Rolo Villar: “El humorismo es la piedra en el zapato para el político”

Cómo es el trabajo cotidiano de un humorista autodidacta que supo abrirse camino haciéndole caso a un talento innato
Déborah de Urieta
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15 de marzo de 2015  

"Las esposas son para los presos", responde Rolo Villar cuando le preguntan por su estado civil, y aclara: "El matrimonio es todo arroz y el divorcio es todo pa-ella". Con chistes como estos e imitaciones de figuras como Jorge Asís, Carlos Menem, Bernardo Neustadt y Aldo Rico, Villar se gana la vida desde 1983. Hoy, con 53 años, es uno de los imitadores más reconocidos del país. Trabajó con Jorge Rial y Daniel Hadad, entre otros, y hace 15 que forma parte de Cada mañana, programa que hoy conduce Marcelo Longobardi en Radio Mitre. También se lo puede escuchar en Encendidos en la tarde, en la misma emisora, junto a María Isabel Sánchez y Tato Young.

Villar nació y vivió en Los Pinos, provincia de Buenos Aires, donde cursó hasta séptimo grado. Trabajó en el campo hasta que se enteró de que en Radio Splendid buscaban un humorista. Armó sus valijas, viajó a Capital Federal, se presentó en la radio y lo aceptaron. Desde ese momento su carrera no se detuvo.

Con un tono de voz sereno, que sólo interrumpió de vez en cuando con algunas carcajadas y para hacer imitaciones a modo de ejemplo, Villar habló en el edificio de Radio Mitre sobre su labor. Dijo cómo se las ingenia para contar más de 35 chistes por programa y remarcó que, si bien prefiere imitar a los políticos, se volvió una tarea cada vez más difícil: "Antes eran más personajes. Ahora son distintos, son todos más empresarios". Se definió como un coleccionista de chistes y aclaró que hay límites en el humor, que tienen que ver con no ofender a nadie.

–¿Cuándo empezaste a trabajar como imitador?

–En 1983 me enteré de que había una vacante en Golosinas, un programa de humor de Radio Splendid que escuchaba siempre. Entonces me vine [de Los Pinos] a Buenos Aires, a ver si enganchaba ahí. Me tomaron la prueba y me aceptaron. Ahí me quedé, empecé a laburar y nunca más paré.

–¿Quién reconoció tu talento?

–Los que me tomaron. Mi familia y mis amigos no entendían nada cuando vine a Buenos Aires, porque nunca les había hecho imitaciones a ellos, las hacía para mí. De chico vivía escuchando radio y hacía imitaciones de las figuras famosas de esa época, como el Negro Marthineitz y Cacho Fontana, pero las grababa en un grabadorcito, porque me daba vergüenza hacérselas a otro.

–¿Tenés una rutina de trabajo?

–Miro los portales de noticias, cuáles son los temas actuales y, sobre eso, voy jugando y marcando qué es lo que le interesa a la gente. Me vengo con una serie de chistes ya preparados, por si no pasa nada. El remate siempre está, y acá voy armando según viene la mano. El chiste tiene que ser corto, para que no canse a la gente. Dos o tres minutos es una eternidad. Tienen que ser de 5 a 15 segundos.

–¿De dónde sacás los chistes?

–Al ser coleccionista de chistes desde siempre, voy retocando los que tengo. Trato de resumir los chistes viejos larguísimos en segundos.

–¿Repetís chistes?

–Y, no te queda otra. En Cada mañana cuento entre 35 y 40 chistes por día. El oyente no te reclama.

–¿Cómo te inspirás?

–Llevo muchos años haciendo esto. Me sale naturalmente. El vivo te ayuda. Te ayuda la adrenalina.

–¿Cómo preparás la imitación de una figura puntual?

–La imitación te puede salir en el momento o tardar años. Es una cosa rarísima lo que le pasa al imitador. Notás como que el cerebro registra cosas que se van guardando, por algo sos imitador.

–¿Cómo toman tus imitaciones los imitados?

–A la mayoría le gusta. Tuve enemigos como [Luis] D’Elía que me dijo de todo, pero porque yo aparte le pegaba mal. El humorismo es la piedra en el zapato para el político. No les causa gracia. No me trajo demasiados problemas, pero puede traerlos. "Los amigos pasan y los enemigos se acumulan", no acumulé muchos, pero los que tengo son muy pesados.

–¿Qué figuras preferís imitar?

–Antes hacía a todos los políticos. Ahora, muchos son difíciles. Los políticos de antes eran más personajes. Ahora son distintos, son todos más empresarios.

–¿Hay límites en el humor?

–Sí, pero me los pongo yo. No me meto con enfermos o los desaparecidos, por ejemplo. Tenés que tratar de no ofender. Por ahí en el tema político al que es kirchnerista no le gusta, porque yo le pego mucho al Gobierno. Mis chistes son sobre la pareja y ese tipo de cosas: la vida misma. Y sobre actualidad.

–¿Con tu trabajo podés influir en la opinión pública?

–Yo creo que no. El público que me escucha piensa casi igual que yo: que hay mucha corrupción, que hay muchas cosas que hay que arreglar, que a veces gana más el que no labura que el que sí, que antes la gente tenía planes para tener hijos, y que hoy tienen hijos para tener planes.

–¿Tu vida personal o estado de ánimo no afectan tu trabajo?

–Vos tenés que venir a la radio y tenés que contar los chistes. Yo he venido a laburar con 18 de presión. A la gente no le importa y a mí me divierte mucho.

–Cuando tenés una reunión familiar o con amigos, ¿contás chistes o hacés imitaciones?

–No. Tampoco me piden chistes. A mí me gusta divertir a la gente, pero a través de la radio, nada más. Lo lindo es cuando la gente te cuenta que te escuchaba mientras se hacía diálisis y ese tipo de cosas. Es muy fuerte. Mis amigos jamás esperan que cuente chistes.

–¿Tenés algún proyecto?

–Que ¿me?te sorprenda la vida. Seguir viniendo a laburar. No soy un tipo ambicioso.

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