"Frente al piano sentís el motor de la vida"

Bruno Gelber. El gran pianista se encuentra de gira por Europa y a su regreso ofrecerá una serie de treinta y cinco conciertos en ciudades de toda la Argentina. En esta entrevista, realizada pocos días antes de su viaje, habla de su formación, de los duros años de su juventud en París y del singular paralelismo que encuentra entre el arte de la interpretación y el amor
Hugo Beccacece
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13 de marzo de 2015  

La música impone reglas severas a sus sacerdotes. Desde hace ya unos años, Bruno Leonardo Gelber vive en el piso más alto de una torre en el barrio de Once. Es uno de los edificios art déco más singulares de la década de 1920. La construcción ofrece una ventaja imbatible para un pianista: entre piso y piso, hay una cámara vacía. Ese espacio produce un aislamiento sonoro perfecto; por lo que Bruno puede estudiar durante la madrugada sin que el vecino del piso inferior se entere. Es más, los vecinos le han dicho: "Lamentablemente nunca lo podemos escuchar". Sin embargo, este año podrán hacerlo. Gelber va a ofrecer treinta y cinco conciertos en una gira que abarcará toda la Argentina. Antes, debe cumplir con una serie de compromisos en Europa, adonde viajó hace muy pocos días. Sentado en el comedor de su casa, hace dos semanas, enumeraba: "Primero toco en Lille, una ciudad del norte de Francia, después en Charleroi (Bélgica), París y Lausana En Lille y en París, voy a interpretar el Concierto Nº 3 de Rachmaninov. En las otras ciudades, dos sonatas de Beethoven, el Carnaval de Schumann y el Andante spianato y gran polonesa, de Chopin".

-El concierto de Rachamaninov tiene una historia curiosa en tu repertorio.

-Sí. Siempre me gustó, pero no lo conocía a fondo. Hasta que, en París, en casa de amigos, escuché la grabación de Byron Janis, el mejor discípulo de Horowitz. Me enamoré de esa versión. Durante semanas la escuché todas las noches. Pasaron los años. Papá murió en 1976. Yo estaba en Europa y vine a Buenos Aires para acompañar a mamá. Me quedé seis meses con ella. Los dos estábamos sumergidos en la pena. Un día le dije: "Hay un concierto que me encanta, el Nº 3 de Rachmaninov, pero no voy a poder tocarlo nunca. Es muy difícil". Y mamá me respondió con una pregunta: "¿Por qué no lo leemos?". Ella hacía la parte de orquesta en un piano y yo la del solista, muy lentamente, en otro, como jugueteando. Un día llama mi empresaria, le cuento lo que estoy haciendo. Me habla de otras cosas y cuelga. A la semana me vuelve a telefonear y, así como al pasar, me dice: "Apenas llegue a Europa, en la próxima gira, va a tocar el Concierto Nº 3 de Rachmaninov, con la London Symphony dirigida por Eduardo Mata". Creí que estaba al borde de un abismo y que me habían empujado. Me puse a estudiar como un loco. Se convirtió en uno de los conciertos con los que he tenido más éxito. En realidad, si uno no tiene éxito con esa obra, es mejor suicidarse, porque termina tan gloriosamente, con tanta pasión, que el público invariablemente estalla en aplausos.

- Arthur Rubinstein decía en el documental El amor de la vida, de Reichenbach, que, con los acordes fortissimi de La danza del fuego, de Manuel de Falla, se había comprado una casa en España. En un pasaje, dejaba caer las manos en forma alternada desde una altura que daba vértigo y el público se quedaba sin aliento de sólo verlo.

-Era un músico extraordinario, muy efectista. Yo lo quise mucho, pero no soy así. Como intérprete soy incapaz de hacer cosas innecesarias en el teclado para llamar la atención. No me gusta convertir el concierto en una especie de proeza atlética o acrobática a la manera de Lang Lang. El mérito de un artista de verdad es el de reflejar lo que recibe del compositor y pasarlo al público, como si fuera un espejo muy pulido, sin producir deformaciones, sin interferir. El arte es como el amor: si, cuando se hace el amor, uno sólo piensa en el propio placer y no piensa en el del otro, el otro no siente nada, y uno se pierde lo mejor de ese momento. Es como un beso que das para tu mera satisfacción a una boca abierta de la que te importa poca cosa. En esos casos, lo único que siente el otro es el vacío.

Cuando yo era chico, habré tenido diez años, mi madre le daba clases a una alumna de doce. Un buen día, esa chica y yo resolvimos experimentar con absoluta frialdad todo tipo de besos, sin ningún deseo, con un espíritu analítico, como quien se prepara para el futuro: besos con la boca cerrada, con la boca abierta, con lengua, sin lengua, ella de pie, yo sentado, yo de pie, ella sentada. Lo único cierto en el arte de los besos es que nunca se debe dejar una boca vacía. En la música, ocurre algo parecido. El intérprete no debe buscar su propia emoción y satisfacerse con ella, debe hacerla "pasar", transmitirla. Desde chico, yo trataba de "llegar" a los que me escuchaban. Además sabía que la música era un arma de seducción muy poderosa.

