente leal y una dosis de entusiasmo que lo llevó a asistir al integral sinfónico Beethoven, no se haya logrado una versión de la Novena Sinfonía que compensara la alta inversión de capital emocional de tan valioso auditorio.

Anteayer, en la última sesión del ciclo, se produjo cierto descenso cualitativo con relación con el nivel alcanzado en las cuatro anteriores. Algo que no deja de llamar la atención en un director como Arturo Enrique Diemecke, de reconocida autoridad profesional y cuyo estándar frente a la Filarmónica siempre logró calificaciones bien altas, gracias a su resistencia a cualquier tipo de concesiones riesgosas para la calidad de las interpretaciones.

En la ejecución de esta Novena se hicieron evidentes algunos descuidos, que en un organismo de tan probada solvencia como la Filarmónica sólo pueden atribuirse a falta de un trabajo de preparación previo. Es cierto que en un ciclo integral el tiempo se acorta y aprieta a medida que se avanza hacia el final. Parecería que aquí no fue tenido en cuenta porque, sobre todo, el primer movimiento de la obra dejó expuestas algunas impurezas instrumentales que enturbiaron la imagen, mientras la imprecisión en algunas entradas no dejó apreciar la interesante orquestación.

La Novena no tiene un comienzo categórico. Con su rumor misterioso de las cuerdas pareciera venir de lejos hasta hacer aparecer el primer tema de golpe. De una manera u otra, este dramatismo constructivo se reitera en toda la obra. Hay directores que lo cargan de solemnidad, pero Diemecke no rozó para nada lo hierático ni intentó impregnarlo de artificiosa majestuosidad.

Sin embargo, tampoco es cuestión de pasarse al otro extremo, porque se corre el peligro de lavar la carga de potente energía comprimida en la obra. El scherzo, que debe ser fuertemente contrastante con su violencia rítmica, pareció padecer de cierta anemia, y el trío, que tiene el valor de un cautivante sosiego melódico, apareció un tanto despintado.

Fue en las variaciones del adagio donde las cosas empezaron a cambiar, porque hubo transparencia sonora y mayor escrupulosidad en los detalles. La Filarmónica y su director recuperaron aquí sus fueros. De la languidez inicial, el desarrollo de este movimiento condujo a la detonación coral, cuyo carácter celebratorio Diemecke se cuidó muy bien de no hacer arrollador y efectista.

No todo lo que contiene la Novena Sinfonía es nuevo y exploratorio como tantas veces se ha pretendido. Pero en esta verdadera antología de Beethoven, todo disfruta de atrapante nobleza, frontalidad, frenesí, la épica, la vehemencia y la supervivencia asegurada desde hace casi dos siglos.

Al margen de cualquier análisis, en la versión del domingo, hay que destacar, además de la orquesta, el eximio y refinado desempeño del coro, el maduro trabajo de los violonchelos y la solvente actuación de los cornos y la percusión. Y, decididamente, la excelente actuación de los cuatro cantantes solistas argentinos.

Diemecke sabe que una ejecución de la Novena siempre consigue que la gente se sienta involucrada en un hecho artístico trascendente. Por eso el domingo, a manera de bis, invitó al público a entonar los compases del tema coral. Y convirtió el final en un festejo.

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