-¿Hay algún tipo de correspondencia entre tu estilo de interpretación y lo que ocurrió y ocurre en tu vida? Por ejemplo, cuando llegaste a la adolescencia, ¿la sexualidad y el amor le imprimieron otro carácter a tu modo de ejecución?

-Di conciertos desde los cinco años y ya entonces estaba enamorado. Como dije muchas veces, mi primer amor fue Laura Hidalgo; pero también me enamoraba de los uniformes. Me enamoré de legiones de uniformes. Por las mañanas, me ponía el despertador a las 6 para escuchar las marchas militares con que Radio del Estado abría la programación. Después apagaba el aparato, me volvía a dormir y soñaba... El amor es una cosa; la música, otra. La primera vez que me sentí realmente enamorado tenía dieciséis años y fui correspondido. Ese chico iba a mis conciertos. Como no me dejaban salir, charlábamos por teléfono, yo jugaba a ser misterioso, a decir y no decir. Ya era personaje a esa edad, lo fui desde que recuerdo: era personaje en casa con los alumnos de mi madre y de mi padre, en el conservatorio de Scaramuzza, en los recitales. Siempre me señalaban como alguien diferente y había razones para que así fuera. Era un chico bonito, con talento, que había tenido poliomielitis. Pero mi verdadera pasión, desde los cinco años, es la música. Mamá a veces me despertaba, porque decía que yo, en sueños, tarareaba el Vals del adiós de Chopin. Mirá qué cursi.

La música te llega al centro vital de las emociones y el intérprete debe trabajar para llevar lo que él siente al centro de las emociones de los demás. Un gran artista trata de ser lo más "objetivo" posible. La gente puede haber pensado que cuando murió mi madre mis interpretaciones iban a trasuntar el dolor que tenía. No fue así. Podés estar pasando momentos muy funestos y, sin embargo, frente al piano, sentís el motor de la vida. Recuerdo una anécdota que ocurrió hace mucho tiempo. Estaba parando en la casa de un amigo alemán, muy músico, muy buen mozo y rico, yo llegaba de Ginebra, donde había tocado el Concierto Nº 1 de Brahms. Estaba seguro de haberlo interpretado maravillosamente. Pocos días después, mi amigo me dice: "Esta noche van a dar por la radio la grabación del concierto de Ginebra". Pensé: "Se va a quedar bizco cuando lo pasen". Por prudencia, no le comenté nada. Nos juntamos varios amigos para escuchar la emisión. Yo imaginaba que había dado todo de mí en aquella oportunidad. Cuando me escuché por la radio, estaba muy bien, pero lo que yo había sentido, ese absoluto que suponía haber alcanzado, no lo había transmitido. Fue una advertencia. En la vida artística hay que mantenerse absolutamente consciente para poder pasar las cosas al otro, para que la música fluya. Si no mantenés esa conciencia, podés morirte de amor encima del teclado y el oyente ni se da cuenta.

-Cuando a los diecinueve años estabas en París, eras un estudiante becado y vivías en la Ciudad Universitaria. ¿Cómo era esa vida?

-Penosa. Por la soledad, a la que me vi enfrentado de golpe, a una edad muy temprana. Hasta entonces había sido el centro de atención de un séquito de personas que estaban en mi casa o que la frecuentaban, tenía mi pareja, mis amigos y, de repente, me encontré en la ciudad más linda del mundo, pero debía vivir con ochenta dólares al mes. Comía en la Ciudad Universitaria donde, a veces, había bichitos en la ensalada, que eliminábamos, pero la ensalada nos la teníamos que comer igual. Tuve muchas agallas. Me iba todos los días a la Alianza Francesa a estudiar francés. Tomaba el subte, lo que significaba subir y bajar escaleras de continuo, pero nunca me caí. Estuve tres años en la Ciudad Universitaria. Estudiaba con Marguerite Long, una anciana muy fea pero encantadora, que me abrió las puertas de todo París. Era amiga de un collar de viejas de la nobleza francesa, riquísimas. Me las presentó y ellas se fueron ocupando de mí. En esa época, la gente no tenía vergüenza de ser rica. Fui conocido en un círculo muy especial de Francia, la aristocracia más cerrada, antes de convertirme en una figura popular de la música clásica. Marguerite me llevaba a conciertos, a reuniones, se acercaba a las orejas de señoras viejísimas, pero muy influyentes, y les decía en un susurro: "Es mi último alumno y es el mejor que he tenido". Imaginate el contraste entre los castillos y los hôtels particuliers a los que me invitaban y la Ciudad Universitaria.

Papá, al principio se quedó tres meses conmigo. Un día viajábamos en el subte y debimos hacer una serie de combinaciones, es decir, subir y bajar decenas y decenas de escalones. Me cansé mucho. Tenía sed. Le dije a mi padre: "Tomemos una Coca Cola". Me respondió: "No hay plata para Coca Colas". ¡Qué sensación de pobreza, de miseria terrible! No estaba acostumbrado a esas limitaciones. Cuando me fui de la Argentina, mi familia vivía muy bien. Mis padres eran profesionales. No teníamos auto, pero en esa época no todo el mundo lo tenía. En 1966, con el pago de mis conciertos y grabaciones, le compré uno a papá. En poco tiempo, mi situación había cambiado por completo. Me sentía en una película; por si fuera poco, había ganado el Grand Prix du Disque con mi grabación del Concierto Nº 1, de Brahms.

-La misma grabación que la Tribune des critiques de disques de Radio France eligió en 2013 como el mejor registro de ese concierto en la historia de la discografía mundial.

-Sí. Brahms y Beethoven me dieron muchas satisfacciones.

-Tu madre fue quizá el ser más importante de tu vida. Te enseñó a tocar el piano, te acompañó a las clases de tu cruel maestro Vincenzo Scaramuzza, te apoyó incondicionalmente, pero ¿hasta qué punto comprendía y aceptaba todas tus diferencias?

-De eso, nunca se habló. No creo que en las relaciones muy importantes, como fue la nuestra, todo necesite ser dicho. Mi madre era una mujer que amaba la vida. Le encantaba bailar, la gente joven, el esprit. Cuando tuve más dinero, tras la muerte de papá, la invité a vivir conmigo en Europa. Me contestó que no. Me dijo que su vida estaba en la Argentina, donde daba sus clases. Hablábamos horas por teléfono. Yo le decía que en París iba a tener un montón de alumnos. Me respondía: "¿Y para qué voy a ir? ¿Para volver a estar sola cuando vos te vayas a mover el traste en gira por el mundo?". Era muy graciosa.

-Es curioso que hayas vivido tanto tiempo en Francia, que les debas tus primeros triunfos a los franceses y que tu repertorio sea el alemán.

-Ante todo, la música alemana es la más linda. La francesa es bellísima, aérea, chispeante, leve, y podríamos seguir poniéndole adjetivos. Me encanta escucharla, pero no por mí. En ese mundo me siento como un elefante entre encajes. Me gustan mucho las obras de Debussy, de Ravel, de Fauré. Me hubiera fascinado tocar Gaspard de la nuit, de Ravel, pero tengo un sonido untuoso y el de Ravel, en cambio, es preciso, punzante, etéreo. Pertenezco a las profundidades de los mares de aceite, a una sensualidad densa. No sería un buen transmisor de ese mundo sonoro. Sin embargo, le debo a Francia mi segunda educación, el pragmatismo, muchos de los mejores años de mi vida y el comienzo de mi carrera internacional. A la Argentina, en cambio, le debo mi formación. Soy un discípulo de mi madre y de Scaramuzza: un producto absolutamente argentino.

-Ahora que estás más tiempo en Buenos Aires, das más clases.

-Siempre me gustó hacerlo. Me interesa llegar al centro vital de una persona y despertarla a la comprensión de una frase musical. En la Ciudad Universitaria de París, daba clases para cubrir los fines de mes. Pero mi primera alumna la tuve a los ocho años. Le daba lecciones a Delia Colombo, una vecina de Belgrano. La ayudaba a preparar las clases para mi mamá. Y como me gustaba tener dinero propio, me hacía pagar. Quería comprarme un suéter en la casa Iotti, al lado de la galería Santa Fe. Había salido el suéter "gordo" de hilo. En las revistas se veía a un modelo muy buen mozo con ese tipo de pulóver. Junté peso sobre peso y un día le dije a mamá que quería ir a comprarme el suéter. "Tengo la plata", le informé. Ella, asombrada, me preguntó: "¿Y cómo la tenés?". Le respondí: "Ahorré". Fuimos. El vendedor me tomó las medidas. Me dieron el suéter, color tiza. Me lo llevé a casa y me lo puse. Esperaba que me quedara como al modelo. Pero yo, además de una pequeña panza, tenía hombros redonditos y, por si fuera poco, el sentido estético que me conocés. Me dije: "Esto no es para mí". Guardé el "gordo" en un cajón, lo sacaba de allí todos los días y lo miraba, pero nunca lo estrené. Como la música francesa. Ese sentido estético y de la realidad es el que todavía hoy me rige. Hay algo que me preserva joven: vivo en el presente, no de recuerdos. Vivo con proyectos.

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